jueves, 18 de julio de 2013

Épica y modernidad




Todo número de la revista Litoral es un festín en el que la poesía viene vestida de gala, cuidada con el mimo que merece. Y si el número se dedica, como es el caso de este recién aparecido 255, a Luis Alberto de Cuenca, entonces el placer de sumergirse en él es un gozo difícilmente superable. Hay aquí artículos o ensayos sobre todos sus libros publicados, se dan diez poemas inéditos, a cuál mejor, se ofrece una antología temática, se tocan sus devociones cinéfila y por los tebeos, se comparten testimonios, recuerdos, impresiones de los que lo conocen bien. Y todo ello con una presentación que él mismo hace de su obra, amena, cordial, brillante, contagiosa. 
Siempre he sido lector de Luis Alberto, y tengo a gala decir que he disfrutado de su amistad en Sevilla, en Córdoba, en Madrid y, por qué no, en el Brabante del siglo oscuro en que la doncella Bronwyn vivió para volver loco, en el celuloide, a Cirlot y también a nosotros, además de en el filme, en las muchísimas páginas que le dedicó el poeta barcelonés.
En el verano de 1988, es decir hace veinticinco años ya y nel mezzo del camin (hoy tengo cincuenta), publicaba la que creo que es mi primera reseña, sobre El otro sueño, aparecido poco antes. Fue en la revista Punto y Coma, y decía así, a veces con la pedantería y arrogancia de quien empieza, pero también con un entusiasmo por su obra que no ha declinado:

Luis Alberto de Cuenca, a quien el lector de literatura clásica o medieval conoce por sus trabajos de traducción, es además un polifacético y erudito hombre de letras y, lo que aún me parece más importante, un poeta excelente, sin duda uno de los mejores de su generación. Así vuelve a demostrarlo con El otro sueño, un libro que está en la línea de su obra anterior, La caja de plata, y que ofrece una vez más sus temas de siempre con sencillez y emoción, rasgos estos que a menudo faltaban en sus primeras entregas. 
Como es lógico, hay poemas más o menos conseguidos, y alguno que no se echaría en falta y que si bien no llega a deslucir el conjunto sí que desentona. Pero la mayoría de las composiciones son de gran calidad, y muchas de ellas memorables. Nadie que haya leído el Edda mayor habrá quedado frío ante el poema que L. A. de Cuenca titula "Gudrúnarkvida", que siguiendo al poema islandés del mismo nombre pero con sutil actualización y deliberado prosaísmo es de una exquisita belleza. Junto a esa inusual elegía hay numerosos poemas que son buena muestra del saludable humor del poeta, un humor que permea toda su poesía y que le proporciona una frescura e inmediatez que el lector agradece. Véanse como ejemplo de esto los sonetos de la primera parte "El poeta a su amada, para que no le tire bombas" y "El poeta a su atracadora, pidiéndole que vuelva sucintamente vestida de negro". A lo largo del libro los versos recorren diferentes territorios y mitologías (incluidas las del cine y el cómic) sin resultar cargantes, cosa que antes le sucedía a veces, y quedándose en las antípodas del culturalismo que aún muchos cultivan. Probablemente su mayor acierto sea trasladar a un universo contemporáneo y urbano reflejos de otras visiones del mundo y acentos de otras formas de escribir, entre las que la épica posee un lugar preeminente.
El libro, que si bien no es profundo ni genial se lee con sumo agrado, está además editado con sobriedad y esmero, como es común en la colección Renacimiento. Solo cabe esperar que la distribución haya sido eficiente en toda España, pues se trata de una obra que no debe pasar inadvertida.





Más recientemente, en el séptimo número de la revista Isla de Siltolá publicaba este poema que lo homenajea, y que no tiene más mérito que repasar sus claves.

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