domingo, 7 de abril de 2013

Traductores silenciados



Se congratula Juan Palomo en su sección de El Cultural de los resultados de una encuesta del periódico The Guardian sobre las mejores traducciones que han leído sus lectores, entre las que hay varias de autores nuestros. Lo que se le escapa es citar los nombres de los artífices de ese éxito, los traductores. Es una pena que el suplemento del periódico en que colaboro (aunque este no sea excepción) obvie tan a menudo a los traductores. Sucedía hace un par de semanas cuando se ofrecía en primicia uno de los cuentos de la más reciente colección de Alice Munro (Mi vida querida), y esta misma cuando por gentileza de la New York Book Review se ofrece la reseña de Antifrágil de Nassim Nicholas Taleb, firmada por Michiko Kakutani.
No tengo modo de saber quién ha traducido la citada reseña, pero para hacer algo de justicia añadiré que el cuento de la escritora canadiense fue vertido por Eugenia Vázquez Nacarino, como todos los de ese libro publicado por Lumen. En lo que hace a los libros destacados por los lectores de The Guardian, copio aquí la lista junto, claro está, el nombre de cada preterido traductor: Your Face Tomorrow, de Javier Marías, traducido por Margaret Jull Costa; Dublinesque, de Enrique Vila-Matas, traducido por Rosalind Harvel y Anne McLean; Traveller of the Century, de Andrés Neuman, traducido por Nick Caistor y Lorenza García. Las novelas de García Márquez también se citan en la lista, dos de ellas como botón de muestra. Son estas, a las que restituyo el nombre de los traductores: Chronicle of a Death Foretold (de la cual hay sendas traducciones de Gregory Rabassa y Edith Grossman) y No One Writes to the Colonel, en traducción de J. S. Bernstein.
Dar los nombres de los traductores es solo hacer un poco de justicia en medio del inmenso mar de injusticias que es el mundo, pero justicia al cabo.

2 comentarios:

Amelia Pérez de Villar dijo...

Citar al traductor en una reseña del libro traducido es cuestión de rigor bibliográfico. No hacerlo puede ser varias cosas, desde ausencia de ese rigor hasta desconocimiento imperdonable del autor de dicha reseña, pasando por descuido inexcusable, absurdo desdén, o abominable soberbia. Un saludo y gracias por recordárnoslo, Antonio.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Qué menos, Amelia. Un saludo.