viernes, 28 de febrero de 2014

Cunqueiro, siempre



Como un relato apócrifo de los que a él le cautivaban, aseguran las enciclopedias y las hemerotacas como la de El Faro de Vigo que dirigiera él mismo, que tal día como hoy, de 1981, moría Álvaro Cunqueiro. Qué humorada, para un inmortal. Recuerdan la efeméride amigos y admiradores suyos como Elías Moro y Pablo Antón Marín Estrada. Y a Ángeles Prieto Barba le acabo de leer un comentario en que asevera que es el narrador español del siglo XX que más colegas andaluces del XXI mencionan como influencia en sus propias obras. 
A Cunqueiro le debo tanto, no solo como lección literaria sino de vida, que necesitaría muchas gigas -una por cada línea suya- para contarlo. 
En un número reciente de Clarín contaba yo un viaje a Galicia, presidido por la devoción cunqueiriana. Hoy, en homenaje a don Álvaro, lo traigo aquí completo con toda su desmañada prosa y nunca desmayada admiración:


BUEN CAMINO




On the road


El tren de alta velocidad, el verdadero y no ese sucedáneo que unos días atrás ha dejado ochenta muertos casi a las puertas de Santiago, nos lleva a Madrid, donde una vez en Atocha partimos en coche hasta Sarria. Allí comenzará la primera de nuestras etapas del Camino. En toda nuestra trayectoria vamos dejando a bastantes kilómetros al oeste la Vía de la Plata, el camino que desde Sevilla y por las dehesas extremeñas, Salamanca y León conduce también hasta la ciudad del apóstol. Por la provincia leonesa avanzamos ya en el tramo final antes de entrarnos en ese como condado de Treviño gallego en Castilla la Vieja que es el Bierzo. La autovía deja a la derecha Astorga, con su recuerdo de los Panero y, luego, tras Villafranca, nos desviamos a los Ancares para visitar el Cebreiro, su portentosa cumbre.
            Antes de llegar, el paisaje se abre en un mirador que es repecho, y allá están, verdes que tapan a otros verdes, los campos y montes leoneses, y los riojanos allende, con los navarros, todos ellos ensartados, como un rosario de esmeraldas, por el Camino francés, que nace en el mismo Roncesvalles donde finó Roldán. Peregrinos identes, marca un mojón a la entrada de la aldea. A su inicio la iglesia de Santa María, donde se conserva la carne y la sangre del milagro eucarístico que ha ido a renovarse, en tela multiplicada, en las banderas de Galicia, con la copa y la hostia. Piedra tosca en un puñado de casas y pallozas, algunos bares, ciertos hospedajes. Todo en una sola calle. Nos entramos en uno de los comedores y damos cuenta de la primera empanada (esta es dura en sus bordes, recia muralla como la de Lugo o como el granito de las construcciones del lugar) y, curiosos por cómo sea la variedad, pedimos también queso del Cebreiro, que resulta ser antípoda de la empanada: muy blando, casi como requesón echado a pegotones en el plato.
            Por la vereda ascienden peregrinos que vienen echando el bofe. Nosotros reanudamos la conducción y la carretera comarcal –ya se ven hortensias, y las vacas rubias gallegas– nos deja en Sarria, que parece niña que ha pegado el estirón, aunque feúcha, con esos edificios de pisos que no imaginara uno en el agro. Llena de contrastes, es una localidad que muchos peregrinos escogen como principio del Camino, pues partir de ella hacia Santiago permite recoger al final la Compostela, esa acreditación que solo se concede a quien haya recorrido al menos cien kilómetros a pie (desde aquí serán ciento quince). Unos escalones llevan a la calle que toma el peregrinaje, la rúa Maior, y se prosigue pasando por las iglesias de Santa Mariña y la del Salvador (en una de cuyas puertas, precisamente la que da al Camino, está representado Cristo, que bendice y cura con sus manos). La ruta jacobea, junto a la fortaleza y a unos pasos del crucero en un balcón sobre la villa, desemboca en el convento de la Magdalena, con el tímpano en que aparece la santa. Junto al cementerio, y por una cuesta abajo pronunciada en la que ya hay que ir haciendo zigzag, vadeando una y otra vez la pendiente, al poco se interna uno en el bosque, y ahora asciende entre robles, carballos.
            La Ponte Aspera (en gallego, puente es femenino, y viendo los del país, tan gráciles, se comprende) salva el río Celeiro. Aunque he estado practicando el ejercicio andariego en las últimas semanas, el entrenamiento ha sido en llano, y tardo en habituarme a caminar con estas subidas y bajadas. El bordón ayuda a mejor afirmarse en el terreno, pero la carga de la mochila resulta ser más incómoda de lo que había previsto, menos mal que la sed va aligerando la provisión de agua. Recobro el resuello en algunas paradas fugaces, asombrado del incesante río de gente que hace el Camino este verano que ni siquiera lo es de Año Santo. A principios de los sesenta del pasado siglo, el Camino había quedado poco menos que en el olvido, era un recuerdo apenas. En 1962 Álvaro Cunqueiro hizo en un Seat seiscientos el