miércoles, 31 de julio de 2013

Dos días en Málaga




En el tramo final del viaje, donde la autovía se bifurca hacia el sur, pusimos un disco suyo en el coche. Luego, en la habitación del hotel, muy cerca de donde vivió Moreno Villa y desde la que se veía la torre terminada de la catedral de Málaga (la mocha, por vergüenza de su condición, bajaba la cabeza), me enteré al conectarme a internet que había muerto. Eché las cuentas, y vi que el despacho de agencias era exactamente de cuatro horas antes, es decir, del momento en el que ya en la ciudad, y terminado el disco, apagué el equipo de sonido. Uno no es mucho de Eric Clapton y J. J. Cale (muy buenos músicos de lo suyo), pero me causó repelús saber que el segundo acababa de morir de un ataque al corazón. 
       También en el curso de nuestra estancia en la "ciudad del paraíso" murió allí el catedrático de Literatura Española Cristóbal Cuevas, especialista en el Siglo de Oro pero también en Emilio Prados. Con todo, la excursión no quedó marcada por lo luctuoso, sino por lo musical y lo gastronómico, más lo pictórico con generosos toques de antropología.
       Manzanilla, el nuevo bar-restaurante de Dani García que ha venido a sustituir a La Moraga, está bien, muy bien, pero tampoco es para lanzar cohetes. Me gustaba más el antiguo concepto. No sé si la otra sucursal neoyorquina de Park Avenue, por la que caminamos cerca un par de veces hace unos meses pero sin animarnos a dar el paso, tendrá éxito. Esta, bien es verdad que era un sábado de julio al mediodía, no estaba particularmente concurrida. La carta, la confección de la misma, deja mucho que desear, llena de errores de ortografía y gramaticales, tanto en inglés como español. Un botón de muestra, la Burguer Bull (sic, que sin embargo estaba exquisita).



       Al concierto de Mar Knopfler le pasó algo parecido; creo que en muchos aspectos, aunque irreprochable, fue inferior al de Córdoba en 2010. Si bien hervían las gradas de la plaza de toros cordobesa en aquella ocasión, las localidades eran más amplias. Estas de la Malagueta parecían más conservadoras, quiero decir que semejábamos sardinas en lata. De lo cual nos vengamos al día siguiente en el Palo (cómo no recordar a Cernuda bañándose a solo unos metros y unas décadas) tomándonos unos excelentes espetos de sardinas. Teresa tomó algunas fotos que dan testimonio del terral y del ambiente de los merenderos (palabra mil veces más hermosa que chiringuito).







       La cabra tira al monte: uno, a las Tierras Altas o al Ben Bulben. Con lo que más disfruté (objetivamente creo que es lo mejor) fue con los sendos temas de Cal y Local Hero. Escuchar las uilleann pipes tan bien interpretadas por Michael MacGoldrick, en el primero y apenas empezar el concierto, me hizo olvidar todas la incomodidades. 
       El nuevo Museo Carmen Thysen nos gustó, con su colección de pintura andaluza y la variopinta fauna de bandoleros, toreros, curas y tipos y fiestas populares. Completamos la visita con la exposición dedicada a Julio Romero de Torres. Ya a la entrada de la sala, una obra magnífica tanto por su psicología como por su ejecución: Mal de amores.



lunes, 29 de julio de 2013

Otra estrella de Irlanda

Thomas MacGreevy


Sobre la Poesía completa de Thomas MacGreevy, reseña publicada en el número 19 de la revista Nayagua y que hoy reproduce Estado Crítico

sábado, 27 de julio de 2013

La Casa de la Moneda



Calle San Nicolás, en la Casa de la Moneda (Sevilla)



