lunes, 8 de julio de 2013

Era hombre, era mito, era bestia




A finales de junio Iván Vergara presentaba en Sevilla, en la azotea de la Casa de la Provincia, al pie de la Catedral y la Giralda, su libro de poemas Era hombre, era mito, era bestia. Estas son, con las variantes que impone la expresión oral, las palabras que pronuncié con tal motivo:


Iván Vergara nació en 1979 en México. Es decir, cuarenta años después de que buena parte del exilio español (excepción hecha de la avanzada de José Moreno Villa, en 1937) desembarcara del buque Sinaia en el puerto de Veracruz, gracias a la hospitalidad del general Lázaro Cárdenas, presidente a la sazón de aquel país.
         Las relaciones entre nuestro país y México comienzan con una invasión y un asombro (el reflejado por Bernal Díaz del Castillo, o Hernán Cortés, como ahora propugna un estudioso francés, en Historia verdadera de la conquista de la Nueva España) y siguen un camino tortuoso hasta la independencia de la nueva república en 1810 y aún después. Si hubo expolio (y ahí tenemos a doscientos metros la Casa de la Moneda, receptáculo de tanta plata mexicana), también hubo, y hay, intercambio y lo que podríamos llamar polinización cultural. Desde hace varios años ya, Iván y sus compañeros de la PLACA, la Plataforma de Artistas Chilango Andaluces, vienen tendiendo puentes entre ambas naciones y, más aún, entre los habitantes de la Ciudad de México –los chilangos– y los de esta región de la que partieron los galeones al Nuevo Mundo (sobre todo Sevilla, esta Puerta de América). Ahí está también, más cerca incluso, el Archivo de Indias, que no me dejará por mentiroso.
Volviendo a las efemérides, este año se conmemora el cincuentenario de la muerte de Luis Cernuda, quien también se asiló en México aunque en fecha tan tardía como 1952, y que vivió, y se apagó, en esa casi Andalucía que es Coyoacán, en el sur del Distrito Federal. Cernuda tuvo muy buenos amigos mexicanos, quizá el más importante de ellos fuera Octavio Paz, que da la casualidad de que vivía en una bocacalle del Paseo de la Reforma que se llama, qué casualidad, Río Guadalquivir. Pues bien, Iván Vergara forma ya parte de esa lista de nombres que nos unen a mexicanos y españoles, como los ya citados o Jordi Soler, que como su nombre delata es descendiente de catalanes, pero que nació en Veracruz y hace años vive en Barcelona. A Soler, que es joyceano entusiasta y miembro de la llamada Orden del Finnegans, también integrada por Enrique Vila-Matas entre otros, le gustaría saber que ahora está siendo citado aquí en esta azotea donde más de una vez se ha celebrado el Bloomsday, la fiesta literaria que recuerda el Ulises de Joyce.



         Pero no divaguemos. El libro que hoy presentamos manifiesta una de las vertientes de la creatividad de Iván, que es también músico y editor de libros muy especiales, los que salen de la editorial Ultramarina Cartonera. Como poeta nos entrega una obra ambiciosa y extensa que no es una suma de poemas sino un concepto unitario. Unitario o tripartito este Era hombre, era mito, era bestia que se abre con un epígrafe de su compañera Sandra que alude, entiendo, a Quetzalcótal, la serpiente emplumada, con ese “Dedicado a la Era de Plumas y Escamas”. Desde este lado del océano sorprende la libertad formal característica de la poesía que se escribe en los países hispanoamericanos, y México no es una excepción, e Iván tampoco. Me parecería arriesgado aventurar interpretaciones del libro, y más estando presente su autor, pero sí destacaría que tenemos aquí una voz madura y que alcanza altas cotas de expresividad y de emoción. Como resumen de esa vinculación de dos mundos destacaría el poema “Un silencio atlántico”, que quizá lea luego Iván, no sé, con su acento aún mexicano pero del que a mí me apetece recordar ahora una estrofa con mi dicción de gachupín:

yace mi padre en un techo de casa blanca
con su cuerpo moreno asfixiado por la historia,
con su cuerpo tallado por la vista de los volcanes
y un indómito yacimiento de leyendas
donde se escribe la historia de mi viejo,
sobre una ladera marina y tintas de piedra


ha salido esta tarde y se ha tirado al río
con el fardo absurdo de todo lo recorrido,
ha ahogado a los peces contándoles la historia
de un hombre y una mujer
que se amaban como tierra blanca y fértil,
yelmos recios de conquista

ha devorado al unísono dos continentes
y se ha convertido en tierra submarina;
salió por la tarde un indio posmoderno y la noche
recibió todas las almas,
todos los llantos


Somos varias las personas que intervenimos en el acto y yo no querría extenderme. La poesía tiene ese don, que no precisa glosas. Es más, que a veces estas la destruyen. Yo solo quiero añadir mi agradecimiento a Iván por haber pensado en mí para que lo acompañara esta noche. Y por ese hilo que no deja de tejer para que con un tironcito, los de allá, los de aquí, estemos unos más cerca de otros.





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