martes, 9 de julio de 2013

Plaza del Castillo


Un jovencísimo Rafael García Serrano


De “bronco y valioso narrador navarro”, lo califica José Carlos Mainer en Falange y literatura. Y en su imprescindible Las armas y las letras Andrés Trapiello recuerda sus “novelas vigorosas” y lo retrata, se ve que con indisimulada antipatía, de esta guisa: “Su temperamento, de naturaleza rifeña, es harto brusco, y su prosa, cuajada de casticismos, tiene esa impronta tan falangista, quizá navarra al estilo de José María Iribarren, que es envolver besos en coces, interjectada cada cinco líneas por un par de tacos, que suenan siempre, en medio de la página, como petardo pedregoso y extravagante, lo que García Serrano compensa con arrobamientos de corte lírico, todo lo cual convierte su prosa en algo alucinante, efusivo y personal.”
Estos días, con los encierros de Pamplona empitonando la calles Estafeta de la tele, me he acordado de él, que escribió la gran novela sobre ellos y todo lo que los rodea, o habrá que decir lo que los rodeaba, que han pasado bastantes décadas desde su publicación y más de los acontecimientos que recrea. A un escritor rojo hay que medirlo por su escritura; a uno azul, por lo mismo. Que los haya habido más de la primera cuerda no debe hacer olvidar a los de la segunda, que además tienen en contra a la opinión hoy dominante.
Hay aspectos de Rafael García Serrano que me lo acercan a Ford. Si la trilogía de la Caballería americana tiene su correlato en la trilogía (bien que sin intención unitaria) sobre la Guerra Civil que el navarro llamaba “ópera Carrasclás” (Eugenio o proclamación de la primavera, La fiel infantería y esta Plaza del Castillo), su humanidad, su empatía con el otro le hacen sentir, con Ford, que el enemigo es alguien a quien se combate, no a quien se odia. En Plaza del Castillo, los jóvenes pamplonicas como García Serrano se unen al rebelde general Mola no solo para salvar España, con frase solemne y levantisca, sino también “porque se van todos los amigos” en una escena que me recuerda a otra de las más hermosas que despliega Misión de audaces: aquella magistral en la que el hibernoamericano, que donde ponía el parche ponía la bala, retrata a los cadetes del Sur marchando al frente como casi en un juego (que acabaría en tragedia, como en España, después, pasada la euforia de las primeras descargas, y no solo de fusilería sino de adrenalina).
Y hablando de otro yanqui, el Fiesta de Hemingway no es superior a Plaza del Castillo, que forma en ese pequeño batallón de novelas que ostentan nombres de plazas en sus títulos, como La plaza del Diamante de Mercè Rodoreda o Berlin Alexanderplatz de Alfred Döblin. Escrita en 1951, la acción cubre desde las vísperas de los Sanfermines de 1936 hasta el día posterior al alzamiento. Se ha señalado que su estructura es coral, predecesora en ello de La colmena. Reproduce caracteres, tipos, ambientes, tiene la llave de lo local y grita no como un guiri: ¡Gora San Fermín!
Escritor de rompe y rasga, destructor de moldes en que encajan como un guante los perezosos que todo lo ven blanco o negro, falangista que tuvo problemas con la censura durante el régimen de Franco, Rafael García Serrano fue el tipo que una mañana temprano llevó a sus dos hijos a misa a rezar por un hombre que acababa de morir tiroteado defendiendo sus ideas. Un héroe, les dijo. No, no era José Antonio Primo de Rivera sino Ernesto Ché Guevara.

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