miércoles, 11 de septiembre de 2013

Inmigrantes del aire

Un detalle de la plaza de San Lorenzo,
con la iglesia en que fue bautizado Bécquer


Vencejos y golondrinas eran las aves que hasta hace muy poco asaeteaban con su vuelo la plaza de San Lorenzo, una de las más hermosas de Sevilla. Y al caer la tarde sus trinos, con el de los gorriones, tomaban posesión de ese cielo. Las golondrinas, además, anidaron en la rima de un vecino de la collación y bautizado en su parroquia, Gustavo Adolfo Bécquer, y desde aquella se multiplicaron en la memoria de muchas generaciones de lectores de poesía.
Ahora, desde hace poco, los árboles -plátanos de Indias y naranjos- albergan a un buen contingente de periquitos o cotorras, tropicales pájaros chillones lo mismo en su canto -si canto puede llamarse- que en el plumaje. Hay una algarabía estridente que no se compadece con la serenidad antigua. Con su break dance o su hip hop, con gorras de béisbol con la visera ahacia atrás, con aparato estéreo desaforado, los inmigrantes del aire se han hecho dueños de la plaza, latin kings estentóreos que tatúan el cielo con su acento. En su último libro, Antes del nombre, Eloy Sánchez Rosillo dedica un poema al canto del jilguero. Pero los jilgueros de antaño, señores de los patios y los balcones, han sido acallados. En vano pedirá en la plaza sevillana lo que escande la página:

Sí, dejadme, dejadme que lo escuche,
que el silencio que tengo no se rompa.
No hay misterio más hondo que aquel pájaro
y su canto que vibra en el árbol del tiempo. 

1 comentario:

zUmO dE pOeSíA (emilia, aitor y cía.) dijo...

Todos amamos los poemas de Bécquer en la adolescencia y después dejamos de recitarlos, pasamos a otras lecturas, y ahora los releemos y nos parecen afectados, rayanos en lo cursi. No debería estar permitido que lo que un día amamos pueda después resultarnos fastidioso o, lo que es peor, indiferente. Como canta Silvio Rodríguez, "debe(mo)s amar el tiempo de los intentos".