lunes, 4 de febrero de 2013

Diario austral (IX)

(...)

Jueves 12 de agosto

-¿Conoce la tradición guaraní sobre el origen de las cataratas?
-Pues la verdad es que no.
-Se cuenta que un guerrero llamado Caroba provocó la ira de un dios de los bosques, y escapó en una canoa río abajo con una muchacha de la que estaba enamorado el dios.
-¿Sí?
-La joven se llamaba Naipur, y para vengarse el dios hizo que se desplomara el río ante los fugados, de donde surgieron las cataratas. Por ellas cayó Naipur, que se transformó en roca. Caroba se metamorfoseó en árbol

El día siguiente toca ver las cataratas desde el lado brasileño. Saliendo del Parque Nacional, tras un breve trecho por carretera se llega al casino de Puerto Iguazú y, a continuación, a la frontera que cruzan a menudo los ludópatas cariocas cambiando reales por pesos, pues en su país el juego es ilegal. Al hacer los trámites y mostrar el pasaporte para que se lo sellen, se aturulla con las lenguas romances, como si fuera un gringo de vacaciones en una Europa apresuradamente recorrida, y debido a que sólo hace tres meses ha estado en Venecia cuando saluda a los agentes de la aduana no se dirige a ellos en portugués, sino en irrisorio italiano. Buon giorno, insulta; debe de lucir tal cara de idiota que la joven uniformada no ordena prenderlo por desacato.
         Muchas veinteañeras por todas partes, a las que convendría volver a visitar en Carnaval, lo mismo ocupándose de los trámites aduaneros que, luego, despachando en las tiendas de piedras preciosas y semipreciosas. Muchas de ellas también lo son, lo primero. Sin ir más lejos, en una de las dependientas contrastan dos aguamarinas donde habrían de estar los ojos con la melena de alisados filamentos de ónice. Lo sigue por todo el comercio, alabando las cualidades de esta gema o de aquélla. Pero la que a él pudiera interesarle no está en venta.
         En este caso no es un trenecito el que conduce al interior del parque en el sector brasileño (en el estado de Paraná, que toma el nombre del río), sino un autobús especial, también diseñado con el mismo propósito de evitar el tráfico privado por entre la jungla. Al apearse frente a la construcción rosada del  Hotel Tropical das Cataratas, le espera una experiencia bien distinta a la que ha vivido del lado argentino: allí, se pasa sobre el agua, se sortean las cataratas, se recorren pasarelas que van a dar sobre precipicios en los que vertiginosamente el flujo pasa del elemento líquido al gaseoso; aquí, sin embargo, salvo en un mirador del final del recorrido, con una cascada que es telón de fondo de todas las fotografías –tomadas rápidamente, para que la lluvia no haga acuarelas con las cámaras-, lo que se alcanzan son vistas mil veces magníficas desde otra perspectiva, más panorámica. En Argentina, las cataratas se viven –se beben, casi-; aquí, desprendidas de una sílaba, simplemente se ven. ¿Simplemente? En el Salto Floriano se siente pez.
         La comida la realiza en un local inmenso de Foz de Iguazú, el más gigantesco buffet que haya visto en su vida. No parece el comedor un galpón o un hangar, sino varios de ellos unidos, con hechuras monstruosas para el almuerzo de un cíclope; y aún los propietarios continúan levantando anexos. ¿Intuyen que él ha publicado una traducción de los Viajes de Gulliver? Al fin y al cabo, Brobdingnag y Brasil aliteran (vuelve a acordarse de Hopkins). Las mesas son como podrían serlo las de la cantina de un portaviones (dispuestas a lo largo, no a lo ancho del buque), y en los asientos de enfrente, tras un plato de copiosa feijoada, tiene de comensales a una joven pareja bonaerense que está haciendo un viaje por esas tierras del norte, con esta incursión en Brasil y otra que, ya con el estómago lleno, harán por la tarde a Ciudad del Este, en la vecina Paraguay, lugar muy visitado por sus tiendas libres de impuestos y vendedores libres de escrúpulos, donde hay que comprobar que la radio comprada no sea un envuelto ladrillo, consumado el cambiazo.
         Intercambian pareceres sobre sus respectivos países; el muchacho argentino, que no parece tener oficio aunque sí el beneficio de alguna renta familiar, pues parece acomodado, interpone a la devoción que él siente por el tango el calificativo de llorón. En realidad, ha dicho: “Es cosa de cornudos llorones”. X no está al corriente de los tratados de extradición y decide, por si acaso, no tomarse la justicia por su mano; escoge entonces el apasionante tema de los teléfonos móviles, y luego la cosa deriva a la prohibición de la fiesta de los toros en Cataluña, noticia que la pareja ha visto en el canal internacional de TVE.
         Tras el almuerzo, emprende camino de vuelta a Puerto Iguazú, para tomar el avión que lo ha de llevar a Salta, también en el norte pero en el otro extremo argentino de esa latitud: en el oeste, no lejos de la Atacama de Chile y del sur de Bolivia. Desde no hace mucho hay vuelos directos de Iguazú a Córdoba con escala en Salta, y ése es el que lo interna ahora por otras nubes, no ya las de agua en suspensión de las cataratas, hasta que a media tarde aterriza en la ciudad conocida como Salta la linda (en aimara, una de las lenguas indígenas habladas en la región, Sagta significa hermosa).

(...)

No hay comentarios: