viernes, 20 de diciembre de 2013

Oliver Twist




Asistir la tarde del estreno a una obra de teatro musical en la que intervienen niños -y aquí hay no pocos- es darse un baño de emociones y nervios. La compañía sevillana La Tarasca ha adaptado la novela de Charles Dickens y lo ha hecho muy bien (quizá le sobre un cuarto de hora para el más intenso disfrute sin altibajos), e igualmente bien está el elenco, incluida la tropilla de niños convertidos gracias a la dramaturgia en un hatajo de huérfanos y galopines, rapazuelos harapientos a ratos conmiserables y a ratos picaruelos. Y como se sabe (por eso a Hitchcock no le gustaba trabajar con ellos), con los niños puede suceder cualquier cosa, pero casi siempre añadiendo espontaneidad y encanto, como el momento en que ayer se le enganchó en una mesa la toquilla a una de las niñas, o como a veces -infantes al cabo, no bizarros soldados- se aturullaban un poco al mantener la formación y las evoluciones del grupo por las tablas. No sé si a la veracidad, pero sí a la carga emotiva, contribuye además saber que la mitad de los pequeños actores proceden de una casa de acogida. Habrá habido que tiznarles, sí, el rostro; pero las sombras del alma se habrán difuminado, y ojalá hasta borrarse, durante los ensayos y ahora en las actuaciones mediante esa catarsis que ya el griego predicara del teatro. 
     En la Inglaterra e Irlanda victorianas se pusieron muy de moda las llamadas pantomimas, las funciones teatrales destinadas al público infantil en épocas navideñas. Esta recupera, con canto y música, esa tradición para todos los públicos, y lo hace a partir de la novela que Dickens -nos cuenta en su excelente biografía Claire Tomalin- consideraba su mejor trama. 
     No se permitía hacer fotografías, pero si alguna cámara me hubiera enfocado -vanidad de vanidades- hubiera sacado a este adulto sonriendo y siguiendo como otro arrapiezo del coro, y hasta bien entrada la noche ya fuera del teatro, la pegadiza canción: "O-li-ver, aunque eres un chiqui-llo..."

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