La rodea una legión de bares y tabernas en las calles Almirante Lobo y Santander, más otras en Adolfo Rodríguez Jurado enfrente de donde estaba, con su rótulo antiguo y sin tilde como está mandado en la hostelería antañona, la famosa cerveceria (sic) La Moneda, hoy cerrada a cal y canto hasta la futurible rehabilitación de su edificio. Pero el atractivo del pequeño barrio no reside en la animación y el trasiego, en el apiñamiento de veladores, en las carcajadas estentóreas, sino en su recoleto silencio, su paz.
Es una manzana dividida por una pequeña red peatonal, afortunadamente sin comercio, o casi. Sus edificios albergan una empresa de gestión cultural, un teatro, un centro donde se imparte el italiano, la oficina de empadronamiento (esa otra academia infructuosa de lenguas y acentos pillados al vuelo), un estudio de arquitectura y otro pictórico, un taller floral, otro de restauración y, consulado de la antropología, el Área de Fiestas Mayores. Hasta un escritor reside en ella.
            Tiene esta antigua ceca una calle principal, Habana, y otra que la desidia del consistorio, al no reponer los azulejos caídos, aceptaba llamar, con nombre de brumoso aire bretón o gaélico, An Nicol (no bien tomó posesión la actual corporación, deshizo el encanto céltico y restituyó las letras: San Nicolás). Esta, cuando no la estorban coches, ofrece una vista preciosa. Y encierra el Patio del Tesorero (parte del cual ocupa un restaurante) y otro, convertido en aparcamiento, el Corral de las Herrerías, que colinda con el edificio de Previsión y la Torre de la Plata (menor, y no solo en la nobleza del metal de la del Oro, pero también muy bella y mucho más desconocida).
            Sería una lástima que el único lugar desde el que es plenamente visible, esa explanada, quedara acogotado por la construcción del anunciado Museo de las Tradiciones con un bar más –¡tan necesario!– cuya licitación ha obtenido una empresa que parece salida de la vecina oficina de Fiestas Mayores: Feria de Sevilla. Un estacionamiento subterráneo será bienvenido (desde hace años la zona no deja de perder plazas de aparcamiento y ya, haciendo caso omiso de las señales, los vehículos atestan la nueva calle Profesor Morales Padrón). Pero cómo no mirar con recelo cualquier construcción en superficie. Podría pasar lo que sucedió en la fachada principal de la Moneda, sobre el arco hoy cegado: por robar el patrimonio común que es el cielo, el aire, hubo que paralizar la obra. Y hasta hoy. Eso sí que es, la incuria, una tradición local.

(Publicado en El Mundo, edición de Sevilla, el 26-7-13)

viernes, 26 de julio de 2013

Un regalo del norte


Me envía mi buen amigo el escritor asturiano Pablo Antón Marín Estrada esta grabación bellísima, que apenas hay que glosar para no empañar su hermosura. Xosé Ambás es el recopilador del acervo popular que invita a cantar a su señora abuela, a la que acompaña la arpista bretona Morgane Le Cuff.





miércoles, 24 de julio de 2013

Paradise Lost

Ilustración de William Blake para el Paraíso perdido de John Milton


De Cuerpo de un solo día, Pedro A. Cruz, 2013: 

No hay paraíso antes de la expulsión.
La pérdida crea la realidad.

lunes, 22 de julio de 2013

Dedicatorias



Hay poetas que prefieren agruparlas al final del libro, quizá porque si este va corto de páginas gana una o dos, con el recurso que ya empleó Eliot para dar más cuerpo a The Waste Land, en su caso mediante un generoso manojo de notas. Pero también porque esa forma de poner juntas las dedicatorias, desprendidas de sus poemas, permite explayarse sobre las circunstancias en que estos fueron escritos, y dar alguna referencia sobre ellos o sobre las personas a las que van dedicados. Muchas veces el autor duda entre el "a" y el "para". Creo que quien lo ha dejado más claro, y podría servir como pauta para otros, es Juan Antonio González Iglesias, quien en La hermosura del héroe (1997) incluía una nota "Sobre las dedicatorias": "A" en la dedicatoria revela un destinatario que se encuentra en la génesis del texto, de acuerdo con la convención de las odas, y específicamente de las Olímpicas. "Para" señala un ofrecimiento posterior (aunque no ajeno) al texto; no se trata del protagonista del canto, sino del receptor de un regalo personal."

domingo, 21 de julio de 2013

CON SUS PINZAS NARANJAS





Con sus pinzas naranjas,
el joven mirlo
quiere llevarse el sol
o que él lo lleve.
Lo llamo, pero nunca reconoce
su parentesco.
Más y más alto,
entre las ramas,
sube y se aleja
de mi negrura.

