sábado, 20 de julio de 2013

José María Conget





Sevilla manda a muchos de sus hijos al exilio (uno de ellos, recientemente fallecido, es Francisco Márquez Villanueva, que cambió el Guadalquivir por el río Charles, la Hispalense por Harvard), pero también acoge a otros que no siéndolo de nacimiento vienen a laborar y vivir en ella. Dos de los mejores escritores que en Sevilla hay en este momento, y no se puede decir que estos falten, no vieron la luz aquí y tienen en común, además, haber vivido simultáneamente un par de años en Lima, la capital del Perú. Cuando José María Conget era profesor de la Universidad de San Marcos a mediados de los años setenta (y allí, frente al Pacífico nació su hija Rebeca), Fernando Iwasaki estudiaba en el limeño Colegio Champagnat. Luego Conget vivió en Cádiz, Londres, Nueva York y París, e Iwasaki estudió en la Pontificia Católica Universidad del Perú y se vino a vivir a Sevilla, tomándole la delantera al zaragozano, que no se establecería aquí hasta 1990 aunque siguió pasando bastante tiempo fuera: como no era manco, empleado en el Instituto Cervantes.
            Aquí, Conget fue hasta su jubilación en 2008 profesor de otro instituto, el Martínez Montañés (donde también lo fue el colaborador de El Mundo José María Vaz de Soto), y tres sellos editoriales sevillanos han publicado obras suyas. Ahora escribe entre nosotros sus estupendas colecciones de cuentos y se pelea con una novela. Y es muy frecuente verlo en el cine Avenida con su mujer, la traductora Maribel Cruzado.
            Precisamente una de las narraciones de su más reciente libro La mujer que vigila los Vermeer, se titula “Mi vida en los cines”, y viene a ser, con una gran carga autobiográfica, la fusión de las células del autor con el celuloide. Menos en el desconcertante final, está lleno de encanto este repaso a las salas de medio mundo y de las películas, muchas veces populares, que no han sucumbido a ese pecado nefando para el autor: la pedantería.
           De su experiencia académica le ha quedado un conocimiento de primera mano de muchas de las cosas ridículas junto a otras nobles de la profesión docente. “Suaves laderas” es un admirable ejercicio de cómo atribuimos a los otros felicidades fantasmas. Y “No calls, no letters, no messages” podría figurar en cualquier antología de literatura de campus. El relato breve “El impostor” parte también de una experiencia, reelaborada, de cuando en el colegio de curas ascendieron al autor, por un equívoco clasista, de hijo de oficial de notarías a vástago de todo un señor notario. Una maravilla, doy fe.

(Publicado en El Mundo, edición de Sevilla, el 19-7-2013)

2 comentarios:

Eugenio Fdez dijo...

Magnífico blog,le felicito.
Un saludo.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Muchas gracias, Eugenio. Bienvenido.