miércoles, 18 de septiembre de 2013

Página del diario



No, no llevo uno, un diario, pero hubo una época en que anotaba en cuadernos ideas y experiencias. Algunas se publicaron en revista. No descubro nada si afirmo que los blogs han venido a ocupar para muchos el lugar del diario. 
     Si lo llevara, aunque fuera en la pantalla, y este blog fuera más confesional, consignaría aquí algunas coincidencias de las útlimas cuarenta y ocho horas.
     La primera es Venezuela: me escribe la poeta Yolanda Pantín pidiéndome más información sobre un poema de R. S. Thomas que citaba aquí, y el mismo día me encontraba por la calle a Rafael Adolfo Téllez, de quien por la noche releía su poesía junta, donde aparece varias veces, en citas o una dedicatoria, el nombre de Eugenio Montejo. Y porque no hay dos sin tres, un rato después me escribe el también venezolano David González Lobo recordándome que me había comprometido a enviar poemas propios y traducciones a la revista digital que codirige, Tinta china. Tarde, pero cumplo: ya está realizado el envío. 
     Y de Venezuela, a Shropshire. En el obituario de Ricardo Defarges que Luis Antonio de Villena publicaba el viernes en El Mundo escribía que los dos poetas que veía más cercanos al difunto eran Luis Cernuda y A. E. Housman. A la mañana siguiente me ponía con un artículo de Juan Bonilla, traductor de Housman, y minutos después me encontraba en Vistas y panoramas, el más reciente libro de Carlos Alcorta (hermosas e iluminadas prosas poéticas), este verso doblemente aliterativo del inglés y dirigido a Dios: "Bow hither out of heaven and see and save."
     Por cierto, que hay un hilo, o dos, que conectan a Téllez con Housman: el mundo rural, más la voz apócrifa de Uber en el primero y de Hearsay en el segundo.

2 comentarios:

zUmO dE pOeSíA (emilia, aitor y cía.) dijo...

En ZdeP tenemos publicados varios poemas de Juan Luis Panero. Como esta maravilla:

Olor de solitario y soledad, cama deshecha,
cegados ceniceros en esta tarde de domingo,
helado soplo de noviembre en el cristal
y un vaso medio lleno de cansancio.
Te escribo por hacer algo más inútil aún
que pensar en silencio o imaginar tu voz,
o escuchar una música herida de recuerdos
o pedir al teléfono un absurdo milagro.
“Éste es el corrido del caballo blanco
que en un día domingo feliz arrancara”.
Éste es el corrido, pero nadie canta,
y un muerto con mi nombre, vestido con mis trajes,
me saluda y observa por los cuartos vacíos,
me mira en la distancia como si fuera un niño
y acaricia en sus dedos un rastro de ternura.
Sobre su frente inmóvil va cayendo tu nombre
y humedece sus labios una lluvia perdida.
Olor de soledad y humo de aniversario
mientras busco, dolorosamente trato de recordar
tus ojos insomnes con su vaho de mendigo,
devorando su luz, ahogando su locura.
Tus dos ojos como picos de presa que se clavan
y rasgan y desgarran la piel de nuestro amor.
Soplo de embriagado recuerdo, agria melancolía,
rescoldo que tu lengua aún enciende
en estas horas de striptease solitario
en que celebro en tu derrota todas las derrotas.
Un año después y tu pelo, tu largo pelo
ardiendo desbocado entre mis manos,
clavado para siempre en esta almohada,
recorriendo esta casa, sus rincones y puertas
como un viento insaciable que buscase su fin.
Un año después de ya no verte,
definitivamente talando en tu memoria,
qué real sigues siendo, qué difícil herirte.
La sosegada certidumbre de esta mesa en que escribo
puede tener la pasión estremecida de tu piel
y la ropa que el sillón desordena
puede ahora ocultar el temblor de tus pechos.
Sobre tu seco abierto y tus muslos de arena,
sobre tus manos ciegas que persiguen la noche,
qué triste es el cuchillo, qué aciaga la hoja.
Un muerto con mi nombre y mis uñas mordidas,
un cadáver grotesco, me dicta estas palabras,
me señala en los cuadros, en la pared manchada,
el destino de hoy, de este día cualquiera,
al borde de mi vida, al borde del invierno,
al borde de otro año que empieza con tu ausencia,
al borde de mis ojos y tu voz que ahora escucho.
Un año después de ya no verte,
mientras te escribo, odiando hasta la tinta,
en esta tarde de noviembre, olor de solitario y soledad,
helado soplo en el cristal vacío. Un muerto.

Alfredo J. Ramos dijo...

Conmovedor, en verdad, el poema. Estos soliloquios llenos de un vital escepticismo son muy de JLP, y en cierto modo ¿no hay en ellos un nexo con la poesía de su padre? (Hacia el final hay un "seco" que debe leerse, creo, "sexo").