viernes, 3 de mayo de 2013

Tangos

Malevaje en su actuación sevillana, 2 de mayo de 2013 (foto de T. M. R-F.)

Siempre me gustaron. Y sus hermanas las milongas. Cuando era muy joven, porque sí: esa razón afilada como un cuchillo malevo dispuesto a defender lo indefendible; además, fue mi manera de reaccionar a las modas imperantes; una forma de poncho (porteño) con el que embozarme el rostro ante el gusto ajeno y zafio. La verdad es que lo que canta Gardel -el pretérito no se compadece con su frescura- es siempre delicioso, sean las letras y la música suyas o no, que muchas veces lo eran. Quiero decir, lo son.
Luego he visto que el tango ha ido ganando adeptos. Cae por su propio peso que una música auténtica y apasionada en la que habla un yo con el que es difícil no identificarse (el amor, las infidelidades, el barrio, los zarpazos del mundo) ha de gustar a muchos pocos.
Volvíamos anoche de un memorable concierto de Malevaje, el grupo que aquí en España reivindica el género desde hace más de tres décadas (tanto ya, aunque "veinte años no es nada"), y entre tarareos y voces lunfardas invadiéndonos los labios ya no sabíamos si los adoquines que pisábamos eran de Sevilla o de Palermo Viejo, si la cerveza que tomamos a la salida fue en el Tortoni o en El Rinconcillo.

1 comentario:

Elías dijo...

¡Che, Antonio, de modo que vos sos también tanguero!
Los "Malevaje" son estupendos: yo los vi aquí hace unos años y por casa andan algunos vinilos suyos que pongo de cuando en cuando para marcarme unos pasos.

Abrazo.