Camino en compañía de José María Castroviejo y de Magar, el fotógrafo del Faro de Vigo, y en el Cebreiro una anciana le dijo con un dejo de nostalgia que hacía dos años ya que por allí no pasaba un peregrino. El bosque, las huertas, los pastizales, habían cubierto la antigua senda a trechos hecha carretera, como el pelaje el vientre de mi gata, que, cuando siendo ella joven y tras habernos adoptado colándose entre el seto de cipreses del jardín la llevamos a esterilizar por sugerencia del veterinario, este la abrió y halló que no tenía órgano reproductor. Si le hubiéramos visto la cicatriz que tapaban los colores blanco y canela. Pienso que si al cabo del tiempo la pobre se nos hubiera escapado e ido a parar a nuevos amos, aún estos podrían haber vuelto a caer en lo mismo, sin reparar en el costurón resultante de la segunda fallida operación.
            Posteriormente, el Camino fue recuperado, se invirtió dinero en el desbroce y adecentamiento de su discurrir y, poco a poco, con el bombeo nutrido de los Xacobeos, ha ido ganando peregrinos que de tantas partes del mundo acuden, por ese vagar ahora expedito de la anciana calzada, a donde está el apóstol.
            Es pasado el mediodía cuando avistamos Portomarín, pero aún tardaremos en llegar, porque desde el otero en que por primera vez se ve la localidad hasta esta hay aún una legua de distancia. Han dado las tres cuando hemos descendido, con gran sacrificio de los dedos de los pies, hasta el discurrir del Miño, que pasa al pie del pueblo y lo lava. No se crea, también la villa ha caminado lo suyo, y le vendrá bien el alivio del agua fresca. Las casas y la iglesia de San Juan se elevan sobre una colina. A la izquierda del puente (o la puente, digámoslo como los del lugar), estaba el antiguo Portomarín, hoy cubierto por un embalse que a principio de los años sesenta inundó la población, anegándola en un bautismo que en realidad fue extremaunción. Lo cuenta el autor de Merlín y familia, que como dije estuvo por aquí hace ahora medio siglo. Por lo que a mí respecta, agotada ya el agua de la cantimplora, me contorsiono, todo colorado, sudoroso, para abrevar en una fuente que hay en el extrarradio.
            Cumplida la tarea de los pies, que tan abnegadamente han servido en la etapa, toca retirarse a la Casa Roan, a la que se llega por carreteras laberínticas. Tenemos tiempo de echarnos una siesta (parece fábula que hayamos dejado atrás veintitantos kilómetros), pero hay que hacerlo casi con manta en los albores de agosto, pues la piedra con la que está construida la antigua casa de labranza, cuyos muros se acercan al metro de espesor, mantiene a esta a una temperatura tan baja que resulta increíble que no venga un ministro de Medio Ambiente y, ordenancismo por delante, mande bajar las frigorías con uno de esos incordios, los edictos entrometidos de los mandamases del ramo.
            Hemos quedado con el resto de peregrinos para tomar un aperitivo antes de la cena, y lo hacemos bajo una luz espléndida del otoño del día, pero con un fresco notable que enseguida hace juego con el del dorado albariño en las copas. El posadero, que debe ser un diablo, nos tienta con unos chorizos asados que no huelen a infierno sino a cielo. Y caemos en la tentación, quién no lo haría, dejando en el plato la guita que unía la sarta de delicias que ahora enjoya los paladares.
            Transcurren los minutos entre chanzas y sin que nos demos cuenta ya no queda más sol que el claro astro que habita como un duende rubio en las copas, un sol que ha amanecido dos o tres veces ya, amoldando la redondez suya a la del cristal. Avisados primero por el olorcillo que viene de la cocina, y luego por la voz de Xosé, el hostelero, pasamos al comedor. Todo prácticamente lo que se yanta en este sitio procede de la huerta propia o de las explotaciones agropecuarias de los alrededores. Así, la extraordinaria ensalada (la cebolla da en verdad ganas de llorar, pero de gozo) o los chorizos redivivos y multiplicados, ahora sin cortar, a lo grande. Hubo algo más, sin duda suculento, antes de las filloas, pero la verdad es que la queimada, que había hervido hasta alcanzar el punto justo, me hizo olvidar casi todo lo manducado aquella noche. (Al repasar estas líneas caigo en que era un corderillo, que aún balaba en el plato).
            Por la mañana siguiente, a temprana hora, otra vez estábamos en el recio comedor, pero ahora ante un cesto de manzanas copiosas y más gruesas que las que nos habían acompañado silvestres en las márgenes del camino, que seguro que procedían del Avalón céltico, esa isla de pomas adonde se retiran los héroes como a un ultramundo. Lord Alfred Tennyson recogió la leyenda en uno de sus poemas artúricos, que traduje desde aquel grueso volumen con su obra completa en verso que extraje, como la espada Excalibur de su roca, de una librería de lance de Edimburgo cuando era mozo. Es el propio Arturo quien habla:

