viernes, 17 de mayo de 2013

Instante con naranja



Afortunadamente el teléfono móvil se había quedado sin batería, porque ¿para qué fotografiar lo que a la fuerza había de ser un remedo, un pobre retazo? (Uno de los cielos más increíbles que he visto en mi vida fue, paseo de la Reforma adelante, sobre el bosque de Chapultepec, en México. La imagen que grabé entonces es un monumento a lo indecoroso de la técnica cuando se trata de reproducir lo que es milagro en la retina.)
La otra tarde, junto a la torre del Oro, una naranja sin piel ni límite ni otra forma que la de la belleza colgaba del cielo sobre el Guadalquivir. Ante él, el ámbar del semáforo era una lastimosa emulación parpadeante: atardecer, noche cerrada, atardecer, noche cerrada, atardecer... Por el paseo del Colón y hacia el de las Delicias un par de ambulancias berreantes pasaron mientras estábamos en la terraza del bar: deudos, hermanas pequeñas, también ellas naranjas, las sirenas llevaban en sus camillas al sol herido hacia el barrio de Heliópolis, su ciudad.

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