jueves, 24 de octubre de 2013

El aprendiz de mago




Aunque no fue el primer libro que traduje, mi primera traducción publicada fue una Antología de Ezra Pound. Curiosamente Pound fue él mismo autor de versiones de poesía provenzal, china, anglosajona, latina, del teatro Nô japonés, etc. De algún modo, lo que él estableció como mandato para el poeta en general, Make it new, es aplicable al traductor: hazlo nuevo. En el caso de la poesía: construye un poema nuevo que sea, ya otro, un calco del original.
Pound fue durante un tiempo secretario de W. B. Yeats, otro de los primeros poetas que traduje. A lo largo de dos décadas fui vertiendo sus versos hasta coronar su Poesía reunida, y el título de este artículo procede del primer tomo de su biografía escrita por Roy Foster. Siempre interesado por las ciencias ocultas y sobre todo a partir de su casamiento con una médium, el poeta cultivó el contacto con voces de espíritus, del trasmundo. Algo de eso hay también en la traducción.
La frecuentación de círculos literarios me abrió puertas para publicar proyectos que yo había emprendido por iniciativa propia y también encargos que me llegaron de diferentes lugares. Así, haber traducido a autores gaélicos irlandeses como Flann O’Brien o del florilegio medieval que di en Gredos hizo que un día me llamara Chantal Maillard para anunciarme que se buscaba traductor para una novela de Jamie O’Neill llena de intríngulis hibérnicos. Haber traducido los Sonetos de Shakespeare y haberlos publicado en Renacimiento posibilitó que Alianza se interesara por ellos, y me sirvió de tarjeta de presentación para ofrecer luego la traducción de su Poesía completa a la BLU y para que, huésped de los siglos XVI y XVII ingleses, una editorial me encomendara a Marlowe, y otra a Donne, y esta misma, algo después, a Milton.

    

John Donne

Yo soy, eminentemente, traductor de poesía. Además de los volúmenes publicados, guardo diferentes versiones que han ido quedando fuera en una colección que he venido a titular El friso de un común anonimato, verso de Seamus Heaney que expresa el espíritu de ese futuro libro: un friso en el que se representan diferentes poetas a los que una voz acerca y confunde. Toda gran poesía tiene su autor y es a la vez anónima, pues la hacemos nuestra.
Cuando muy al comienzo de mi escribir empecé a ver que el don de la poesía era algo que siempre se me antojaba a punto de abandonarme, entonces, ya, como conjuro o alegación en mi defensa, puse mis manos a la versión de poemas ajenos que admiraba. Se me ocurría que la traducción de poesía era –es– uno de los más fértiles caminos de conocimiento de un oficio que ya sabía mío más que ninguna otra cosa. A esa labor le debo el haber perseverado en la escritura cuando ya veía que me faltaban las fuerzas, el aliento poético. Lo afirma Eliot y también la experiencia: no hay forma mejor de comprender un poema que traducirlo. Y yo así me he metido en los entresijos de algunos de los poemas y poetas que más me han interesado.
            Es este proceso una de las formas más completas de diálogo. Otorga el privilegio de establecer comunicación –de nuevo el poeta como médium no necesariamente esotérico– con espléndidas voces. Es un juego de afinidades con sensibilidades en las que nos vemos reflejados, de analogía, que es piedra angular de lo poético siempre. Es, sobre todo, no una forma de sobrevivir o hacer sobrevivir lo amado en la obra propia –meta de Shakespeare–, sino de vivir en la ajena. Y es ejercicio de proel que con segura mano debe sortear escollos y eludir sirenas que querrían verlo varar de continuo. Es, en fin, una travesía para la que no basta la carta marina, el mapa que es el original; también hay que fiar del viento, escrutar el cielo, seguir la brújula que el corazón señala.
            Toda traducción es una metamorfosis: las buenas mudan el objeto de su transformación en figuras agraciadas; las malas, en brutos o bultos inanes. Con el comienzo de las Metamorfosis ovidianas, pasadas por un imitativo hexámetro castellano, abro ese Friso: “Quiero exponer mutaciones de cuerpos en formas distintas”.  


(Publicado en Quimera, 359, octubre de 2013. El artículo responde a una petición de la revista destinada a una sección que da espacio a traductores literarios para que cuenten su experiencia)                       

2 comentarios:

Sara dijo...

Desde que sigo Fuego con Nieve (¿cinco años ya?!) y la obra de su autor, mis lecturas de poesía traducida son mucho más gratificantes. Gracias por seguir ahí.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Gracias a ti, Sara, por el estímulo.