miércoles, 4 de septiembre de 2013

Otoño cernudiano





Se avecina un puñado de actos en homenaje a Luis Cernuda ahora que se van a cumplir cincuenta años de su muerte en México. Los habrá, que yo sepa, en Córdoba, Sevilla y Berlín. También habrá al menos una publicación, de la que daré noticia aquí próximamente. Entretanto, comparto aquí la reseña (la acabo de encontrar por casualidad) que del segundo tomo de la biografía publicó Jordi Amat hace dos años en el nº 82 del Boletín de la Institución Libre de Enseñanza. No es fácil que un crítico conozca tan bien como él al personaje y al mismo tiempo las peculiaridades del género biográfico. Aquí dejo su crítica, con mi agradecimiento:



Antonio Rivero Taravillo (2011): Luis Cernuda. Años del exilio (1938-1963). Barcelona: Tusquets.


En el Madrid republicano Luis Cernuda y el matrimonio formado por los poetas e impresores Manuel Altolaguirre y Concha Méndez pasaron muchas horas juntos, días de conversación con otros colegas de la joven literatura además de muchas noches de confianza doméstica. Si el tem- peramento esquivo de Cernuda le hubiese permitido establecer una auténtica relación de amistad confiada y duradera, creo que probablemente la habría mantenido con los Altolaguirre. Aquel solitario susceptible fue casi como uno más de esa familia y lo volvería a ser en la última etapa de su vida en México. Mucho antes, desde Glasgow, en 1940, Cernuda, ubicado en los márgenes de las redes del exilio, les escribió proponiéndoles imprimir algunas de las traducciones de literatura inglesa que empezaba a ensayar. De paso, con una nota de humor poco frecuente en su epistolario y mezclando a la hija de sus corresponsales en la private joke, apostaba por su futura fama como poetas. «Cuando Paloma tenga nuestra edad actual, acudirán a ella nuestros futuros admiradores [suyos también, por descontado] a inquirir detalles auténticos de nosotros, que seremos legendarios entonces como Garcilaso y Bécquer». Parecen líneas escritas pensando en el filólogo y escritor Antonio Rivero Taravillo, que no dudó en viajar a México para entrevistar a Paloma Altolaguirre y que parece conocer todos los detalles que puedan conocerse sobre la vida de Cernuda.
     Cuando en 2008 Rivero publicó la primera entrega de su biografía de Cernuda (laureada con el prestigioso Premio Comillas que otorga la editorial Tusquets), quedó claro que su ambición como biógrafo no había sido la interpretación ni la construcción narrativa de su personaje, sino la exhaustividad documental. En aquel volumen no descubría datos o episodios que modificasen la peripecia ya conocida del poeta ni planteaba nuevas hipótesis de interpretación sobre el carácter o la obra de su biografiado. Su objetivo era otro. Documentar todo, absolutamente todo, lo que pudiera saberse de la vida de Cernuda. Rivero ha logrado su objetivo y ha acabado escribiendo una biografía canónica desde una perspectiva erudita, no con un estilo plúmbeo o académico en versión latosa, sino usando una meritoria agilidad discursiva y una lengua siempre civilizada.
El lector, al terminar la primera parte, quedaba convencido de que seguramente poco o nada más podría saberse sobre los treinta y seis primeros años de existencia del autor de La realidad y el deseo. Porque por insignificante que pareciera, nada había quedado por certificar (ni el segundo apellido del poeta ni datos sobre su vida académica o los años en los que cumplió el servicio militar...). Sobre la inserción de Cernuda en los círculos de los poetas nuevos, Rivero poco pudo añadir. La bibliografía dedicada a la historia externa de los poetas de la primera antología de Gerardo Diego es tan apabullante que hoy en día diría que los especialistas en aquel período ya solo pueden batallar en la tierra baldía de las notas a pie de página. Pero las cosas, en el segundo volumen, podían ser distintas porque aún existe un buen camino por recorrer en la investigación de la cultura del exilio (y eso que algunos archivos fundamentales, como los de la revista Ínsula, se han perdido, como señala el biógrafo).
