sábado, 29 de junio de 2013

En clausura


Convento de san Leandro de Sevilla, en foto de Antonio del Junco que aparece en la portada del libro



Habíamos despertado sin apetito, saciados por las raciones de la noche anterior tras la presentación de la revista Piedra del Molino, cuando el festín de vinos y viandas propició el que de verdad importa: el de la poesía oral de la conversación. Pediremos unos cafés y una tostada, si todavía nos dejan, fue a lo máximo a lo que aspiramos al levantarnos. Me encaminé yo a la recepción mientras ella se arreglaba. Y pocos minutos después un mantel con servicio para dos y un desayuno opíparo se posaba sobre la mesa, en la terraza, distrayendo nuestra mirada del valle del Guadalete que abajo y en lontananza dibujaba el decorado que rayaba un cernícalo. Junto al dorado pan, sendas pastas de piñones que procedían del paredaño convento. Ante esa vista, ni teníamos resaca ni estábamos ahítos ya, y dimos cuenta de todo.
            Fue luego cuando dando un gran rodeo entramos en el zaguán de las Mercedarias Descalzas y pedimos por el torno otras pastas, de pasas con moscatel, y unas magdalenas que a Proust le recordarían a las se elaborarán en los obradores del cielo. Milagros, atiende aquí, nos allanó el trámite un viejecito que, tras repasar una lista, no sé si llevaba a las monjas las vituallas o tomaba recado de la compra que había de hacer para ellas. Ha de ser duro, como ciego en Granada, profesar votos de clausura en un convento de Arcos, limitada una al compás, al claustro, pero sin contemplar los callejones, los otros pórticos y no sé si las vistas sobre esa vega que a nosotros nos oreó el despertar un rato antes, y ajena a ese ver mundo del que gozan los dulces que salen de sus manos –aunque por poco tiempo, que el goloso no espera–.
            Pero un torno gira, rueda al cabo, y me pregunto si no hay un curvo paralelismo entre las monjas aquellas con su estar y no estar y el hecho de que al comprar yo por primera vez en un convento de clausura lo hiciera a más cien kilómetros de distancia de Sevilla, cuando aquí –es la medida que hay que emplear para esto, anterior al sistema decimal– sobreviven más de una docena.
            Todo esto me ha hecho recordar el estupendo libro que hicieron salir también de su torno el año pasado Ismael Yebra (cuando aún no era académico de Buenas Letras) y Antonio del Junco: Sevilla en clausura, ya por la segunda edición. Con textos del primero y fotografías del segundo es posible adentrarse en los cenobios, y no solo obtener bellísimas imágenes de ellos sino también conocer el sentido de ese retiro, que como bien señala Yebra no es huida nunca sino encuentro.



(Publicado en El Mundo, edición de Sevilla, el 28-6-13)

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