sábado, 20 de julio de 2013

José María Conget





Sevilla manda a muchos de sus hijos al exilio (uno de ellos, recientemente fallecido, es Francisco Márquez Villanueva, que cambió el Guadalquivir por el río Charles, la Hispalense por Harvard), pero también acoge a otros que no siéndolo de nacimiento vienen a laborar y vivir en ella. Dos de los mejores escritores que en Sevilla hay en este momento, y no se puede decir que estos falten, no vieron la luz aquí y tienen en común, además, haber vivido simultáneamente un par de años en Lima, la capital del Perú. Cuando José María Conget era profesor de la Universidad de San Marcos a mediados de los años setenta (y allí, frente al Pacífico nació su hija Rebeca), Fernando Iwasaki estudiaba en el limeño Colegio Champagnat. Luego Conget vivió en Cádiz, Londres, Nueva York y París, e Iwasaki estudió en la Pontificia Católica Universidad del Perú y se vino a vivir a Sevilla, tomándole la delantera al zaragozano, que no se establecería aquí hasta 1990 aunque siguió pasando bastante tiempo fuera: como no era manco, empleado en el Instituto Cervantes.
            Aquí, Conget fue hasta su jubilación en 2008 profesor de otro instituto, el Martínez Montañés (donde también lo fue el colaborador de El Mundo José María Vaz de Soto), y tres sellos editoriales sevillanos han publicado obras suyas. Ahora escribe entre nosotros sus estupendas colecciones de cuentos y se pelea con una novela. Y es muy frecuente verlo en el cine Avenida con su mujer, la traductora Maribel Cruzado.
            Precisamente una de las narraciones de su más reciente libro La mujer que vigila los Vermeer, se titula “Mi vida en los cines”, y viene a ser, con una gran carga autobiográfica, la fusión de las células del autor con el celuloide. Menos en el desconcertante final, está lleno de encanto este repaso a las salas de medio mundo y de las películas, muchas veces populares, que no han sucumbido a ese pecado nefando para el autor: la pedantería.
           De su experiencia académica le ha quedado un conocimiento de primera mano de muchas de las cosas ridículas junto a otras nobles de la profesión docente. “Suaves laderas” es un admirable ejercicio de cómo atribuimos a los otros felicidades fantasmas. Y “No calls, no letters, no messages” podría figurar en cualquier antología de literatura de campus. El relato breve “El impostor” parte también de una experiencia, reelaborada, de cuando en el colegio de curas ascendieron al autor, por un equívoco clasista, de hijo de oficial de notarías a vástago de todo un señor notario. Una maravilla, doy fe.

(Publicado en El Mundo, edición de Sevilla, el 19-7-2013)

viernes, 19 de julio de 2013

Erratas, gazapos



Ayer mismo dejaba en Facebook un exabrupto sobre el nombre de una exposición que se va a celebrar en Sevilla cuyo título en latín me pareció que estaba mal declinado. Menos mal que vino enseguida a sacarme de mi error el helenista y poeta Juan Manuel Macías, que mediante un mensaje privado me advirtió de que, siendo la primera palabra neutra, la forma del adjetivo que a mí me parecía un desbarre concordaba cabal y obedientemente con su sustantivo; su desinencia disentía, por el contrario, de mi injustificado brote de cólera y de soberbia (zapatero a tus zapatos: la poca morfología de la que uno puede ya estar seguro es la que aparece en la gramática de antiguo irlandés de Thurneysen). Tiempo me faltó para regresar al lugar del crimen lingüístico y borrar la pifia. 
     Luego, por la tarde, leyendo el número de Litoral dedicado a Luis Alberto de Cuenca del que hablaba aquí ayer, encontré este simpático párrafo en un artículo de mi admirado Jesús Marchamalo, en el que una más se suma, por descuido o, ya digo, simpatía, al elevado número de erratas que consigna en una lista de ediciones presentes en la biblioteca de L. A.: "Poeta en Nueva York, de Larca, en la edición Norton; Paradiso, de Lezama, en la mítica de la UNEAC, con sus 798 erratas". 
     Y en El Cultural de hoy, el meticuloso Ricardo Senabre, de quien siempre leo con una sonrisa y no obstante cara de escolar aplicado el último párrafo de sus reseñas dedicado a los tirones de orejas, comete uno de esos gazapos o impropiedades que tan a menudo critica. Para mí que este en el que ahora incurre ya lo ha denunciado alguna vez en texto ajeno. El caso es que me choca enormemente ese "plagado" en el entresacado o llamada: "Todo esto está bien contado, plagado de pequeños sucesos y anécdotas que brillan con el relieve que les proporciona la fuerza del recuerdo". Me froto los ojos y voy al texto de la reseña por si la elección de la palabra "plagado" (por "lleno", "repleto") ha sido de un redactor del suplemento, y no del propio Senabre. Pero el desliz es suyo: está en la tercera columna. El Diccionario de la Real Academia Española establece que "plagar", sobre una arcaica acepción de "ulcerar, llagar", significa "llenar o cubrir a alguien o algo de una cosa generalmente nociva o no conveniente." Y que el adjetivo "plagado" significa "herido o castigado". No es eso lo que ha querido decir en su frase laudatoria, ¿verdad? También yerra Senabre, a quien se le podría aplicar cariñosamente el coscorrón postrero de casi toda crítica suya, como esta de la novela Los adelantados, de Rafael Sender. "Pequeñas erosiones, sí, pero evitables" son las últimas palabras de la recensión. Pues eso, aplíqueselas con humor y autocrítica Senabre. Pero bueno -y a ver si ahora declino bien-: Aliquando bonus dormitat Homerus.


