martes, 15 de enero de 2013

El frigorífico


Nuestro diccionario no cuenta
con voz exacta para su sonido,
una onomatopeya que describa
este ruido que ahora
emite lamentándose.

Como tripas sonando
tras mala digestión o hambre de antiguo,
él, que guarda nuestra comida,
suelta la queja de un mamut
que duerme y sueña
en esa glaciación discreta
tras de la puerta blanca.

Solloza lastimero,
y te dan ganas
de darle unas pastillas
del cajón silencioso que hay al lado.

¿Qué nos quiere decir, tan gemebundo?
¿Por qué musita con sus labios yertos
en su intestino oscuro?

¿Nos reprenden la carne, las verduras,
por no estar allí presos, y seguir
a su costa nuestro destino
de estar afuera y vivos, escuchándolo?

(Inédito, 2012)

2 comentarios:

Eduardo del Pino González dijo...

Qué buen poema. Lo enlazo, con cita de la referencia, a mi blog Epístolas a Lucilio.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Muchas gracias, Eduardo. Un placer compartirlo con tus lectores.