martes, 14 de mayo de 2013

El barbero de Sevilla



Anda desnortado mi cuero cabelludo, contagiado por el cerebro que supuestamente llevo bajo él, que también sabe lo suyo de confusiones. ¿Dónde irá dentro de unas semanas a que lo corten? ¿Sobre qué maldita tela negra sembrará sus canas? Le han cerrado la peluquería que frecuentaba en la calle Almirantazgo, junto al arco del Postigo. 
Ahora tendré que dar con otro barbero, pero mejor que buscar en el listín telefónico podría, se me ocurre, tirar de la lista de los trescientos que comparecen poco antes de ir al frente en una escena de Campo abierto, la segunda parte de El laberiento mágico. Allí, Max Aub se vuelve homérico y tras decir que son trescientos del oficio (lo que hace pensar que griegos contra persas) pasa a nombrar a todos los del batallón de los Fígaros, dando de muchos la procedencia y alguna circunstancia: "Santiago Arellano, de Alba de Tormes, medio dormido siempre, a menos que lo esté del todo"; "de la calle Mayor: Fernando Escudero, tan menudo, que a veces tiene que afeitar poniénsose de puntillas; "don Narciso Campos, vegetariano y teósofo, inventor de una nueva manera de secar el pelo"... Y así durante bastantes páginas y hasta contar los trescientos. Y más.
Pero para campo abierto, el calvero que ya crece en medio del bosque de la coronilla.

2 comentarios:

Alfredo J. Ramos dijo...

¿Será una venganza por tanto "tonsurar" libros? O, con mayor propiedad (véase tu anterior entrada), ¿por tanto amanecer?

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Tiene que ser eso, sí, Alfredo. Cómo no se me había ocurrido...