     A la hora de reconstruir el último cuarto de siglo de la vida de Cernuda, Rivero, que ha viajado para ver y describir los lugares que pisó Cernuda en Gran Bretaña y América, suma a la exhaustividad (excesiva en ocasiones) informaciones nuevas de verdadero interés. Años de exilio es claramente más valioso que Años españoles. El relato de los años británicos, para mí lo mejor de los dos volúmenes, adquiere en el libro un perfil más rico y complejo. La aportación documental más substancial es la correspondencia enviada por Cernuda a Salvador de Madariaga. Hace años que las misivas amistosas de Cernuda a Nieves Mathews —hija de don Salvador— se habían podido leer en la monografía de Rafael Martínez Nadal (una fuente memorialística, por cierto, algo dudosa), pero las dirigidas a su ilustre padre eran inéditas. Y la carta escrita el 8 de enero de 1942, en la que comentaba su lectura de la biografía de Hernán Cortés, de Madariaga, es espléndida, como también lo es la del 26 de septiembre del mismo año, en la que Cernuda se autorretrataba como «portador de una riquísima tradición cultural filtrada de siglos y razas» (una conciencia entre patriótica y espiritual que, como señala Rivero, parece motor del poema «El ruiseñor sobre la piedra»). De aquellos años vale la pena destacar también la desconocida transcripción de la participación de Cernuda en un debate radiado sobre «El desarrollo de la poesía en Inglaterra», los testimonios que Rivero recopila de algunos alumnos de Cernuda o la información que aporta sobre la colonia de niños vascos que fue pretexto motivador del poema «Niño muerto» de Las nubes.
     Una relación personal que también se com- prende mejor es la de Cernuda y Gregorio Prieto. Rivero cita unas palabras del pintor que yo desconocía y sobre las que tal vez valdría la pena meditar en caso de que concibamos el género de la biografía como una valiente hipótesis de conocimiento de las fosas de la intimidad de un individuo: «A Luis Cernuda la castidad le acompañaba en su vida, como enamorada que no traiciona». Rivero no da su opinión, pero sí recoge la de José Luis Cano, que no le condecía crédito. Quién sabe. «Qué ruido tan triste el que hacen dos cuerpos cuando se aman.» Lo cierto es que la vida sentimental de Cernuda —un hombre elegante, formal y educado, sí, pero al mismo tiempo un maniático obsesivo cuyos modales tanto le asemejaban al estereotipo del señorito— fue casi siempre triste y solitaria. Rivero acierta al dedicar un breve capítulo a contar el patético final en México de Serafín Fernández Ferro, el inspirador de Donde habite el olvido que tanto obsesionó a Cernuda. El biógrafo también descubre a otro hombre que dejaría rastro en su poesía: el joven Salvador Aliguieri, con quien dialogan Poemas para un cuer- po. El capítulo «Un cuerpo llamado Salvador» es espléndido; las similitudes entre esos dos hombres, fascinantes. El 29 de mayo de 2007 recibí un correo electrónico del periodista mexicano Anto- nio Bertrán. No lo conocía y me informaba con ilusión de que había entrevistado a Aliguieri. Este periodista fue quien puso en la pista a Rivero, y Rivero charló con aquel viejecito que cuando era un chaval le dio a Cernuda uno de sus últimos instantes de plenitud personal.
     «Querría su autor no tener que mencionarlo, pero esta biografía de Cernuda no puede ni quiere ser hagiográfica.» Lo afirma Rivero en los compases finales de la biografía y dice la verdad. El biógrafo no calla las rarezas de Cernuda ni sus malos modos ni sus desplantes. Cartas y recuerdos de sus contemporáneos lo atestiguan, y él los reproduce. También revela algo que hoy sorprende y casi duele. Cernuda, seguramente el poeta y tal vez el crítico más influyente de su promoción para los lectores de hoy, tuvo enormes dificultades para ir publicando su obra. Aunque parezca mentira, quizá por culpa de aquellas rarezas y por prejuicios personales, pocos, muy pocos, le hacían caso. Tuvieron que pasar muchos años para que su propuesta literaria se convirtiese en canónica. Precisamente por ello, porque Cernuda está en la cima del canon de la poesía española contemporánea, era necesaria una investigación sólida como la que ha acometido Rivero Taravillo. Una investigación exhaustiva en exceso, decía, sobre el papel. Es una personal impresión de lectura. Fechar la composición de tantos poemas de Cernuda ralentiza la exposición, y en algunas ocasiones las referencias culturalistas complementarias son una loable exhibición de saber enciclopédico pero que no sirven para saber más sobre Cernuda.page111image46512
     Rivero, al narrar los años de Cernuda como profesor en Mount Holyoke, rescata el significativo testimonio de una alumna de ese college femenino. En la habitación de su profesor vio un marco antiguo para fotos. Le sorprendió que en el marco no hubiese foto alguna. Solo el cristal. Un vacío. El rostro de Cernuda es el de esta notable biografía. Su alma sigue estando en su poesía.

Jordi Amat 

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