jueves, 18 de julio de 2013

Épica y modernidad




Todo número de la revista Litoral es un festín en el que la poesía viene vestida de gala, cuidada con el mimo que merece. Y si el número se dedica, como es el caso de este recién aparecido 255, a Luis Alberto de Cuenca, entonces el placer de sumergirse en él es un gozo difícilmente superable. Hay aquí artículos o ensayos sobre todos sus libros publicados, se dan diez poemas inéditos, a cuál mejor, se ofrece una antología temática, se tocan sus devociones cinéfila y por los tebeos, se comparten testimonios, recuerdos, impresiones de los que lo conocen bien. Y todo ello con una presentación que él mismo hace de su obra, amena, cordial, brillante, contagiosa. 
Siempre he sido lector de Luis Alberto, y tengo a gala decir que he disfrutado de su amistad en Sevilla, en Córdoba, en Madrid y, por qué no, en el Brabante del siglo oscuro en que la doncella Bronwyn vivió para volver loco, en el celuloide, a Cirlot y también a nosotros, además de en el filme, en las muchísimas páginas que le dedicó el poeta barcelonés.
En el verano de 1988, es decir hace veinticinco años ya y nel mezzo del camin (hoy tengo cincuenta), publicaba la que creo que es mi primera reseña, sobre El otro sueño, aparecido poco antes. Fue en la revista Punto y Coma, y decía así, a veces con la pedantería y arrogancia de quien empieza, pero también con un entusiasmo por su obra que no ha declinado:

Luis Alberto de Cuenca, a quien el lector de literatura clásica o medieval conoce por sus trabajos de traducción, es además un polifacético y erudito hombre de letras y, lo que aún me parece más importante, un poeta excelente, sin duda uno de los mejores de su generación. Así vuelve a demostrarlo con El otro sueño, un libro que está en la línea de su obra anterior, La caja de plata, y que ofrece una vez más sus temas de siempre con sencillez y emoción, rasgos estos que a menudo faltaban en sus primeras entregas. 
Como es lógico, hay poemas más o menos conseguidos, y alguno que no se echaría en falta y que si bien no llega a deslucir el conjunto sí que desentona. Pero la mayoría de las composiciones son de gran calidad, y muchas de ellas memorables. Nadie que haya leído el Edda mayor habrá quedado frío ante el poema que L. A. de Cuenca titula "Gudrúnarkvida", que siguiendo al poema islandés del mismo nombre pero con sutil actualización y deliberado prosaísmo es de una exquisita belleza. Junto a esa inusual elegía hay numerosos poemas que son buena muestra del saludable humor del poeta, un humor que permea toda su poesía y que le proporciona una frescura e inmediatez que el lector agradece. Véanse como ejemplo de esto los sonetos de la primera parte "El poeta a su amada, para que no le tire bombas" y "El poeta a su atracadora, pidiéndole que vuelva sucintamente vestida de negro". A lo largo del libro los versos recorren diferentes territorios y mitologías (incluidas las del cine y el cómic) sin resultar cargantes, cosa que antes le sucedía a veces, y quedándose en las antípodas del culturalismo que aún muchos cultivan. Probablemente su mayor acierto sea trasladar a un universo contemporáneo y urbano reflejos de otras visiones del mundo y acentos de otras formas de escribir, entre las que la épica posee un lugar preeminente.
El libro, que si bien no es profundo ni genial se lee con sumo agrado, está además editado con sobriedad y esmero, como es común en la colección Renacimiento. Solo cabe esperar que la distribución haya sido eficiente en toda España, pues se trata de una obra que no debe pasar inadvertida.





