martes, 21 de enero de 2014

Sobre la elipsis




En una de las conferencias (la titulada “El enigma de la poesía”) pronunciadas en la Universidad de Harvard durante el curso 1967-1968, Jorge Luis Borges dijo esta frase con la que no podemos sino coincidir: “La perfección en poesía no parece extraña: parece inevitable.” Y contra lo que pudiera pensarse, esa perfección se alcanza a veces no con lo que se dice, sino con lo que se deja de decir. Algo que, por su ausencia, llama más la atención y que requiere del lector rellenar esa celda, ese hueco de lo no dicho.
La elipsis puede ser sintáctica o poética, como figura de omisión. Un ejemplo de la primera podría ser “Juan bebió agua; Luis, cerveza”, donde se ha omitido el segundo “bebió”. Pero la que nos importa es el segundo tipo de elipsis. “Lo que se deja fuera de un poema es tan importante como lo que hay en él. Y tal vez más”, ha escrito la poeta británica Ruth Padel. No parece en ello sino seguir a su paisano John Keats, quien en la segunda estrofa de la “Oda a una urna griega”, nos dejó esa afirmación mil veces citada posteriormente: “Si un son oído es dulce, aquel no oído / es más dulce aún.”


Donald Hall

Pero no siempre la posibilidad no declarada, esa melodía no escuchada, es dulce. Muy a menudo es una velada manifestación del dolor. Hoy solo voy a dejar aquí dos muestras de ello. La primera corresponde al poeta norteamericano Donald Hall, quien dedicó su libro Without (Sin) a su esposa la también poeta Jane Kenyon, muerta de leucemia. En un poema que carece de título, y narrado en tercera persona (esa forma lejana de la elipsis mediante el distanciamiento), Hall cuenta la vez en que Kenyon fue internada en el Ala Este de la clínica en que recibía tratamiento, pues no había habitación disponible en la zona conocida como la “Burbuja”. Y una tarde, cito por la traducción de Juan José Vélez Otero,


vio a una persona
aparecer apresuradamente por la pesada puerta
gritando, bañada en lágrimas, tambaleándose,
y detrás un enfermero
que la cogió y se la llevó de allí.
Cuando volvió con Jane
no le contó lo que había visto.
Más tarde un celador les dijo
que había una cama para ella en la Burbuja.


Aunque no se diga (o lo que es más importante, se dice de una forma más efectiva), el lector sabe perfectamente (pero no la enferma Jane Kenyon, que es en realidad la protagonista del poema) por qué hay ahora para ella una cama en la Burbuja.
Otra estremecedora elipsis que tiene que ver con la muerte aparece en la novela o testimonio de Héctor Abad Faciolince El olvido que seremos. Allí, antes de ocuparse del asesinato de su padre, nos cuenta cómo su hermana Marta murió a causa de un melanoma maligno antes de cumplir los diecisiete años. Marta Abad sintió inclinación por la música y formó con otras chicas un grupo de música que alcanzó relativo éxito. El funeral, cuenta su hermano Héctor, se desarrolla con normalidad (¡con la normalidad que puede atribuirse a circunstancias tan dolorosas!) “hasta que las tres del cuarteto Ellas, durante la comunión, empezaron a cantar las dulces canciones del grupo.” Y al lector le golpea el mazazo de ese numeral, tres, talada una rama de las que constituyen su árbol: el hasta entonces cuarteto Ellas. ¡Las tres del cuarteto! No se me ocurre una elipsis más poderosa.

2 comentarios:

Alfredo J. Ramos dijo...

Excelente exposición, ART, con ejemplos muy bien traídos y bien ensamblados. El poder de lo dicho pero presente, como subrayas, es imprescindible para que el poema pueda traer a este lado eso que, con mayor o menor propiedad, se llama lo inefable, una dimensión esencial, creo, de toda poesía, incluida (y tal vez con mayor razón) la más realista o figurativa. Es también un procedimiento de enorme valor en el cine. Seguro que volverás al tema.

En otro orden de cosas, bien distinto, es curioso el parecido que en esta foto tiene el poeta Donald Hall con un Juan Luis Cebrián que se hubiera dado a la bohemia. Puede que solo sea una figuración mía (y tal vez algo elíptica). Un abrazo.

Alfredo J. Ramos dijo...

Ay, los roedores: en mi anterior comentario, donde dice «el poder de lo dicho pero presente» debe leerse «el poder de lo no dicho pero presente». Quod erat demonstrandum...