viernes, 27 de diciembre de 2013

Para un homenaje


¿Le gustaría a Luis Cernuda, tan reservado e incluso esquivo, que esta tarde lo estemos homenajeando en la presentación de un libro que lo recuerda y lo estudia? ¿Habría deseado verse en efigie en muchas de estas páginas, hallar su partida de bautismo, las casas que habitó, ciertas imágenes de su ciudad nativa y a este grupo de admiradores y paisanos suyos retratados en la calle en la que estuvo su último domicilio sevillano?
La respuesta ha de ser que le hubiera incomodado, es cierto, pero al mismo tiempo no tengo duda de que habría deseado que se le recuerde y, sobre todo, se le lea. Con motivo del centenario de su muerte hubo ponencias y mesas redondas y se publicaron ediciones populares conmemorativas. Ahora, en diferentes actos de los que el de esta tarde –noche ya– constituye el colofón, es también momento de prestar atención a su obra y a su vida.
A Cernuda le sublevaban la hipocresía y la ceremoniosidad hueca, ampulosa. Lo dejó escrito en su poema “Birds in the Night”. Pero no eludió los homenajes. Aceptó, aunque fuera con reticencia, como la tuvo ante prácticamente todo, los que recibió él mismo: así, el que reunió a tantos poetas de la Generación del 27 con motivo de la primera edición de La realidad y el deseo en 1936, cuando tuvo que escuchar un elogiosísimo discurso de García Lorca; o décadas después los tributos que, ausente ya de España, le brindaron en 1955 y 1962 las revistas Cántico y La Caña Gris. Y no solo eso, sino lo que es más importante: también cultivó él el homenaje a otros en poemas propios, como los dedicados a Góngora, al mencionado Lorca, a Larra o a Altolaguirre. El de Larra, precisamente al cumplirse el centenario de su muerte, en 1937.
Pero no hay que justificar este libro en el cincuentenario de la suya. Por más que creamos que él aceptaría esta guirnalda de artículos, las fotografías insertas, la espléndida litografía de cubierta, el amor no tiene por qué ser correspondido. Y de esto, él supo mucho. Basta el amor, “única luz del mundo”, como él mismo dejó escrito en un poema de Desolación de la Quimera. Sí podríamos, con todo, contradecir cariñosamente a ese hombre inmaduro, a ese niño perpetuo que él veía en Juan Ramón Jiménez, y negar que al menos hoy (pero no nos arroguemos ese protagonismo, en realidad desde hace años ya) no es cierta esa queja suya en “A sus paisanos”, que no son solo los de esta ciudad nuestra sino los de España : “No me queréis, lo sé, y que os molesta / todo cuanto escribo.”
       Si ese duro lamento tuvo algo de verdad, hoy no es así. Lo que escribió, al contrario de lo que él dijo con amargura, nos interesa y nos emociona cincuenta años después de su muerte. 

(Primeros párrafos de mi intervención en la presentación, ayer, del libro A Luis Cernuda desde Sevilla, 1963-2013, publicado por la Fundación Cajasol)

Con excepción de Francisco Robles, que no pudo quedarse, los colaboradores del libro 
tras la presentación, muy bien acompañados.

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