Más recientemente, en el séptimo número de la revista Isla de Siltolá publicaba este poema que lo homenajea, y que no tiene más mérito que repasar sus claves.

lunes, 15 de julio de 2013

Whitman



Durante las pasadas semanas he dedicado un buen tiempo a Walt Whitman, esa torrentera llena de espuma que le desciende por el pecho. Antes de que acabe el año aparecerá publicada una selección de su Song of Myself que, la verdad, no me ha sido fácil traducir porque en el verso libre y el versículo que él emplea uno se puede permitir menos licencias que cuando se da una prosodia más rígida, y porque hay que atinar con el ritmo, menos explícito que cuando un poeta compone en pentámetros yámbicos, por ejemplo, pero existente y que hay que mantener. León Felipe publicó versiones libres de esta sección de Leaves of Grass, y también se midió con ella Borges. En Pido la paz y la palabra, Blas de Otero escribió, admirativo:

Amo a Walt Whitman por su barba enorme
y por su hermoso verso dilatado.
Estoy de acuerdo con su voz, conforme
con su gran corazón desparramado.

sábado, 13 de julio de 2013

El hilo y la "Madeja"




James Boswell pintado por George Willison en 1765



Se dilucida estos días en Almería si las parejas de unos cargos o cargas públicas de la Diputación viajaron a costa del contribuyente a Edimburgo. En la de Sevilla también se investigan ahora turbulencias en su organismo de recaudación, y para no salir de la provincia una operación policial ha registrado inmuebles en Guillena y Salteras, además de en la capital, en relación con un posible cohecho. Se trata de hacer patria, aunque sea chica. La Merca Sevilla contra la Marca España. Porque en el ámbito nacional tampoco faltan los escándalos que atañen al partido opuesto. Y en un ámbito intermedio, en Andalucía, el bochorno de los ERE tampoco es mango, quiero decir manco.
            Precisamente en Edimburgo James Boswell, biógrafo del creador del primer diccionario de la lengua inglesa, Samuel Johnson, en un libro en que narraba un periplo del lexicógrafo por aquellas tierras en 1773 se hacía eco de una opinión coincidente con otra del sabio. Esto pensaba el arzobispo de York: “En tiempos los partidos poseían un “principio” que les era propio, tal vez absurdo e indefendible, pero que aún acarreaba cierta noción de “deber”, por el cual los espíritus honrados pueden ser fácilmente atraídos. Pero hoy son combinaciones de individuos que, en vez de ser hijos y siervos de la comunidad, se alían para promover sus intereses privados”. Con todas las excepciones que se quiera, esto es así, y teniendo en cuenta que la frase fue escrita hace ya dos siglos y medio se ve que no hemos avanzado.
            Se habla muy a menudo de la necesidad de regeneración de los partidos. Más bien habría que urgir a la reinvención de la democracia. Aun concediendo el beneficio de la duda a los primeros, es evidente que se les arrima todo tipo de rateros. Además, el motivo de su existencia (la solución de los problemas) pasa a un segundo plano ante su lucha entre bandas. ¿Por el botín? Si no dinero, roban tiempo y energías que deben solo a la ciudadanía, y siempre parecen a punto de llegar a las manos, cuando no las meten en la caja.
            Es casi un género literario el dar nombre a las operaciones policiales. Este de la operación Madeja está muy bien puesto, tanto por el lema de la ciudad de Sevilla como por lo de tirar del hilo. Tirando, tirando, la jueza va a dejar desnudo a más de uno. Por culpa de los que codician el lujo logrado con el esfuerzo ajeno, la democracia, pobre utilitario, está gripada, y hay que llevarla al taller. Qué cochazos se ven a los “malos”. Contra sus Audis y Mercedes, auditores y alayas.

(Publicado en El Mundo, edición de Sevilla, el 12-7-2013)


viernes, 12 de julio de 2013

De "El árbol de la vida"






TORRE erguida como un rayo de lilas,
como un ramo de sol que del suelo ascendiera,
como una espada clavada que no hiere
el cuerpo traspasado, que se goza
siendo basamento del deseo.
Tus oscuros cimientos que penetran la tierra,
torre esbelta como un tallo de joven,
almenas en tu alto o tu diadema
de piedras y de nubes enlazadas.
Tu doncellez es esa puerta
cerrada y atrancada para siempre;
tus fieles defensores son tus años,
su dura coraza que crece como el musgo,
que espesa su verdor de bronce sin caricias.

(De El árbol de la vida, Colección Puerta del Mar, Diputación de Málaga, 2004) 



                                    

jueves, 11 de julio de 2013

Luces



Los de un partido solo ven el intermitente de la corrupción a la izquierda. Los del otro, a la derecha. No hace falta ser un hacha para ver lo que en realiad hay: como un tictac que dice que se acaba el tiempo, luces de emergencia.



martes, 9 de julio de 2013

Plaza del Castillo


Un jovencísimo Rafael García Serrano


De “bronco y valioso narrador navarro”, lo califica José Carlos Mainer en Falange y literatura. Y en su imprescindible Las armas y las letras Andrés Trapiello recuerda sus “novelas vigorosas” y lo retrata, se ve que con indisimulada antipatía, de esta guisa: “Su temperamento, de naturaleza rifeña, es harto brusco, y su prosa, cuajada de casticismos, tiene esa impronta tan falangista, quizá navarra al estilo de José María Iribarren, que es envolver besos en coces, interjectada cada cinco líneas por un par de tacos, que suenan siempre, en medio de la página, como petardo pedregoso y extravagante, lo que García Serrano compensa con arrobamientos de corte lírico, todo lo cual convierte su prosa en algo alucinante, efusivo y personal.”
Estos días, con los encierros de Pamplona empitonando la calles Estafeta de la tele, me he acordado de él, que escribió la gran novela sobre ellos y todo lo que los rodea, o habrá que decir lo que los rodeaba, que han pasado bastantes décadas desde su publicación y más de los acontecimientos que recrea. A un escritor rojo hay que medirlo por su escritura; a uno azul, por lo mismo. Que los haya habido más de la primera cuerda no debe hacer olvidar a los de la segunda, que además tienen en contra a la opinión hoy dominante.
Hay aspectos de Rafael García Serrano que me lo acercan a Ford. Si la trilogía de la Caballería americana tiene su correlato en la trilogía (bien que sin intención unitaria) sobre la Guerra Civil que el navarro llamaba “ópera Carrasclás” (Eugenio o proclamación de la primavera, La fiel infantería y esta Plaza del Castillo), su humanidad, su empatía con el otro le hacen sentir, con Ford, que el enemigo es alguien a quien se combate, no a quien se odia. En Plaza del Castillo, los jóvenes pamplonicas como García Serrano se unen al rebelde general Mola no solo para salvar España, con frase solemne y levantisca, sino también “porque se van todos los amigos” en una escena que me recuerda a otra de las más hermosas que despliega Misión de audaces: aquella magistral en la que el hibernoamericano, que donde ponía el parche ponía la bala, retrata a los cadetes del Sur marchando al frente como casi en un juego (que acabaría en tragedia, como en España, después, pasada la euforia de las primeras descargas, y no solo de fusilería sino de adrenalina).
Y hablando de otro yanqui, el Fiesta de Hemingway no es superior a Plaza del Castillo, que forma en ese pequeño batallón de novelas que ostentan nombres de plazas en sus títulos, como La plaza del Diamante de Mercè Rodoreda o Berlin Alexanderplatz de Alfred Döblin. Escrita en 1951, la acción cubre desde las vísperas de los Sanfermines de 1936 hasta el día posterior al alzamiento. Se ha señalado que su estructura es coral, predecesora en ello de La colmena. Reproduce caracteres, tipos, ambientes, tiene la llave de lo local y grita no como un guiri: ¡Gora San Fermín!
Escritor de rompe y rasga, destructor de moldes en que encajan como un guante los perezosos que todo lo ven blanco o negro, falangista que tuvo problemas con la censura durante el régimen de Franco, Rafael García Serrano fue el tipo que una mañana temprano llevó a sus dos hijos a misa a rezar por un hombre que acababa de morir tiroteado defendiendo sus ideas. Un héroe, les dijo. No, no era José Antonio Primo de Rivera sino Ernesto Ché Guevara.

lunes, 8 de julio de 2013

Era hombre, era mito, era bestia




A finales de junio Iván Vergara presentaba en Sevilla, en la azotea de la Casa de la Provincia, al pie de la Catedral y la Giralda, su libro de poemas Era hombre, era mito, era bestia. Estas son, con las variantes que impone la expresión oral, las palabras que pronuncié con tal motivo:


