martes, 26 de marzo de 2013

Sir Gawain en la calle 86



Habíamos pensado asistir a la presentación que Joyce Carol Oates hará de su último libro, The Accursed, en la sucursal de Barnes & Noble de la calle 86 con Lexington, pero finalmente la gran dama de la novela norteamericana se las tendrá que componer sin nuestra siempre solicitadísima presencia, que ha sido demandada, por mor del gusto por la música folk y de raíces, en el concierto de una joven cantante en The City Winery, a unas cien manzanas de allí y solo una hora después del momento en que Oates tome el micrófono en la sala de actividades del segundo sótano, una amplia cripta, y empiece a leer fragmentos de su obra no tanto críptica como de vampiros.
Con todo, después de pasar por el Metropolitan a tertuliar con los paisanos Murillo y Velázquez, que allí cuelgan algunos de sus cuadros, y de refugiarnos de la lluvia en el Guggenheim -si no fuera por las inclemencias del tiempo, no se explicaría el autocastigo de infligirnos un recorrido por la exposición sobre el Gutai, no sé qué japonesería pretenciosa-, hemos pasado por la citada librería. En la sección de poesía he estado un buen rato catando las versiones de Simon Armitage de La Odisea, de La Muerte de Arturo aliterariva (una de las más granadas músicas épicas del siglo XIV, que no sabía que hubiera traducido) y de su celebrada recreación de Sir Gawain y el Caballero Verde. Este último poema anónimo del período del inglés medio está hace años en mi lista de espera, por lo que a las traducciones hacederas se refiere. El siglo pasado (y aún faltaban dos o tres lustros para que finalizara) comencé a verterlo, y no muchos versos siguieron, vencidos por mi dispersión, tras ese inicial "Terminado el asalto y el sitio de Troya".
Ahora, de regreso a la biblioteca que es nuestro hotel, leo un artículo de W. S. Merwin en The New York Review of Books sobre "The Mystery of Translation", donde menciona Sir Gawain y la traducción de Marie Boroff que he tenido entre las manos esta misma tarde cuarenta y seis manzanas más al norte, no recuerdo si antes o después del Beowulf de Heaney, del que siempre leo unos versos me halle en una librería de Dublín, las Cambridges o donde sea a un lado u otro del océano. Cuántas responsabilidades para un zoquete como yo: hace un par de lustros Jordi Doce, que dentro de unas semanas recibe al Nobel irlandés en Asturias, me animaba a traducir el poema anglosajón. Lo haré, sin duda, aunque el héroe que mató al dragón y a Grendel se las tendrá que ver con Sir Gawain. Quien gane ese combate se hará acreedor de ser traducido en primer lugar.
Medito sobre esto mientras los pies hallan alivio tras emanciparse de las botas que los han ceñido durante la caminata, caballero andante por Manhattan como el otro por La Mancha. Y también por Brooklyn. Excelente este vino de California, por cierto.

2 comentarios:

Alfredo J. Ramos dijo...

Y excelente la crónica, ART, incluidas esas cuitas de traductor andante que vienen a ser como un adelanto de las notas a pie (¡claro!) de página del dietario o memorial de tus muchas travesías entre lenguas que acaso algún día nos regales.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Muchas gracias, Alfredo. Como suele decirse, y tú que lo veas.