martes, 17 de diciembre de 2013

Defecto o desafecto

Debatíamos hace poco en el taller de poesía sobre el endecasílabo agudo. Dejando al margen que la poesía se sirve de la versificación y que no puede agotarse en ella, que la primera comienza donde la segunda acaba o, por decirlo de otro modo, utiliza su trampolín pero va más alto y se zambulle más hondo, podríamos analizar la presencia del por algunos denostado endecasílabo “defectuoso” en nuestra lírica.

Boscán fue relativamente pródigo en su uso, como también Juan Hurtado de Mendoza. Garcilaso, sin embargo, lo empleó ocasionalmente al principio de su obra, y luego le dio de lado. Para Fernando de Herrera, “los versos troncados, o mancos, que llama el toscano, y nosotros agudos, no se deben usar en soneto ni en canción.” Y lo cierto es que ni él ni fray Luis de León ni san Juan de la Cruz ni muchos otros lo emplearán.



Tomás Navarro Tomás escribe que tras la época renacentista el endecasílabo agudo u oxítono fue empleado por Góngora y Quevedo en composiciones satíricas, y que Calderón “le hizo servir a veces para reforzar una afirmación categórica.” Y añade que más aceptado fue, por el contrario, el esdrújulo, lo que se compadece con el buen número de voces esdrújulas del toscano, que devendría en la lengua italiana.

Pero porque en absoluto falta en ella, no hace falta rastrear el endecasílabo agudo en la poesía más reciente, que, aunque en general sigue la prosodia ya asentada, no siempre se somete al corsé normativo. Lo que es beneficioso, claro, pues el ritmo no puede fiarlo todo a una elegancia monótona, como de adormidera. Y aprovechando lo bueno del pasado, válido hoy en su mayor parte, la poesía no puede quedar anclada, requiere incluso de pequeñas imperfecciones, de impurezas, como lleva años demostrando la mejor poesía escrita en Hispanoamérica.

Ante la abundancia presente, vayamos más atrás. Los endecasílabos agudos son abundantísimos, por ejemplo, en el padre de la poesía moderna en español: Bécquer. ¡Cuántos ejemplos hay de ellos en las Rimas! Escoger algunos será tarea fatua, porque no bien abra su ejemplar el lector los hallará. También los usó Zorrilla.

Acercándonos en el tiempo, en “Responso a Verlaine”, Rubén Darío deja un buen número de eneasílabos agudos (¡catorce!). ¿Por qué eneasílabos sí, para los que rige la regla de que la última sílaba aguda computa una más, y no los endecasílabos, sus hermanos mayores?

diste tu acento encantador;

Y lo mismo sucede en “Canción de otoño en primavera” (con la diferencia de que aquí son treinta y dos los eneasílabos agudos). Ahora, que si se quieren endecasílabos, también los tiene, como:

Y fueron castos por dolor y fe,

Villaespesa les dedica los versos pares de su “Huerto cerrado”:

de siemprevivas y rosas de luz


Unamuno (y todos los ejemplos que siguen de unos y de otros se ofrecen aquí como botón de muestra):

De la esperanza en Cristo salvador!




Juan Ramón Jiménez, otro al que no se puede llamar botarate:

¡Aquella rosa que pasó la mar


Pedro Salinas:

y es que también me quiere con su voz;


Jorge Guillén los empleó podríamos decir que casi con profusión. Arcadio Pardo, autor del artículo “El caso del artículo agudo” publicado en la revista Rythmica, halló 579. Uno de ellos es:
           
Mi sangre como un río que es un don


Rafael Alberti:

el barandal del arpa, desde el pie


Vicente Aleixandre:

bravía lucha del mar con la sed


Gerardo Diego:

Un soñador jugaba al sí y al no


Federico García Lorca:

con un violento escalofrío azul.


Luis Cernuda:

Y sin embargo vine como luz.


Juan Gil-Albert, uno de los poetas españoles del siglo XX que más endecasílabos ha escrito, y que no se puede decir que fuera una nulidad en ello:

¿Qué harán con vuestro resplandor feroz




Luis Rosales:

            Y ve brillar las olas con la sal


Octavio Paz, otro al que no puede calificarse de indocumentado, escribe algunos como los siguientes:

Subes desde lo más hondo de mí,
desde el centro innombrable de mi ser,

(que son dos versos seguidos que para más inri figuran en una composición titulada “La poesía”)

En fin, que no hay que recurrir a los poetas de hoy, en los que también abundan los ejemplos. Rimados, en tiradas de endecasílabos blancos, en las silvas de varia lección, los endecasílabos agudos tienen sus sitio. La diferencia entre versificación y poesía hará, en cada caso, que ellos, y no solo ellos sino los textos a los que pertenecen (hilos en su tejido), posean la condición de poesía, que no es la obediencia ciega a modelos antiguos.

Preguntábamos sobre esto al hispanista Gabriele Morelli, y este respondió lo que ya sabíamos: que en italiano apenas existen palabras agudas (hay bastantes más en español). De esa dependencia del modelo italiano del Siglo de Oro queda esa superstición de que no puede haber endecasílabos agudos en nuestra literatura. Todo parte de un equívoco del Renacimiento, de una prescripción que hace ya mucho que ha prescrito. Francisco Rico se ocupó de ella en “El destierro del verso agudo”, un artículo incluido en un volumen de homenaje a José Manuel Blecua. Allí escribe lo siguiente, que es de aplicación también hoy día: “Los imitadores siempre han tendido a exagerar las pautas –reales o supuestas- de los modelos; siempre ha sido temible el celo de los conversos. Al afianzarse en España los modelos italianos, el campo quedaba abonada para que brotaran puristas e intransigentes; asimilada la aportación de los petrarquistas tempranos, no podían faltar los sabidillos dispuestos a superarla con más papismo que el Papa.”

Sin duda, la inmensa mayoría de los endecasílabos escritos en nuestra lengua serán llanos (estrictamente de once sílabas), pero también puede haber, y hasta es necesario que haya, otros esdrújulos y agudos (atenidos a las reglas pertinentes de conteo), pues es lo natural. Desde Juan de Valdés sabemos lo mala que es la afectación. Y en Cernuda tenemos la defensa, aprendida en otros, de que va más lejos quien escribe como se habla que quien escribe como se escribe. El empleo de un endecasílabo exclusivamente llano puede tener un componente que serena, por la repetición rítmica, monótona; pero a la larga produce atonía, tensión baja, sueño. Sin favorecerlo salvo para causar un especial efecto, un poeta contemporáneo debe usar el agudo sin melindres o desdén, que el desafecto pasado no es defecto.

3 comentarios:

H. Barrero dijo...

Excelente.

Alfredo J. Ramos dijo...

Estupenda lección, ART. Resulta tan difícil a veces tomarse "en serio" la mecánica interna del poema, que precisiones como estas tuyas se agradecen mucho.

Una vez, a modo de "oleaje", me asaltaron los versos que copio abajo, creo que curiosos (perdón por la autocita, pero puede que vengan a cuento sobre el tema que abordas y, en concreto, para plantear hasta qué punto, a través de una mezcla bien acordada de acento en los finales del verso, es posible dar voz propia, sin más prosopopeyas que las necesarias, a algunos fenómenos naturales).

En decasílabos de once sílabas
y hasta de nueve -raro compás-,
viene su ritmo el mar ensayando,
besa la playa y luego se va.


Un saludo muy cordial (y ya casi navideño).

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Mil gracias, Hilario y Alfredo. Y, efectivamente, el acento agudo en los versos citados, Alfredo, incide en la sensación del batir del oleaje. Saludos y felicitaciones a ambos.