Iván Vergara nació en 1979 en México. Es decir, cuarenta años después de que buena parte del exilio español (excepción hecha de la avanzada de José Moreno Villa, en 1937) desembarcara del buque Sinaia en el puerto de Veracruz, gracias a la hospitalidad del general Lázaro Cárdenas, presidente a la sazón de aquel país.
         Las relaciones entre nuestro país y México comienzan con una invasión y un asombro (el reflejado por Bernal Díaz del Castillo, o Hernán Cortés, como ahora propugna un estudioso francés, en Historia verdadera de la conquista de la Nueva España) y siguen un camino tortuoso hasta la independencia de la nueva república en 1810 y aún después. Si hubo expolio (y ahí tenemos a doscientos metros la Casa de la Moneda, receptáculo de tanta plata mexicana), también hubo, y hay, intercambio y lo que podríamos llamar polinización cultural. Desde hace varios años ya, Iván y sus compañeros de la PLACA, la Plataforma de Artistas Chilango Andaluces, vienen tendiendo puentes entre ambas naciones y, más aún, entre los habitantes de la Ciudad de México –los chilangos– y los de esta región de la que partieron los galeones al Nuevo Mundo (sobre todo Sevilla, esta Puerta de América). Ahí está también, más cerca incluso, el Archivo de Indias, que no me dejará por mentiroso.
Volviendo a las efemérides, este año se conmemora el cincuentenario de la muerte de Luis Cernuda, quien también se asiló en México aunque en fecha tan tardía como 1952, y que vivió, y se apagó, en esa casi Andalucía que es Coyoacán, en el sur del Distrito Federal. Cernuda tuvo muy buenos amigos mexicanos, quizá el más importante de ellos fuera Octavio Paz, que da la casualidad de que vivía en una bocacalle del Paseo de la Reforma que se llama, qué casualidad, Río Guadalquivir. Pues bien, Iván Vergara forma ya parte de esa lista de nombres que nos unen a mexicanos y españoles, como los ya citados o Jordi Soler, que como su nombre delata es descendiente de catalanes, pero que nació en Veracruz y hace años vive en Barcelona. A Soler, que es joyceano entusiasta y miembro de la llamada Orden del Finnegans, también integrada por Enrique Vila-Matas entre otros, le gustaría saber que ahora está siendo citado aquí en esta azotea donde más de una vez se ha celebrado el Bloomsday, la fiesta literaria que recuerda el Ulises de Joyce.



         Pero no divaguemos. El libro que hoy presentamos manifiesta una de las vertientes de la creatividad de Iván, que es también músico y editor de libros muy especiales, los que salen de la editorial Ultramarina Cartonera. Como poeta nos entrega una obra ambiciosa y extensa que no es una suma de poemas sino un concepto unitario. Unitario o tripartito este Era hombre, era mito, era bestia que se abre con un epígrafe de su compañera Sandra que alude, entiendo, a Quetzalcótal, la serpiente emplumada, con ese “Dedicado a la Era de Plumas y Escamas”. Desde este lado del océano sorprende la libertad formal característica de la poesía que se escribe en los países hispanoamericanos, y México no es una excepción, e Iván tampoco. Me parecería arriesgado aventurar interpretaciones del libro, y más estando presente su autor, pero sí destacaría que tenemos aquí una voz madura y que alcanza altas cotas de expresividad y de emoción. Como resumen de esa vinculación de dos mundos destacaría el poema “Un silencio atlántico”, que quizá lea luego Iván, no sé, con su acento aún mexicano pero del que a mí me apetece recordar ahora una estrofa con mi dicción de gachupín:

yace mi padre en un techo de casa blanca
con su cuerpo moreno asfixiado por la historia,
con su cuerpo tallado por la vista de los volcanes
y un indómito yacimiento de leyendas
donde se escribe la historia de mi viejo,
sobre una ladera marina y tintas de piedra


ha salido esta tarde y se ha tirado al río
con el fardo absurdo de todo lo recorrido,
ha ahogado a los peces contándoles la historia
de un hombre y una mujer
que se amaban como tierra blanca y fértil,
yelmos recios de conquista

ha devorado al unísono dos continentes
y se ha convertido en tierra submarina;
salió por la tarde un indio posmoderno y la noche
recibió todas las almas,
todos los llantos


Somos varias las personas que intervenimos en el acto y yo no querría extenderme. La poesía tiene ese don, que no precisa glosas. Es más, que a veces estas la destruyen. Yo solo quiero añadir mi agradecimiento a Iván por haber pensado en mí para que lo acompañara esta noche. Y por ese hilo que no deja de tejer para que con un tironcito, los de allá, los de aquí, estemos unos más cerca de otros.





domingo, 7 de julio de 2013

Cansancio



Estío cansado, podía decir conjugando creativamente en primera persona del singular la fatiga que uno acumula a estas alturas de año. Mucho trabajo siempre, y la cabeza que no detiene su engranaje. Este año, el blog se tomará un respiro en agosto, haciéndolo coincidir con la interrupción hasta septiembre de la columna que publico semanalmente en El Mundo. Y ni siquiera puedo asegurar que en julio sean muchas las entradas. Me siento como el que me sentía hace veinticinco años cuando escribía este poema, que hasta donde sé permanecía inédito (al menos en presentación digital):



                                                CANSANCIO

                                    Los últimos vencejos de la tarde,
                                    con canto despacioso y lastimero,
                                    de malva herido ya el sonoro cielo,
                                    acercan tu epitafio por el aire.

