sábado, 22 de junio de 2013

Los automáticos

César González-Ruano. Foto: ABC



César González-Ruano dejó constancia en sus Memorias del asombro que le produjo en 1933, al comienzo de su corresponsalía en Berlín, la presencia por doquier de los llamados “automáticos”: las máquinas expendedoras de tentempiés y bebidas que él llama “una estación gastronómica de la vida de paso”, esa prisa de las urbes contemporáneas, ya bastante acelerada en la suya y que no avanza sino a cámara lenta si la comparamos con el correr de hoy (o de ayer más bien, pues la crisis y la desocupación han remansado un poco las aguas). Era aquello antes de la generalización del turismo, y él veía en la clientela de esas tragaperras no al visitante perezoso y a deshoras, sino la laboriosidad autóctona: “Gentes un poco imprecisas, cansadas, con los nervios destrozados por los ómnibus, el Metro y los ascensores”.
En los últimos tiempos han proliferado también estos lugares en Sevilla: encastrados en un edificio, con rótulos que desentonan con los edificios que los albergan (no así su plástico con lo que se expende en el interior), son cubículos que se extienden como suelen hacerlo las franquicias. La idea es tan perfecta como fría e inhumana. Me gustaría ver a Don Quijote recalar en una de estas ventas atendidas por robots, a los que se les da un maravedí y devuelven un pellejo de vino, quiero decir que se introduce un euro y dan a cambio una lata de cerveza o no sé qué astado tinto, toro rojo o algo parecido en la lengua de la pérfida Albión. Ustedes ya me entienden.
Incluyen sex-shop, agua, viandas. Junto a los artículos para el calentón, los refrescos; al lado de los preservativos, los conservantes de esas hamburguesas o kebab que, no sé por qué, barrunta uno que no son del día.
Se ve la palabra “Gourmet” en una de las vitrinas. No esperábamos menos. Es como esos productos “del abuelo” producidos en serie o esos precocinados “caseros” cuyo hogar es una nave industrial e imagino que se elaboran más con aceite de motor que con el de oliva virgen extra.
Entre las muchas ventajas que tienen, hay que reconocer que humanizan las relaciones laborales: si las cosas van mal dadas, el empresario ya no tiene que atravesar el trance de despedir a sus trabajadores, y a estos se les ahorra el disgusto de recibir el finiquito o de entrar en un ERE. Y siempre están abiertos, como los cajeros automáticos, lo cual viene muy bien, dadas las actuales circunstancias, para acomodar a más indigentes, personas que han perdido su puesto de trabajo, bajo la mirada compasiva de las máquinas.

(Publicado en El Mundo, edición de Sevilla, el 21-6-13)

No hay comentarios: