sábado, 2 de marzo de 2013

La luna llena




Tan rastrera es la situación aquí sobre la tierra que dan ganas de embelesarse con el firmamento y beber su escanciada pócima de olvido, esos polvitos astrales que nos echan los dioses en el cielo. En los años sesenta del pasado siglo y en películas de serie B, como ciertas contabilidades, se estilaron novelas y películas en que la ciencia ficción recurría al espacio como una posibilidad de salvación para los humanos, que transmigraban hacia otros planetas con la promesa de un comienzo limpio tras alguna catástrofe. Hoy vivimos asentados en la catástrofe, si no directamente sumidos en un cráter moral y económico que no esconde bases de astronaves, pero la carrera espacial ya se ha desinflado (salvo para Irán, la Persia de la época a la que me refería, que la ha retomado para torturar a un primate). Los hombres ya no gastamos escafandra en el imaginario colectivo, ahora solo vestimos de trapillo en la cola del paro, ese cometa caído sobre nuestras calles.
Las constelaciones están muy lejos, el sol ciega, como una verdad inmisericorde, pero mirar la luna como la otra noche sobre el Archivo de Indias apacigua los sentimientos y ofrece una calma melancólica de la que saben mucho los poetas.
La próxima luna llena será la de Parasceve, que cantara Cernuda en su sensual “Luna llena en Semana Santa”, tan citada naturalmente en Sevilla, pero esta de ahora también es lírica, que se lo digan si no a Leopardi, con el que tanto sintonizó el poeta de la calle del Aire. El romántico italiano le dedicó versos bellísimos, no menos extraordinarios que los del sevillano: “Vida tras vida, fueron / Olvidando los hombres / Aquella diosa virgen / Que misteriosamente, desde el cielo, / Con amor apacible / Asiste a sus vigilias / En el silencio dulce de las noches.”
Ah, la luna, aunque sea en un instante de contemplación para olvidar las penas. Otro poeta, el mexicano Jaime Sabines, escribió: “La luna se puede tomar a cucharadas / o como una cápsula cada dos horas. / Es buena como hipnótico y sedante / y también alivia / a los que se han intoxicado de filosofía.” Es decir, su redondez blanca o amarilla surte más efecto que la verde cruz y luminosa de las farmacias de guardia.
Vuelve uno de cenar y quiere abrazarla como Li Po, que, ebrio, se lanzó a su reflejo en el estanque (y, claro, se ahogó). Pero ya no está allí, sobre el Alcázar. Muchacha esquiva y presumida, ha ascendido a un cielo más alto a ver su propio brillo, plata sobre bronce, en el último cuerpo de campanas de la Giralda.

(Publicado en El Mundo, edición de Sevilla, el 1-3-13)