                                    Te aguarda un mausoleo hacia el ocaso;
                                    donde es siempre vivir una derrota,
                                    allí donde la muerte al fin reposa
                                    del ritmo fatigado del cansancio.

sábado, 6 de julio de 2013

Cien de diez




Un episodio de nuestra vida literaria que trajo eco sucedió cuando Perfil del Aire, el primer libro de Cernuda, fue considerado epígono de Guillén. Y todo por las décimas que ambos se gastaban. Como si esa maldición quitara a muchos las ganas de reincidir en la forma, no ha sido esta muy abundante desde aquellos finales años veinte del pasado siglo. Alguien que no le ha tenido miedo, como Juan Sierra, ha sido Enrique Barrero Rodríguez, quien a lo largo de tres años ha ido dando en su blog un millar de ellas, de ahí el título del libro en que ahora las ha recogido (solo el diez por ciento) y que sirve de epígrafe a la columna de hoy. Y en esta antología las hay excelentes.
            Tiene mucho de artificio, la décima; y ello, más uno de los temas que se impone aquí el poeta, acarrea riesgos, pues es agua que ha corrido al final de muchas cuaresmas en ese género al que va como anillo (de latón u oro) al dedo: el pregón de Semana Santa. “Pequeños lirios” es la sección que Barrero dedica a la misma, y hay que decir que sale airoso: así en “Domingo de Ramos”, con su recuperación de la infancia, y en “Cristo de los Estudiantes”, que concluye: “y, en el aula agradecida / del corazón que te entrego, / ir tomando con sosiego / los apuntes de mi vida.”
            Hay mucho amor por Sevilla en estas páginas, en las que convergen esquinas, plazas, jardines. “¿Quién, en la ingenua redoma / del tiempo más inocente, / no sintió que, de repente, / el calor era una fragua / y le dio a sus labios agua / la muchacha de la fuente?”, interroga en la espinela dedicada a la Plaza de América en la que, como es natural, se posa una paloma. “Callejero del gozo” acomoda veintiocho calles de la ciudad, sin un verbo, sin un adjetivo, dejándose el autor arrastrar por la eufonía de los nombres, que no solo obedece a la belleza de muchas de las palabras que las designan, sino también a las evocaciones. Recuerdos hay también en otras décimas a poetas sevillanos, como Juan Sierra, Rafael Montesinos, Joaquín Romero Murube y los dos Machado, además de para Víctor Jiménez, corresponsable con el propio Barrero y Francisco Mena Cantero de esta colección Ángaro que acoge al libro y cuyo nombre significa en árabe “hoguera en la atalaya”. Es una llama que ha superado los cuarenta años de vida y tiene, por cierto, la misma edad de este poeta que también canta al silencio o a los meses, donde julio es excepción, porque el endecasílabo sustituye al octosílabo, como contagiado del dilatarse de estos días largos de estío.

(Publicado en El Mundo, edición de Sevilla, el 5-7-13)

viernes, 5 de julio de 2013

Agüero, repelús.



Al salir de Vivar, Rodrigo Díaz tuvo la corneja a su diestra, y al entrar en Burgos a su siniestra. A ras de tierra, hoy, el cantar de gesto de asco y miedo, tan diferente al de gesta del Cid, de los transeúntes.
De izquierda a derecha, y siniestra en cualquier caso, la velocidad de una rata, negra, un trazo rápido de tiza en el negativo de la claridad deslumbrante del día, su pizarra.
Casi rozando el pie, un instante. Visto y no visto. Fugaz, no deja de cruzar por la memoria.

jueves, 4 de julio de 2013

El viaje

Representación de la llegada del doctor Johnson a la isla de Mull, en el Museo de Mull 
en Tobermory (Escocia)

"Todo viaje tiene sus ventajas. Si el pasajero visita países mejores, puede aprender para mejorar el suyo. Y si la fortuna lo conduce a otros peores, puede aprender a disfrutarlo", escribía el doctor Samuel Johnson. Pero por ventajoso que sea salir al extranjero, este verano te quedarás en la óptima España, en la pésima. Y como el sabio que en 1773 se fue a conocer la parte noroccidental de la Gran Bretaña, también tú viajarás unos días a tus propias tierras célticas, acompañado por las lecturas de otro sabio y admirador de Johnson: Cunqueiro. 

miércoles, 3 de julio de 2013