miércoles, 6 de noviembre de 2013

Papel salmón




Como el niño que evoca la cartilla de sus inaugurales letras, nunca olvidaré que en El Correo de Andalucía publiqué mis primeros artículos: las estampas viajeras que luego, con algunas que se les sumaron, compusieron el volumen  Las ciudades del hombre. De hecho, gracias a esas páginas me leyó José Luis García Martín y me invitó a colaborar en la revista Clarín, que dirigía y dirige y donde más de quince años después sigo compartiendo poemas, traducciones, artículos, reseñas.
Este suplemento de El Correo (La Mirada) lo era de literatura, pero en él tenía generosa cabida la creación, y la crítica era enjundiosa, los números monográficos frecuentes y la calidad –salvo por mi balbuciente intromisión– altísima. Por razones que alguna vez me han sido expuestas pero que ahora me rehúyen el periódico entregaba el mismo día, el sábado, otro suplemento de libros: este más dedicado a las recensiones, y con otro coordinador. El caso es que el diario contaba con dieciséis páginas seguidas no necesariamente vinculadas a la actualidad editorial, sino con mucha obra de atemporal calado. Y lo más sorprendente es que ambos suplementos se tiraban en papel salmón, en contraste con el blanco del resto del periódico, como una arrogante invasión en el territorio extranjero de la prensa económica. La economía estaba, sin embargo, en que los letraheridos, voluntariosos ajenos a la Redacción, no cobrábamos.
Hoy, El Correo de Andalucía, tras varias crisis, atraviesa hoy la peor. El empresario propietario, ajeno al periodismo, y muy cercano al Régimen andaluz, ha vendido la cabecera y toda su impedimenta –incluidos los trabajadores, como siervos de la gleba redivivos– por un euro. No es una errata provocada por uno de los socorridos duendes de la imprenta a los que echar la culpa. Esta es otra. De otros. Y las víctimas, los trabajadores que no cobran. Como en aquellos tiempos los reseñistas y literatos.
Cómo imaginar entonces que, una vez desaparecidas aquellas páginas salmón, la noticia de la propia venta de El Correo de Andalucía sería tan obscena como cualquiera de las que tiznan, hoy como ayer, la prensa financiera.

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