sábado, 14 de septiembre de 2013

La zona azul




El responsable de Movilidad del Ayuntamiento hispalense ha anunciado que pronto aumentarán en más de tres mil las plazas de zona azul en la ciudad. Frente al Tráfico, con sus connotaciones negativas (de influencias, de drogas, y los atascos), qué gran invento es la Movilidad: parece que trae nuevos suelos, espacios recién creados para que los ciudadanos aparquen sus coches. Ah, que resulta que las plazas ya existían a disposición de quien libremente las ocupara y con igual albedrío las soltase. Y gratis. Vaya.
            Con todo, los residentes y comerciantes de esas zonas parecen haber acogido favorablemente la iniciativa. A los clientes de los segundos se les facilitará el llegar, y a los primeros se les solucionará, dicen, el problema endémico de los “gorrillas”. O casi, porque está por ver que esto llegue a ser realidad. Sevilla parece encerrar más verdad que otros lugares del globo, al menos más que la Filadelfia de Benjamin Franklin, quien acuñó esa frase que tantos blanden para quejarse del Fisco: “Solo hay dos cosas seguras: la muerte y los impuestos”. A esas dos certezas Sevilla añade una más, y no como dogma de fe tan propio del credo local, sino como dato empírico: “Solo hay tres cosas seguras: la muerte, los impuestos y los gorrillas”.
            En Bami, este verano se inauguró otra zona azul, pero ya no en superficie: el aparcamiento subterráneo del Sagrado Corazón. Sus plazas amplias, pintadas de color de una piscina, invitan a zambullirse en ellas. Los primeros días estaba tan vacío que en sus aguas figuradas se podían hacer los cien metros libres. Y como en una película de acrobacias de sirenas, tiene banda sonora, y hasta luces rojas o verdes sobre cada plaza para indicar, como el brazo a la intemperie y quizá pinchado del gorrilla, dónde hay un sitio libre.
            Qué tropa, los gorrillas. De los minusválidos de hace unas décadas, que daban un recibo y pena, se pasó a los toxicómanos y a los parados mayores de cuarenta años (estos sí aseados y con uniforme). Hoy, como sucede con el pescado o el marisco, ha proliferado sobre el producto nacional el extranjero: los hay de países del Este, del Magreb, del África negra. Hace semanas a uno de los últimos le propinaron una paliza otros, gitanos. Vete a tu tierra le dijeron, tras robarle la recaudación.
            ¿Qué le dirán al vecino que aparque después del horario restringido o en el fin de semana? ¿Y qué aducirá el importunado? ¿Tendrá que enseñar los papeles, asegurar que su tierra es esta, que vive aquí?
Azul, azul, la policía.

(El Mundo, edición Sevilla, 13-9-13)

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