sábado, 1 de junio de 2013

Un lápiz de memoria




Trabajar entre libros acarrea un sedentarismo que conviene combatir de algún modo.  En mi caso, usando a menudo las bibliotecas públicas, ya sea recurriendo a la Infanta Elena (si los veladores abusivos del bar Chile lo permiten), ya a la atomizada de Humanidades de la Universidad, lo mismo en su sala principal, la mal llamada Dante (que no sé si tendrá la última parida de Dan Brown, inspirada en Alighieri), que en los diversos departamentos. A veces, para estirar más las piernas la caminata me lleva hasta el hotel Library de Nueva York, forrado de volúmenes, el cual tiene por lema esa frase de Borges que cifra el paraíso como una especie de biblioteca.
El edificio de la Fábrica de Tabacos posee la ventaja de que en su copistería puedo imprimir los libros en los que estoy trabajando: novelas que van mejorando tras cada rechazo editorial, poemarios que se van depurando tras no haber ganado los premios a los que concurrían. Llega uno allí con un lápiz de memoria y sale con un tacho de folios encuadernados, a veces hasta por quintuplicado. No lejos queda el edificio de Correos de la Avenida en que los despediré con un pañuelo blanco –adiós, adiós– viéndolos partir en el muelle hacia su incierto destino.
Las palabras mudan de significado al ritmo de las tecnologías, y hoy ya para la mayoría un pen no es una estilográfica sino un dispositivo de almacenaje informático. En la copistería se ven muy a menudo, pero jamás habría dicho lo frecuente que es su empleo hasta que esta semana me olvidé allí (culpa mía y del copista) el citado artilugio y fui a recogerlo a la mañana siguiente.
        No bien había explicado lo sucedido, el dependiente me extendió un amplio cubilete, un pozo sin fondo en el que había dos docenas de cacharros parecidos al mío, que navegaba abisal en el fondo de ese bando de peces. Mientras trataba de pescarlo reparé en el vértigo de todos esos gigas, la gigantesca capacidad de atesorar información de unos artilugios de metal y plástico, pequeños batiscafos en el océano de la memoria. Esos Funes memoriosos que guardan una tesis doctoral o un trabajo que no recogió una erasmus  danesa o un becario de Gines. Habrá ahí cartas de amor, diarios, cuentos, temarios de oposiciones, libros pirateados, fragmentos de vídeo, fotos, canciones y estridencias. Dan ganas de jugar a la ruleta rusa y llevarse, en vez del lápiz propio, una bala ajena: pasar por el traductor de Google ese texto en finés, estudiar esos apuntes de Historia como si fuéramos nuevamente jóvenes.

(Publicado en El Mundo, edición de Sevilla, el 31-5-13)


1 comentario:

Myriam dijo...

Muy interesante tu mirada, la que hace un poco más "humanas" las tecnologías actuales. Útiles pero menos románticas que una estilográfica de "estilo".

Un saludo cordial Antonio.