miércoles, 29 de enero de 2014

En Arcos de la Frontera



Arcos desde el parador (fotografía de T. M. R-F.)


La próxima vez que nos pregunten para qué sirve la poesía, contestaremos que para, con pretexto de ella, ir a Arcos de la Frontera cada seis meses a la presentación del más reciente número de la revista Piedra del Molino, que allí dirige Jorge de Arco. El viernes pasado estuvimos en el pueblo ("frontera entre la realidad y el sueño" la llamó Gerardo Diego) con unos cuantos amigos, al albur de las adjudicaciones que Jorge hace, un minuto antes de la presentación, de poemas entre los asistentes cómplices que leerán lo que no puede oírse de labios de los autores ausentes. Me tocó leer parte del original y la traducción que Zackary Paine publica en este número 19  del "Están muertos ya. Elogio para Sacco y Vanzetti" de John Dos Passos. Luego pude reparar la sequedad de la garganta con un buen vino de la tierra arcense: el tinto Barzazul. Como la conversación fue bastante larga, fue también preciso el trasiego prolongado.
     Ya por la mañana, desde la ventana de la habitación en el parador, un pequeño abrigo azul bajo la mole dorada de la torre de la iglesia de Santa María de la Asunción, vi pasear por la plaza al poeta Antonio Murciano, que enfilaba la calle Nueva, donde él nació, como también su hermano Carlos. En la fachada de esa casa hay una lápida que lo recuerda. Y justo enfrente, una taberna que ostenta el nombre del grupo poético y la revista que ambos publicaron junto con Julio Mariscal, Antonio Luis Baena y otros: Alcaraván
     En aquella publicación de los años cincuenta aparecieron versiones de Mallarmé (por Carlos Edmundo de Ory) o Rilke (por Antonio Murciano). Leo esta mañana en Piedra del Molino la traducción que la argentina Amparo Arróspide hace de tres poemas de la canadiense Margaret Atwood. Me impresiona el primero de ellos, "Célula", que se refiere a una cancerígena y que acaba así:

(...) Si sólo quiere más 
más amnesia, más vida y en abundancia;
tomar más, comer más,
reproducirse, seguir haciéndolo
eternamente. Deseos 
bien conocidos: Mírense al espejo.