sábado, 2 de febrero de 2013

Sevicias máximas




Un extraterrestre que llegara a Sevilla estos días se llevaría una rara idea de lo que significa la palabra "basurero". De regreso a su planeta, al que quizá también pronto llegue mezclado con el polvo estelar el hedor de nuestras calles, ese alienígena diría a los suyos que en esta ciudad del hemisferio norte del tercer planeta del sistema solar "basurero", contra lo que pueda significar en lugares en que la palabra se emplea con otra acepción, es, "aquel que produce basura".
            Porque la huelga de Lipasam que ya avanza como una marea de cochambre hacia su primera semana no solo ha traído, lo que sería natural, la interrupción del trabajo de los huelguistas. Al contrario: trabajar sí que lo han hecho estos, como habría podido constatar nuestro amigo extraterrestre y hemos sufrido los terrícolas, y hasta se han esmerado, por ejemplo, en demostrar a toda la galaxia la teoría de la gravedad volcando papeleras cuyo contenido ha ido a esparcirse como manzanas de Newton sobre el suelo. También, arrojando miles de trocitos de papel en la Plaza Nueva ante el Ayuntamiento y la pasividad de policías locales, regionales, nacionales y universales o cosmonáuticos, si los hubiera. No con telescopio, sino a escasos metros, quien esto escribe ha podido ver a esos esforzados trabajadores montando el numerito al arrojar cifras y más cifras al suelo aprovechando que estos días se reparten las guías telefónicas. Uno, qué quieren que les diga, hubiera preferido que, si no iban a fichar, continuaran su paro.
            En todo conflicto cada parte tiene sus argumentos, sus razones. Suponía ilusamente que también las tendrían en esta huelga empresa y sindicatos, aunque no fueran por todos compartidas. Pero se ve que no. Nadie puede tener razones cuando se dedica a actuar de manera absolutamente contraria a lo que es su trabajo. ¿Se imaginan una huelga de sanitarios en los que estos inyecten aire o matarratas, en vez de medicinas? ¿De bomberos que prendan fuego a las viviendas? ¿De maestros que aseguren a sus alumnos que la capital de Francia es Tokio, el agua fatal para la vida o que el número pi es ocho cuarenta y cuatro noventa y seis... como uno de esos números de las guías cortados y desparramados ante la casa consistorial?
            No se trata ya de que los servicios mínimos sean insuficientes o se incumplan. Lo peor es que aquí la crueldad de los huelguistas, el maltrato a la ciudad, la sevicia (como palabra recortada de un diccionario y mil veces también esparcida) ha llegado a ser máxima.

(Publicado en El Mundo, edición de Sevilla, 1-2-13) 

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