Mas ahora, adiós, me voy en largo viaje
con estas que ves –si es que en verdad voy–
(pues una duda nubla mi juicio)
a la ínsula que es valle de Avalón;
en la que no hay granizo, lluvia o nieve
ni nunca arrecie el viento, mas posee
verdes prados felices, con frutales,
y bajo el mar de estío hondos boscajes,
donde habrá de sanar mi grave herida.

Como un eco del mito del eterno retorno, y siguiendo la tónica general del Camino, regresamos al mismo punto donde dejamos de andar la víspera. Nos congregamos ante la consabida fachada de San Juan, en Portomarín, y vamos bajando por su calle principal, entre casas parejas y sosas, más de barriada uniforme de las afueras de una ciudad que de genuino pueblo. Luego tocar subir por la sierra de Ligonde, diciendo adiós al Miño, que el muy fresco dice que está cansado y que no asciende.
            Monte San Antonio arriba, subimos y subimos, rodeados de pinos, y más tarde pasamos junto al crucero de Lameiros. No sé si habrá, aunque imagino que sí, alguna obra impresa que trate y catalogue los cruceros de Galicia, como hizo con los de Bretaña Castelao. Este es del siglo XVII, muy hermoso y abracadabrante con su representación de la Virgen dando a luz a Jesús al tiempo que, con singular sincronía de la que sabía el Eliot de los Cuatro cuartetos, lo sostiene ya crucificado. Recuerdos los versos:


El tiempo presente y el pasado
tal vez sean presente ambos en el futuro,
y que el futuro lo contenga el pasado.
Si todo tiempo es eternamente presente
todo tiempo es irredimible.


