martes, 12 de febrero de 2013

El caballo de Turín


Debo a Manuel Grosso, exdirector del Festival de Cine Europeo de Sevilla, haber conocido esta tan extraña cuanto hermosa película del director húngaro Béla Tarr, El caballo de Turín. La idea de la que parte no puede ser más sugerente y a partir de aquí, su germen, difícil es imaginar mejor realización. 
En 1889, Nietzsche se hallaba en Turín y un día vio en la calle cómo un cochero fustigaba a un caballo. Tocado por una aguda piedad hasta el extremo de la locura, el filósofo se abrazó a la bestia para evitar que esta siguiera siendo golpeada. A partir de ese momento, tras decir "Madre, estoy mudo", Nietzsche calló, cayó en un silencio que lo acompañaría hasta su muerte diez años después.
Me recuerda el silencio de Nietzsche al de Ezra Pound, si bien no tan hermético, durante los últimos años de su vida tras ser liberado del sanatorio para enfermos mentales de St. Elizabeth (he releído hace poco el poema de Octavio Paz) y ya asentado en Venecia. Tempus loquendi, tempus tacendi, recordaba Pound.
El caballo de Turín, con una de las mejores fotografías en blanco y negro que recuerdo, con una música escueta y recurrente, como todos los hechos que se relatan a lo largo de los seis días (la semana que remata el séptimo, el cual ya no se cuenta, porque según la Biblia Dios descansó), narra no lo que le pasó al filósofo, sino al caballo. Se interroga por él, con una piedad no muy distinta de la que embargó a Nietzsche, que se hace extensiva a los que Tarr imagina serían sus dueños: un hombre baldado y su hija, casi tan taciturnos como lo sería Niezsche, pues solo intercambian contadas palabras en una cinta que es -"Madre, estoy mudo"- lacónica, despojada.
He calificado como baldado al cochero, y veo ahora que es epíteto que cuadra al paisaje de esta casa azotada también ella -como el caballo- por el viento. Un viento que solo cesa al final, un viento desolado. La hojarasca que remueve estérilmente, el agotamiento del pozo, todo apunta a un yermo, a un baldío. Quizá a The Waste Land, no tanto al poema de Eliot como a la gasta floresta que la prefigura, con su rey herido (aquí el cochero). 
Todo se va a pagando en estos días interminables que cubre la película. Lentamente, como rescoldos. La vida del caballo al que lanzó protectoramente sus brazos Nietszche. La del padre y la hija con su dieta de patatas y amargura. El largo plano final es conmovedor, una foto fija de dos personas que parecen haber emigrado a otra dimensión (¿la muerte en vida?), dejando sus cuerpos inmóviles, silentes, inclinados como en una reverencia resignada a su vacío.
Buena parte de la acción (¿la acción?) se desarrolla en el interior de la casa, en el contraluz que ofrecen la ventana o la puerta abierta, que a mí me ha parecido no tanto homenaje como lección aprendida en Centauros del desierto. En esta Ford también muestra un paisaje inhóspito, y una culpa.
La única posibilidad de huida es la que unos gitanos le brindan embromándola, para seguramente burlarla y dejarla carcomida la esperanza si los hubiera seguido, a la hija. Vente con nosotros a América, le dicen. Sería una forma de abandonar la casa, la cuadra, la sumisión al padre, los tediosos cuidados al caballo. Que agoniza, como todo en la película. Como ellos mismos, semana tras semana.
La hija se queda. Los dos, padre e hija, se quedan, aunque hacen un intento de partir -¿pero adónde?- para dejar atrás el baldío. La huida dura pocas horas. Regresan cabizbajos como presos que descubren que una soga les seguía, atada a sus tobillos que ya apenas sienten. 
La belleza de El caballo de Turín es lírica. De hecho, es uno de los mejores poemas que he visto en los últimos tiempos.

2 comentarios:

Sara dijo...

Bueno, Antonio, después de leer esta maravillosa reseña, no queda otro remedio que ver la película... La acabo de alquilar en DVD ¡Gracias!

Antonio Rivero Taravillo dijo...

De nada, Sara. Ya me contarás.