sábado, 23 de febrero de 2013

El poeta Marset





No voy a componer el catálogo de aciertos y errores de la gestión de quien fuera delegado de Cultura del Ayuntamiento de Sevilla hace unos años, Juan Carlos Marset, aunque desde luego su sucesora, con el mismo alcalde, Monteseirín, lo hizo no ya bueno sino, usando el superlativo, óptimo.
            Pero sin duda una de sus grandes ideas, comenzada a poner en práctica bajo su mandato y luego descafeinada, aguada y con sacarina (o puede que ni eso) fue la creación de la Casa de los Poetas, que prometía para Santa Clara un paraíso de la literatura en la que, se dijo, tendrían acomodo bibliotecas míticas como la de Abelardo Linares, quizá la mejor que en el mundo existe sobre nuestra Edad de Plata. Contó también la Casa de los Poetas con un gran director, el discreto Francisco José Cruz, que con la bendición de Marset creó un consejo asesor de auténtico lujo, del que formaron parte hasta su dimisión algunos de los más prestigiosos poetas en nuestra lengua. La actual Casa de los Poetas y las Letras, con ser algo (probablemente lo poco que es posible en las actuales circunstancias), es un eco lejano y desvaído de la original a pesar del buen hacer del también poeta Serrallé, hoy su coordinador.
            Marset, que era poeta él mismo y nada menos que premio Adonais, ahora ha venido a reivindicar esa condición, una de las más elevadas y hondas a las que se puede aspirar, con la publicación de su tercer libro en el género, en realidad un único poema de un millar largo de versos. Laberinto está publicado en la colección que dirige (Sibila, que recuerda al nombre de Sevilla y es también título de la estupenda revista que saca cuatrimestralmente), donde lo han precedido, desde la calle Jamerdana a todo el mundo, libros de grandes poetas hispanoamericanos como Carlos Germán Belli, Eugenio Montejo, Antonio Deltoro o María Mercedes Carranza.
            Es obra insólita, Laberinto, una trabazón de tiempos y escenarios en los que adquiere protagonismo Londres. También hay unos versos hispalenses "con Blanco White inglés y sevillano". Se extiende por meandros y corteja la paradoja, pero sobre todo -como poeta, no como político- manipula el lenguaje y las palabras ("Tuérceles el gaznate, cocinero", clamaba Octavio Paz), explotando las aliteraciones y paronomasias.
            Si hay ilustres poetas que han sido banqueros o trabajado en aseguradoras, ¿por qué no iba a serlo un exdelegado de Cultura? Además, Marset ya lo era antes de acceder al cargo. Aquí demuestra que sigue siéndolo, alto y exigente, tras abandonarlo.

(Publicado en El Mundo, edición de Sevilla, el 22-2-13)

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