Pero quien labró la piedra de esta cruz sí creía en la Redención. “En mi fin está mi principio”, escribió también el autor de La tierra baldía. El Camino es bueno para perderse, ya que no de la senda, en disquisiciones metafísicas. George Santayana, que fue profesor suyo, dejó escrito que “El pensamiento de Eliot es subterráneo sin ser profundo”, una maldad que creo que habría gustado a Pound.
Tras alguna que otra parada terminamos la etapa en Palas de Rei, de donde era la niña rubia con la que Cunqueiro conoció el amor por primera vez, según cuenta en uno de los deliciosos artículos que publicara en su periódico vigués en la serie “El viajero en Galicia”, recogidos por César Antonio Molina en volumen con idéntico título.
            Cumplido el caminar de la jornada, regresamos en automóvil al alojamiento de la noche anterior: la Casa Roan de Monterroso. En esta ocasión disponemos de menos tiempo para reposar, y al cabo de un rato estamos otra vez en el patio de la casa rural prestos a cumplimentar al albariño, al que en esta ocasión escolta un destacamento de pimientos de Padrón, todos muy gallardos aunque bajitos con sus casacas verdes, y una tortilla en las que los huevos de las gallinas cercanas han hecho buenas migas con unas patatas también del terreno. Pero lo que nos espera dentro es sencillamente un festín inigualable: como para alimentar mi irrefrenable concatenación de  experiencias artúricas, y en recuerdo del Rico Rey Pescador del Cuento del Grial –bienvenido a este viaje, Chrétien de Troyes, viejo amigo, fuentes y más fuentes con unas truchas pequeñas y fritas con unto, sabrosísimas y evangélicas (la multiplicación de los panes y los peces en el lago Tiberiades); y tras ellas, unas carrilleras tan tiernas como contundentes, rollizas como cochinillos, con una salsa envinada que enjuga más y más patatas fritas. Servido en jarra, el vino es un Ribeiro tinto, frío de la bodega que se adivina gélida, y aunque esta noche no se realiza la liturgia de la queimada con su conjuro, el orujo, casi con las mismas letras y otro orden (sin duda trastocado por el alcohol), sobre lo ya conseguido por el buen caldo va desatando las lenguas. Esta noche, sin embargo, nos retiramos antes, que al día siguiente nos aguarda la etapa anunciada como más dura, en la que superaremos, ay mis pies, los treinta kilómetros de recorrido.





