lunes, 10 de febrero de 2014

Árbol epifánico



Otto W. Thomé: Flora von Deutschland, Österreich und der Schweiz, 1885


Gautama, el Buda, alcanzó el satori, la iluminación, bajo una higuera: el árbol de Bodhi. Tienen algo los árboles que propician el acorde, la epifanía, el vislumbre de lo otro. Siendo tan físico y palpable, hay algo en el árbol de metafísico y milagroso. Es lo que sucede en uno de los poemas de Dulcamara, el más reciente libro de David González Lobo, poeta venezolano hace muchos años radicado -arraigado, empleando el término botánico que conviene a su texto y a esta entrada- en Sevilla. El hermoso poema no lleva título (como sucede en el resto del libro), y va dedicado al también poeta venezolano Ramón Palomares. La clave está en sus dos últimos versos, con su metamorfosis, con la sensación transmitida de que se deja atrás un portento:

Cuando se le cayeron las flores
te acercaste al granado
ibas acompañado
pero sólo tú lo abrazaste
como a un amigo
que hablase con ternura extrema
como quien encuentra
la puerta que sospechaba

Cuando el viento
abrió las ramas
y viste la corona del fruto
la muchacha era una nube
y todo había pasado

1 comentario:

David dijo...

Querido Antonio:

Tu bella nota se concentra, nos hace ver, en el poema, el sentido mágico de la poesía, la transformación.

Agradezco tu sensibilidad ante la lectura de mi poemario Dulcamara.

Tus palabras son una puerta abierta, un camino.

Agradecido.

David.