sábado, 28 de septiembre de 2013

Retrato de Daniel Mordzinski




La tarde es tibia, desmintiendo la palabra julio que en vano esgrime el calendario, y el fotógrafo sale de su hotel en plenas Judería y hora de la siesta todo vestido de negro. Dice que viste así, como la noche, desde que una chica que le gustaba en Buenos Aires, y que no le daba bola, añade, le dijo que le quedaba bien el negro. Es la hora en que García Lorca fija la muerte de Sánchez Mejías en su poema y, si no fuera por esta fugaz benignidad del aire, una isla primaveral en el océano del verano, el forastero podría caer no con traje de luces, sino enlutado, en medio del ruedo solar de la canícula.
A unos metros está la antigua sinagoga, hoy santa María la Blanca, y Mordzinski recorre las calles encaladas, los vericuetos ocres, las sombras de naranjos verdísimos de troncos cuyo diámetro es un brazo enclenque en comparación con el fornido objetivo de su cámara. Va recorriendo la ciudad enhebrando las citas de su agenda, llevándose escritores al morral, disparando, disparando. Como el buen practicante, como el médico humanista, anestesiando con la plática antes de hundir la inyección. Luego los autores sevillanos colgarán también de las paredes de la Casa de la Provincia, donde se acaba de inaugurar una exposición suya que ningún aficionado a la fotografía o a la literatura debería perderse.
Lleva muchos años recolectando imágenes de los principales escritores del mundo. Y lo hace buscando la complicidad, el ángulo distinto y relajado, la empatía. Son posados singulares que propicia la conversación con un verdadero amante de las letras; alguien capaz de dejar marchar a Paul Auster sin hacerle una fotografía solo por el placer de dedicar todo el tiempo del encuentro a escucharlo; alguien capaz, igualmente, de robar una reconciliación a los enfrentados Naipaul y Theroux inmortalizándolos en un apretón de manos en el Hay Festival de Gales (Mordzinski es el fotógrafo oficial de estos encuentros, lo mismo en la sede matriz que en Xalapa o en Cartagena de Indias).
Se estrenó, ahí es nada, con Borges, en 1978. Aquel joven que quería ser escritor tuvo como segundo retratado a Cortázar. Luego han venido muchísimos más, dedicación que le ha granjeado el epíteto de “el fotógrafo de los escritores”. Cuando tras un buen rato de charla y algunas fotos se despide de su modelo, lo hace con un abrazo, como si también quisiera impresionar sobre el negro el alma del modelo, que luego se asomará, revelada, a la cartulina, enmarcada como en esta muestra o en uno de sus numerosos libros.

(El Mundo, ed. Sevilla, 27-9-13)