sábado, 5 de octubre de 2013

Las arcas llenas




La esplendidez, la generosidad, son virtudes que siempre han venido laureadas, y aureadas, con el brillo aristocrático del reconocimiento. Pero sucede que cuando se ejercitan con dinero ajeno y las salvas de lo longánimo se disparan con pólvora del rey la virtud se convierte en vicio y la rumbosidad deviene dolo. Si, además, no se trata de dar sino de ser negligente en el recibir, falto de diligencia en el cobro encomendado, aquel oro inicial se convierte en roña y se esfuman los quilates de su munificencia.
A tenor de la indolencia que muestra la Policía Local de Sevilla (es de suponer que siguiendo directrices políticas) a la hora de sancionar a los malos conductores, que no son los poco duchos sino los incívicos, se diría que las arcas públicas rebosan, y no precisamente de telarañas. Pues resulta que teniendo en cuenta la cantidad de listos y pícaros con que convivimos, a poco que se hicieran valer las normas de tráfico nuestra ciudad nadaría en la abundancia. Y si no lo hiciera, mejor: eso significaría que vuelven a respetarse las ordenanzas, por más que a veces se puedan cuestionar.
Sin ir más lejos, en el centro histórico hay calles peatonales así señalizadas, con discos de prohibido el paso o directamente veto al circular, que se han convertido en aparcamientos sobre vías que no distinguen entre calzada y acera porque sencillamente no deben pasar los vehículos. Por si fuera poco, y aplicando lo de matar al mensajero, muchos coches, casi, y furgonetas sin el casi, tapan las señales verticales de prohibido estacionar. Eso en las pocas que quedan, claro, porque aquí se derriban señales por aquellos que desean infringirlas, cuando no directamente se las llevan otros para venderlas en chatarrerías.
Ahora que se viene el otoño no estaría mal ver cómo este posa en los parabrisas una melancólica epidemia de hojas de calco verdes, tamaño cuartilla, con multas que confirmen, como la climatología y el tiempo, que este no transcurre en balde y que ya ha pasado el momento de la tolerancia. Además, aunque nuestros billetes hace tiempo que han dejado los tonos de la clorofila, esos boletines de denuncia podrían convertirse en verdaderos brotes verdes (¡aunque sean de dólar!) para la sufrida economía del consistorio.
Lo agradecerían, todos a una, los usuarios de servicios municipales y los que se tienen que valer en silla de ruedas, los vecinos que ven invadidas sus calles y, por qué no, los buenos conductores, que merecen vías bien mantenidas, ellas sí abiertas al tráfico.

(El Mundo, edición de Sevilla, 4-10-13)

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