jueves, 14 de noviembre de 2013

Homenaje a Seamus Heaney





Desde que sufrió un ictus, hace unos años, su salud ya no fue la misma. Se recuperó entonces, sí, y no quedaron secuelas en su inteligencia ni en su capacidad poética, pero ya empezó un declinar físico que no impidió que visitara en varias ocasiones España (la última, si no me equivoco, la primavera pasada cuando participó en un acto en el Centro Niemeyer de Avilés acompañado por su amigo y traductor Jordi Doce). Si no hubiera sido por estos quebrantos, tal vez hubiera podido estar, por segunda vez, en la pasada cita de Cosmopoética; al menos, su coordinador, Joaquín Pérez Azaústre, me expresó hace meses su intención de que fuera así.
            Mucho antes de la concesión del premio Nobel, Heaney ya era conocido dentro y fuera de Irlanda como uno de los destacados poetas en lengua inglesa, uno de los dos idiomas de su tierra. De uno, el irlandés, ha vertido al otro poemas que van desde las joyas sobre la naturaleza del rey loco Sweeney a exquisitas piezas líricas atribuidas a san Columba o parte de la obra de la poeta contemporánea Nuala Ní Dhomhnaill. Pero su gran obra original en inglés desde aquellos lejanos días del conflicto sectario en el Ulster hasta la de hoy, más metafísica y en diálogo continuo con la tradición, que pasa por Dante y por Virgilio, lo ha encumbrado como lo que nadie puede negar que sea: el poeta más importante de Irlanda (país de poetas donde los haya) desde W. B. Yeats. Muerte de un naturalista fue su estreno, y Cadena humana su despedida. Entre uno y otro libro, casi cinco décadas de la mejor poesía.
Era Heaney, además, un importante ensayista, con páginas muy esclarecedoras sobre compatriotas como el propio Yeats o Patrick Kavanagh, y sobre los vecinos británicos Hopkins o Marlowe, y acerca también de los de otras latitudes (Lowell, Milosz, Brodsky). Fue asimismo uno de los animadores de la Field Day Theatre Company en su nativo Derry, ciudad de luces y de sombras donde tuvo lugar el Domingo Sangriento en 1972 o, este mismo verano, el principal festival de música tradicional irlandesa del mundo (digo mundo porque la diáspora hibérnica ha hecho que su gaita, su arpa, su baile sean patrimonio también de medio orbe, como lo es el aprecio por su poesía, que arraiga a través de poetas como John Montague o Paul Muldoon en los Estados Unidos).
            La última vez que lo vi fue en un almuerzo en Madrid, acompañado de su mujer, Marie, recopiladora de las viejas leyendas gaélicas, y de Jordi. Nada había en él de altivez o de prosopopeya: ha muerto un hombre cordial, sencillo, buen conversador, accesible, un catedrático de poesía muchas veces laureado que vestía sin embargo como el hijo de un granjero que era. ¡Cómo recitaba con su acento del Norte, pero pulido y culto! Quien lo escuchara en Córdoba hace unos años pudo asistir al milagro de que mientras él recitaba su bellísimo poema “San Kevin y el mirlo” en el mismo momento afuera, en los jardines, un mirlo de verdad lo acompañaba en acorde mágico. Estas cosas solo suceden por, para y gracias a la poesía.
            A Luis Cernuda se le hizo una vez raro que un libro llevara como título Mil años de poesía irlandesa. La parecía una exageración, pero la poesía se viene cultivando allí, con testimonios conservados, desde hace al menos quince siglos. Cité antes a san Columba. En su último libro, Heaney lo vierte y lo hace suyo, y un poco incluso hasta de Joyce con un homenaje (la palabra riverrun) a Finnegans Wake. Como dicen el primer verso y el final, con una ligera variante, de esas cuartetas: “Me duele ya la mano de escribir.” Si adelantado e imprevisto, bien merecido tiene Seamus Heaney el reposo. Descanse en paz. Y para recordarlo nos reuniremos el próximo miércoles a las 19:30 en la Residencia de Estudiantes y en acto coorganizado por la Embajada de Irlanda, un grupo de traductores, poetas, amigos.

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