jueves, 5 de septiembre de 2013

A UN AMIGO, AL REGRESAR DE GRECIA








                                    Para Manuel Grosso, en su cumpleaños

Aceleradamente me contabas
(y apenas te entendía, como el griego
que se oye en un muelle o la taberna
bajo la parra extensa de la noche)
de aquella calma de la isla de Hidra,
de sus calas pobladas por las ondas
que impulsan los acentos de la Ilíada.
Y cómo unos pollinos ascendían
cuesta arriba con víveres en lentas
angarillas de esparto: la ateniense
provisión del Pireo a las moradas
más cerca de la casa de los dioses.
Bebiendo un vino tinto, el retrogusto
de aquel blanco con toques de resina,
y en la mano las fotos desplegándose
lo mismo que si Ulises relatara
todo el periplo de sus aventuras.
La máscara de Agamenón brillaba
menos en esa imagen que en tus ojos
teñidos por el oro de exclamar:
–¡Cuántas veces he vuelto a este museo!
Cada palabra, en fin, era ella misma
y como una larga estela en el Egeo
el eco azul de su etimología:
–Me he sentido más vivo ante la Acrópolis.
Me pareció que, juntos en el ágora,
Sócrates tertuliaba a nuestro lado.

No hay comentarios: