martes, 10 de septiembre de 2013

Una copa de Haendel



Así se titula el nuevo libo de poemas (¡el cuarto ya!) de José María Jurado. Desde aquella primera entrega (La memoria frágil) a esta, Jurado ha ido creciendo como poeta. Decir que es ya uno de los mejores poetas sevillanos no sería del todo justo con él, porque lo mismo se podría afirmar ampliando el enfoque e incluyéndolo entre una más extensa nómina: los andaluces en su conjunto. 
Le pasa al autor de Una copa de Haendel lo que a su maestro Luis Alberto de Cuenca: que la cultura, el culturalismo si se quiere, no es alarde o impostación, sino ámbito del disfrute. Hay mucha música en este libro, muchos homenajes a poetas, numerosa pintura, y todo ello es el pretexto, el punto de partida de la emoción y la inteligencia. 
Hay poemas brillantes aquí, desde el inicial "Chejoviana" ("Afuera están serrando los cerezos, / pero son nuestras vidas las que sierran.") hasta "Hora de entrada", con su excelente broche. Y cito este, y no el último del volumen, "La quencia", porque aunque también está dedicado a un familiar (el primero a su hija Inés, el segundo a su tío muerto Miguel García-Posada), este último, digo, a pesar de que ofrezca el título al libro con ese brindis musical en un verso, entra más en el terreno de la elegía privada, con más difícil acceso al extraño. 
Es Jurado dueño de unas dotes versificadoras espléndidas (véanse los sonetos y los dísticos alejandrinos, pero también las silvas abundantes o los poemas en prosa). Me ha gustado con su guiño poundiano (allí el papiro, aquí "Fragmentos de una tabla de arcilla") el palimpsesto de las páginas 39 y 40, maravillado el haiku "Después de la lluvia" o encantado el fruto de la reciente actualidad, "Cónclave". "Calendario perpetuo" es una maquinaria de relojería que combina muy bien tres magnitudes y que seguramente solo podía ser obra de un ingeniero de Telecomunicaciones, como es su autor. Del poema "En la tumba de Yeats", muy sabiamente colocado entre otro de idéntico título pero aplicado a la sepultura de John Keats y una paráfrasis muy libre del famosísimo "Un aviador irlandés prevé su muerte", no debo hablar, que me viene dedicado. Corrijo: sí debo, expresar mi gratitud.
Y para que me acompañe en el agradecimiento y los parabienes, al hipotético lector que haya llegado hasta aquí le dejo el citado poemita de sabor japonés:

DESPUÉS DE LA LLUVIA

Solo tres flores
en la rama de almendro,
como en un haiku.

3 comentarios:

zUmO dE pOeSíA (emilia, aitor y cía.) dijo...

No entiendo qué les ven algunos a los haikus. El cómputo silábico 5-7-5 es posible que en japonés aporte algo, pero en español no. Rien de rien, nada de nada. Triunfo de la forma sobre el fondo: triste victoria en la que gana el peor. Por lo demás,

No mediremos
nunca la poesía
con una regla.

(5-7-5)

Sandra Suárez

Anónimo dijo...

Yo, en cambio, sí entiendo qué no les ven algunos a los haikus (buenos, que, como en todo, los hay mejores y peores). Cuestión de sensibilidad poética, nada más. Supongo que lo de "triunfo de la forma sobre el fondo" descalificará igual a los sonetos, por ejemplo; ya que, si, comprensiblemente, "no mediremos", etcétera, ¿qué más dará tres que catorce? Digo yo. En todo caso, aquí dejo a la amiga Sandra un haiku (es de José Cereijo, de su libro "La amistad silenciosa de la luna"), para que lo maldiga a gusto. "Luz de la luna, / enséñame tu modo / de acariciarla". Qué le vamos a hacer, hay gente pa tó.

Jesus Cotta Lobato dijo...

Los haikus de José María Jurado son todos señeros. La métrica es el trampolín desde el que se dispara su hermosura.