sábado, 23 de marzo de 2013

Telefonía celeste




Con los teléfonos de atención al ciudadano suceden cosas muy bizarras que si no entran en la categoría sicalíptica de las líneas eróticas, ese sumidero de las arcas públicas en las arquetas sin fondo de algún caso sonoro, pueden llegar a enervar o asombrarnos.
            Está por ejemplo el de Urgencias, el 112. Un sistema centralizado atiende a toda la región (de ser esto Cataluña, ya me estaban dilapidando por usar esa palabra tabú, región, y tendría que pedir a ese mismo teléfono una ambulancia o los guardias, digo los mossos d’esquadra). Y, claro, el personal que contesta no tiene por qué saber dónde se ubican todas las calles de Andalucía. Por lo que ya puede estar usted en un apuro que tendrá que explicar no solo que el servicio que solicita es para tal calle, sino en qué barrio se halla esta, así sea la calle Sierpes. Al parecer, el 092 que atendían en el cuartelillo de su pueblo o en la urbana jefatura está derivado a ese número de doble alineación de equipos de fútbol: once y dos. Es decir, que echan balones fuera los municipales. Pase para poblaciones pequeñas o incluso medianas, pero para capitales como Sevilla parece más bien un despropósito. Por otra parte, si unos mozalbetes molestan junto a su ventana, poniendo música y gritando mientras beben, ¿es eso una emergencia? ¿Hay que llamar al mismo número donde reportar que ha caído un hombre al río?
            Está por contra la buena experiencia del teléfono 010, el de información municipal en la capital. Que quien responde a estas llamadas sea amable es lo mínimo exigible. Que sea pasmosamente eficaz, ya resulta insólito. Llamé la otra mañana para avisar de que cerca de casa hay desde hace días sobre la calzada una plancha metálica que, como campana laica, repica cada vez que un coche pasa sobre ella. A veces, si es furgoneta o camión, o simple desaprensivo que se embala, el tañido es de fiestas mayores. Durante las horas diurnas se tolera el ruido; ahora, antes de maitines mortifica ese ding dong dang que parece surgir de uno de los poemas de Edgar Allan Poe, a quien no viene mal citar aquí porque es maestro en esto de las noches en vela. Pues bien, indicándole la encrucijada en que se hallaba la tabla de mi tormento, la pitonisa consultó su bola de cristal y sentenció clarividente: es una actuación de EMASESA a la altura del número 1. Tienen quince días para retirarla.
            Di las gracias. Colgué. Recordé, abracadabrante, un título de Adriano del Valle: Telefonía celeste. Mágicamente, al día siguiente quitaron la plancha.

(Publicado en El Mundo, edición de Sevilla, el 22-3-13)