sábado, 6 de julio de 2013

Cien de diez




Un episodio de nuestra vida literaria que trajo eco sucedió cuando Perfil del Aire, el primer libro de Cernuda, fue considerado epígono de Guillén. Y todo por las décimas que ambos se gastaban. Como si esa maldición quitara a muchos las ganas de reincidir en la forma, no ha sido esta muy abundante desde aquellos finales años veinte del pasado siglo. Alguien que no le ha tenido miedo, como Juan Sierra, ha sido Enrique Barrero Rodríguez, quien a lo largo de tres años ha ido dando en su blog un millar de ellas, de ahí el título del libro en que ahora las ha recogido (solo el diez por ciento) y que sirve de epígrafe a la columna de hoy. Y en esta antología las hay excelentes.
            Tiene mucho de artificio, la décima; y ello, más uno de los temas que se impone aquí el poeta, acarrea riesgos, pues es agua que ha corrido al final de muchas cuaresmas en ese género al que va como anillo (de latón u oro) al dedo: el pregón de Semana Santa. “Pequeños lirios” es la sección que Barrero dedica a la misma, y hay que decir que sale airoso: así en “Domingo de Ramos”, con su recuperación de la infancia, y en “Cristo de los Estudiantes”, que concluye: “y, en el aula agradecida / del corazón que te entrego, / ir tomando con sosiego / los apuntes de mi vida.”
            Hay mucho amor por Sevilla en estas páginas, en las que convergen esquinas, plazas, jardines. “¿Quién, en la ingenua redoma / del tiempo más inocente, / no sintió que, de repente, / el calor era una fragua / y le dio a sus labios agua / la muchacha de la fuente?”, interroga en la espinela dedicada a la Plaza de América en la que, como es natural, se posa una paloma. “Callejero del gozo” acomoda veintiocho calles de la ciudad, sin un verbo, sin un adjetivo, dejándose el autor arrastrar por la eufonía de los nombres, que no solo obedece a la belleza de muchas de las palabras que las designan, sino también a las evocaciones. Recuerdos hay también en otras décimas a poetas sevillanos, como Juan Sierra, Rafael Montesinos, Joaquín Romero Murube y los dos Machado, además de para Víctor Jiménez, corresponsable con el propio Barrero y Francisco Mena Cantero de esta colección Ángaro que acoge al libro y cuyo nombre significa en árabe “hoguera en la atalaya”. Es una llama que ha superado los cuarenta años de vida y tiene, por cierto, la misma edad de este poeta que también canta al silencio o a los meses, donde julio es excepción, porque el endecasílabo sustituye al octosílabo, como contagiado del dilatarse de estos días largos de estío.

(Publicado en El Mundo, edición de Sevilla, el 5-7-13)

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