domingo, 8 de septiembre de 2013

Reencuentro con Hilario Barrero




Los libros prolongan la amistad en el espacio, y en la conversión de páginas a kilómetros nos acercan a los que están lejos. La primavera pasada tuve la suerte de conocer a Hilario Barrero. Fue en el alojamiento en que pasábamos unos días en Nueva York, a un paso de la sede central de la Biblioteca Pública y rodeados de volúmenes, que no en vano el establecimiento se llama The Library Hotel y pregona en su publicidad esa frase tan citada de Borges que alude al paraíso como una biblioteca. Él se acercó a visitarnos, más por cordialidad que por cortesía. Fue muy amable y, gran conversador, nos contó una peripecia muy divertida de cómo se había equivocado de hotel. Pero a él le corresponde la anécdota y no voy a ser urraca de lo suyo.
     Además de poeta y traductor, Barrero es diarista, y ahora ha publicado en la editorial asturiana Impronta Nueva York a diario, que recoge las entradas correspondientes a los años 2010 y 2011. Lo he leído estos días y las anotaciones me han devuelto al Brooklyn en que vive el autor, pero también me han hecho viajar a Nueva Escocia o a Québec, o a su natal Toledo o a Tuy, Gijón u Oviedo a este lado del Atlántico. Está la devoción por la ópera (con no pocas visitas al Metropolitan), y las anotaciones sobre poetas, con traducciones de algunos de sus versos u opiniones (así, Moore, Pound o Auden). Pero también el recorrido a pie o en metro por partes poco conocidas de la ciudad, y la huella de tantas soledades como la habitan. Lo mismo nos conduce por callejones pobres que por los grandes almacenes Bloomingdales, "una catedral del lujo donde la gente habla bajito y los dependientes parecen clientes."
     En Washington Square, cerca de donde Barrero da clases, hubo hace unos meses una exposición sobre la faceta fotográfica de Allen Ginsberg, en la que se podía ver retratada a toda la Beat Generation. En la entrada correspondiente al 8 de junio de 2010, el autor de este Nueva York a diario cuenta, espoleado el recuerdo por la muerte de Ginsberg tres días antes, cómo conoció a este y a Peter Orlovsky y cómo ambos le firmaron un libro que contenía poemas y cartas de los dos. Cuenta Barrero que Ginsberg le dibujó una flor que podía ser una margarita. Curiosamente, yo tenía en mis manos hace poco un ejemplar de la poesía del norteamericano dedicada a Carlos Edmundo de Ory. Fue en Cádiz, en la sede de la fundación dedicada a este, y el poeta Javier Vela, a su cuidado, me enseñaba la ilustrada caligrafía del autor de Aullido.
      Me gusta el uso del "tú" que emplea con naturalidad para tantas anotaciones como dirige a su pareja, y el que habiendo en el libro poesía y reflexión, y no pocos ejercicios de memoria, todo corra con naturalidad, agua clara, sin buscados preciosismos, sin alarde. Cuando cerramos el libro nos despedimos de su autor como de alguien con quien hemos compartido una larga temporada: dejamos atrás los paseos por el parque con el perro Pepe cuyo cuidado le han encomendado sus dueños, las idas y venidas del sabio José Muñoz Millanes, las evocaciones de la familia y de esa ciudad levítica, Toledo, en donde el diarista empezó a ganar su primer dinero colaborando en la edición local de un periódico desaparecido que hoy a tantos parecerá, más que carca o arcaico, anterior a la invención de la imprenta.

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