jueves, 14 de febrero de 2013

Casa de cambio





CASA DE CAMBIO

¿Qué me interesarán los dinosaurios,
y qué los armadillos o los cientos
de raros ejemplares de otras salas?
Pero vengo al Museo de Historia Natural
a este lado del parque y del Atlántico,
para que tú contemples por mis ojos
lo que no viste cuando aún vivías.

Como una última voluntad no declarada
de la que nada saben los notarios,
te hubiera gustado atravesar estas puertas,
ver en tres dimensiones y tocar
las criaturas que poblaban las láminas
de tu ya desmembrada biblioteca.

Según la cotización del amor,
ajena a los vaivenes financieros
que hay noventa manzanas más al sur,
parte del dinero que dejaste
lo he cambiado por otra divisa:
en dólares, el dolor de tu ausencia;
en la entrada al museo, en el viaje
el saldo de una cuenta, unas acciones
inútiles si no eran para esto.

El cambio de moneda
es solo una parte del otro,
que viaja por el tiempo, migratorio,
y cruza tu existencia como un ave.
Cada centavo tiene su bautismo:
el billete de avión lo paga
el ahorro que hiciste año tras año
al no cambiar de utilitario;
la habitación de hotel, la austeridad
del hogar que nos diste pese a todo;
los lujos que jamás te concediste,
este taxi amarillo
y la cuenta del deli y la propina
cuando me apee en la terminal de La Guardia
camino de abordar el regreso
si es que alguien vuelve alguna vez
de esta región remota (no Manhattan,
el país de los muertos que quisimos
y esa esquina de su alma con la nuestra).

Ni en inglés ni español
explican los carteles ni los rótulos
cómo se abren tanto mis pupilas
y allá donde estés te envían la luz
revoloteante, anaranjada,
de estas mariposas monarca
libres en el vivario y por mi frente,
que durante generaciones -leo-
viajan hasta un lugar que señala la brújula
de sus antepasados
y allí llegan al fin,
aunque quienes partieron,
como Moisés,
jamás vean la tierra prometida.