sábado, 6 de abril de 2013

Los brotes verdes



Brotes verdes (y rojos) en el balcón de casa 


En ocasiones, a algo pequeño le es posible contribuir a salvar algo grande, y por el contrario algo lejano puede conducir a una tragedia en lo que tenemos más cerca. Si sirvieran estas líneas (su insignificancia) para evitar un accidente (lo magnífico que es una vida, puesta en peligro), esta sería la mejor columna que haya escrito nunca, no por ella en sí, naturalmente, sino por el horizonte que abriría para esa persona salvada. Haría falta, claro está, como en los crímenes (aunque aquí sea para lograr un bien), un cómplice: es decir, que la autoridad pertinente leyera y se planteara hacer la modificación necesaria.
Precisamente a cuestiones de horizonte y perspectiva vamos a referirnos, y desde un ejemplo que muchos lectores habrán experimentado en su deambular por la ciudad: el de los semáforos de avenidas anchas con mediana peatonal; el que regula el paso del Prado a los jardines de Murillo, pongo por caso.
No es infrecuente ver allí cómo algún automóvil o motocicleta pita al peatón que se ha lanzado a cruzar en rojo para él. ¿Por desfachatez? ¿Por impaciencia? ¿Por temeridad suicida para acabar cuanto antes con una existencia mordida por la crisis, el desahucio? Pues en muchísimos casos es porque, aunque el conductor vea el semáforo abierto, también lo ve él. Es cierto que permanece en rojo el que tiene más cerca, en la isla. Pero él ha visto el que está al otro lado de la vía, a fin de cuentas donde tiene puesta la mirada, pues es adonde quiere llegar. Lo habitual es que se dé cuenta de que el que queda más cerca le sigue vedando el paso aun cuando el otro ya ha cambiado, pero el margen de posibilidades de que no sea así es tan alto que requeriría alguna acción.
Lo lógico sería acompasar ambos semáforos, buscando un equilibrio de manera que el remoto verde de la esperanza no entre en conflicto con el rojo próximo y que puede llegar incluso a ser cruento. Ya puestos, preferible es modificar el de la lontananza para que no contradiga, como el día a la noche, al inmediato.
Así sucede también con la política económica, donde hace tiempo que se han encendido todas las luces rojas y aunque se nos promete que se abrirá más pronto que tarde el semáforo de los brotes verdes, que se ven a lo lejos, se anuncia, siempre a finales del año siguiente, todo aquí es ruina y percance al alcance de la mano. Por lanzarnos a ese verde de reducir el déficit nos está atropellando la caída sin frenos del consumo, el camión de infinitas toneladas de la destrucción de empleo.

(Publicado en El Mundo, edición de Sevilla, el 5-4-13)

1 comentario:

Ignacio Trujillo dijo...

A punto estuve de morir así, con mi bicicleta, por un semaforo peatonal en "Los Monos".