sábado, 11 de mayo de 2013

Andalucía de los Niños




Borges, que parafraseando lo que él mismo afirmó del cantar de Gardel, cada día escribe mejor, cuenta en uno de sus relatos cómo en cierto imperio la cartografía fue perfeccionada hasta el grado de que el mapa de una provincia ocupaba una ciudad entera, y el del imperio todo la superficie de una provincia. Y añade: “Con el tiempo, estos mapas desmesurados no satisficieron y los Colegios de Cartógrafos levantaron un mapa del Imperio, que tenía el tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él. Menos adictas al estudio de la cartografía, las generaciones siguientes entendieron que ese dilatado mapa era inútil y no sin impiedad lo entregaron a las inclemencias del sol y los inviernos.” El breve cuento termina describiendo cómo en los desiertos perduran despedazadas ruinas de ese mapa, reliquias habitadas por animales y por mendigos.
            La Andalucía de los Niños, aquella atracción al por menor de las mayores bellezas de nuestra tierra, fue desahuciada de Isla Mágica hace dos años y, devuelta por el parque temático, ahora es responsabilidad de la Junta. Lo de responsabilidad es un decir, naturalmente, a la vista de la falta de celo en evitar los destrozos que viene sufriendo el recinto.
            Pero nada más ingenuo que escandalizarse por ello. Al fin y al cabo, se trata de una maqueta fidedigna de lo que Andalucía, y aún toda España, es hoy: un lugar desolado (como una imagen de esas “Regiones devastadas” que daban nombre a barriadas de menesterosos), donde crece el jaramago y el destrozo campa, más que por sus respetos, por la falta de ellos, o él, en el primero que fuerza una valla y, Gulliver malvado, causa un seísmo en esa arquitectura un día de ensueños infantiles y ya pesadillesca. “Del rigor en la ciencia” se titula el cuento de Borges. Una ironía aquí, donde no hay rigor para perseguir al bárbaro ni ciencia para educar en el civismo.
Así, esas truncas miniaturas son como un cuadro de Antonio López, casi una fotografía. Si despojan el cementerio, cómo vamos a sorprendernos de que arrasen la cúspide de la pequeña Giralda sin que quede huella del Último cuerpo de campanas, haciendo borrón de Rafael Montesinos.
        La Andalucía que estamos legando a los niños es como ese solar de la Isla de la Cartuja: un lugar venido a menos, una ruina. La infancia terminó; pero a falta de unos padres que dijeran que había que guardar los juguetes, estos han quedado esparcidos y rotos, pisoteados por la suela –que nunca se gasta y cada vez es más claveteada y punzante– de la realidad.

(Publicado en El Mundo, edición de Sevilla, el 10-5-13)

4 comentarios:

Enrique López dijo...

Leer textos como éste es sentir que la palabra nos ubica, nos hace, que nos ayuda a situarnos en el Mundo. Gracias, Antonio, gracias por escribir con esa transparencia.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

A ti, Enrique, por leerme.

Anónimo dijo...

Magnífico artículo, íntimo y profundo.
José Manuel, de Ademán, pero el otro

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Gracias, José Manuel. Un saludo.