miércoles, 8 de mayo de 2013

Una cabeza disciplinada


Coleridge antes de salir en busca de Gecé

Haber terminado tres novelas en un breve plazo (ahora mismo están siendo leídas por sus posibles editores) y andar empeñado con la cuarta tiene eso: una efervescencia de ideas que exige cabeza más disciplinada que la mía. Si no, durante la continua corrección de las primeras y la simultánea escritura de la última, cómo evitar que la danza hasta el mareo de las neuronas haga que una frase, una descripción, un personaje vaya a parar al libro que no le corresponde. Por ejemplo, que aparezca por una calle de Sevilla, años veinte, un escarabajo verde -taxi en México-; o que Coleridge se levante de una cena para ir al encuentro de Ernesto Giménez Caballero; o hacer que al homenaje a Góngora de la generación del 27 asista, delgada y rubia, la Elena Garro que no vino a España hasta diez años después; o que Maud Gonne se moje los labios no con una Guinness, como pide el decoro espacio-temporal, sino con una negra Modelo. Son, como se ve, novelas con figurantes prestigiosos. Da igual, tal como va el mundo dentro de poco serán desconocidos todos y únicamente redivivos por mi magín, cuyos frutos -no nos engañemos- tampoco leerá nadie.

8 comentarios:

Alfredo J. Ramos dijo...

Es casi heroico (y sin casi) que, a la vista de esa perspectiva final (que cuesta poco trabajo y ningún pesimismo compartir), mantengas viva tanta y tan fecunda actividad. Será, sin duda, porque te va la vida en ello. ¡Que no decaiga!

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Gracias por lo ánimos, que nunca viene mal.

Anónimo dijo...

Mucha prisa por escribir y publicar no es de cabeza disciplinada. Se escriben mucho libros que actualmente ya sabemos que acabaran perdidos. Lo malo que tiene la literatura actual, bueno poco y lo malo abunda.
Perdon usted, pero si se tiene editor, se publica rápido.

gatoflauta dijo...

Parece haber algo de frustración personal en lo que dice "Anónimo". Es cierto lo de que lo bueno es poco y lo malo abunda; pero eso, en contra de lo que él parece creer, no es maldición que aflija particularmente a este tiempo, sino condición humana general. Siempre el talento ha sido raro; lo que ocurre es que el pasado nos llega ya filtrado, decantado por el tiempo, y con la selección hecha. Por lo demás, el carácter genérico del comentario me hace sospechar vivamente que "Anónimo" no ha leído a Antonio Rivero. Si es así, él se lo pierde. Y créame: el resentimiento no es un buen consejero.

Anónimo dijo...

Bien se le puede reconocer por su premio Comillas y por sus traducciones. Un reconocimiento que le ha dado un puesto privilegiado en la literatura.
Sus poemas no me gustan nada, pero si su base literaria es traducir a otros poetas y navegar por la vida de grandes escritores, me callo. "A esto no le llamo ser escritor nato".

Sí, lo he leído y no me gusta como escribe. Bien con o sin voluntad, personas como tú, gatoflauta, no reconocéis la mayoría de las veces donde está la diferencia de lo que se escribe y lo que se lee y el por qué de tantas publicaciones de un mismo autor.

Una opinión diferente no tiene que ser frustración o resentimiento. Se podría llamar lo tuyo ¿peloteo?, porque te gusta...
creo que no.

Anónimo dijo...

Se comprende que al otro Anónimo, siendo el autor del poema de Gilgamesh, todos los posteriores les parezcan malos, incluidos los de Taravillo. A mí los que he leído me gustan sin embargo. Y por lo menos no tienen faltas de ortografía como los comentarios de mi tocayo.

Anónimo dijo...

Hay otras faltas más graves que cometen certos escritores y no se corrigen. Pero se les puede permitir.
En fin.

gatoflauta dijo...

En fin, cada uno es como Dios le hizo, y aun peor muchas veces, que dijera Cervantes. Yo el problema lo veo, para el Anónimo Uno, en que es él quien tiene que convivir, todos los días y cada segundo de cada día, consigo mismo. No le envidio nada la tarea, le compadezco, y aun soy capaz de comprender y disculpar sus intemperancias. Si semejante cruz me hubiera tocado a mí, quién sabe si no estaría aún más amargado de lo que parece estarlo él mismo.