sábado, 25 de mayo de 2013

El ruido




Lo mismo que un hedor para el olfato, un adefesio para la vista, un estrago para el gusto, una punción para el tacto, el ruido es la tortura del oído, una afrenta que en nuestros días bobos va a más como una mancha de chapapote que empezuña las playas del sosiego. El ser humano, tan atolondrado siempre, gusta de interferir en la naturaleza dejando su impronta innecesaria, su huella lastimosa de zascandil metomentodo. Y, con los avances tecnológicos, que casi todo hacen posible, ha conseguido multiplicar el ruido como una legión de larvas, un plural tósigo.
Vas caminando y siempre se impone el pregón de quien no se conforma con llevar discretamente su estulticia y quiere que esta se conozca estereofónicamente. Entras en una tienda y ahí está –la llamémosla así– “música” enlatada, que solo tiene de música la unión de sonidos como los elementos químicos pueden dar una medicina –Bach– o componer un veneno: esos cantantes reducidos por una mutación cancerígena a contantes y sonantes, como el dinero. Imposible no pensar que los artículos que allí se expenden no sean tan malos como lo que vomitan machaconamente los altavoces. Dan ganas entonces de seguir con la ropa propia hasta que sea harapos, todo por no someterse a esas agresiones; y, de ser posible, habitar un monasterio de cartujos como desintoxicación.
El ruido ambiente es una invitación al griterío. Ruido llama a ruido. Y a ronquera, afonía. Cuanto mayor es una tontería, más alto se dice. Las cuerdas vocales demarcan el cuadrilátero en que caemos noqueados.
La batahola es siempre plaga en nuestras calles. Una imposición, una chulería del que más chilla. Ningún son debería ser tolerado en los espacios públicos salvo el que mane de instrumentos musicales sin electricidad, y solo en determinados horarios. Los amplificadores a cielo abierto son pequeñas dictaduras, genocidios de neuronas, golpes de Estado contra la paz legítima.
Si siempre esto es así, más estos días de primavera en que cantan los pájaros. El silencio es necesario para escuchar los trinos, el canto de los mirlos, el gorjeo en los nidos. A la armonía se le parte el pescuezo como a un ave para echarla al guiso que pudiendo ser manjar queda en bazofia, porque no se necesita que suenen tantas cosas. Basta que lo hagan unas pocas verdaderas.
Se puede ser insensible a la belleza, mas nunca se ha de tolerar que alguien inflija a los demás la amputación de lo bello. Se puede ser lombriz y ajeno a lo aéreo, a las alas. Pero es un crimen sofocar el canto.

(Publicado en El Mundo, edición de Sevilla, el 24-5-13)

1 comentario:

L.N.J. dijo...

Este tipo de artículos, solo pueden escribirlos y vivirlos, aquellas personas que saben muy bien lo que es el silencio.
Sabemos que el latido de nuestro corazón o nuestra respiración nos delata ante él (si estamos solos). Pero muy diferente es hablar con gritos y vivir entre tanto ruído, es un infierno del que hay que alejarse.
Me despiertan todas las mañanas el revoloteo de los pájaros, como la naturaleza manda.
Recuerdo cuando lo hacía algún que otro gallo a las seis en punto de la madrugada, en el cortijo que me crié. Cantaba al alba, como nadie.


Saludos.