Via dolorosa

Ha amanecido lloviznando, con una niebla galaica que envuelve como un guante de su talla, el que mejor le sienta, estos lugares atlánticos. De nuevo hacemos un tramo en coche hasta donde debemos comenzar la etapa, esta vez en Palas de Rei. Los peregrinos pueden ensimismarse, si lo desean, pero también es posible la plática. Por el camino, y haciéndolo más ameno, tengo la oportunidad de hablar con una mujer irlandesa que acompaña a un amigo suyo norteamericano, de Cleveland. Ella es de Dublín, y cuando al rebasarlos les lanzo un Hi! en vez del consabido “¡Buen Camino!” con el que los peregrinos se saludan al tiempo que se dan ánimo, él me pregunta si hablo inglés. Se lo confirmo y al poco le muestro a ella, como un exhibicionista que se saca el pajarito de entre la gabardina, bajo el forro polar la parte de mi camiseta en que está estampado el escudo de Guinness, la cerveza que tiene su fábrica en la St James’s Gate dublinesa, es decir la Puerta de Santiago, de donde se dice que partían los peregrinos hibérnicos a Compostela. Luego vamos hablando de literatura, del gaélico –se sorprende de que pueda traducir de ese idioma, de que ella y su marido tienen una casa en San Pedro de Alcántara y de que sus hijos han estudiado en un colegio teresiano, bilingüe español e inglés, de Dublín. Nos despedimos al cabo de un rato, casi seguros de que nos volveremos a encontrar, como efectivamente sucede un par de kilómetros más adelante cuando, ya reunida con su esposo, ambos asisten a un niño que se ha hecho daño en un dedo, al tropezarse.
            Pasamos por el puente medieval de Leboreiro, y más tarde paramos para comer en Melide. La pulpería Ezequiel es un establecimiento sin pretensiones, amplio, amplísimo. La especialidad, como su nombre  indica, es el pulpo á feira, que acompañamos de cachelos. Hay decenas de bancos de madera en los que los comensales se aprietan a dar cuenta del cefalópodo en largas mesas compartidas. Hemos llegado temprano y aún queda bastante espacio en la parte del fondo de la gran sala, donde en su pared final los ciclistas van dejando apoyados sus vehículos sin temor a que les sean arrebatados. En su idioma de caucho y metálico, las ruedas comparten también anécdotas de la etapa.
            Las ampollas que comenzaron a formarse ya el primer día de viaje ahora se han convertido en una tortura. Por solidaridad con el pie izquierdo, precursor, el derecho también posó una en su planta, de resultas de lo cual al cabo de un rato tenía bien cargados los gemelos. Cada vez que me detengo me resulta épico retomar el paso, y los primeros centenares de metros son un suplicio, una ordalía. Dicen que caminar ayuda a perder peso, pero mi pierna izquierda, que mejor sería llamar siniestra por la crueldad con que me trata, pesa ahora una tonelada que apenas el resto de mi cuerpo, vuelto grúa, consigue levantar.
            Ignoro cómo marcha la temporada de incendios forestales este año en Galicia, pero desde luego hay dos fuegos declarados en mis pies. Al llegar a Ribadiso, aunque he de realizar un gran esfuerzo para desprenderme de botas y calcetines, los apago un rato, los fuegos, sumergiéndolos en las aguas heladas junto a la puente y al pie de uno de los albergues de la Xunta de Galicia. Tengo la fortuna de que uno de los guijarros del río me hace reventar la ampolla del pie derecho, y expulsado el líquido la cosa tiene visos de mejorar. Parece que el izquierdo, sin embargo, tendrá que ser punzado con una aguja para extraerle el contenido. Tan amigo de las agujas como soy, es decir, pese a mi nula vocación de faquir, me resigno a que me agujereen a la mañana siguiente. Pero esta noche dormiremos en la Casa das Corredoiras. Aunque aún hay que llegar a Arzúa, ya sueño, despierto, con la cama.
            Un pollo del corral nos da las buenas noches, pero antes de irnos a dormir (cada escalón hasta la primera planta, donde está el cuarto, me parecerá el ascenso a todo un rascacielos), la nota dulce tras tantas penalidades la pone una ración de queso de Arzúa, blando y pálido, acompañado de membrillo. Confío en que las vigas de la casa aguanten las toneladas que ya pesa mi pierna.
            Amanezco ya sin líquido en la otra ampolla, que también se ha reventado. Lo que sí me queda es la secuela, junto con el gemelo cargado, rollizo como una de las carrilleras que comimos en Casa Roan, una inflamación en el tobillo. Todo esto lo ha producido el caminar mal como consecuencia de las ampollas. Últimamente prescindo del bordón y camino rítmicamente moviendo los brazos como en una parada militar (que en el fondo más se asemeja a la retirada de un ejército renqueante).
            Quedan ya solo dos etapas hasta alcanzar Compostela. En esta singladura de secano nos vamos adentrando por la provincia de la Coruña. El paisaje es ahora algo menos frondoso, y cuando no hay pastos o maizales avanzamos entre demasiados eucaliptos, que preferiría robles o sauces. Rematamos la etapa en O Pedrouzo. Para entonces, los males se han extendido a las ingles, donde sendas rozaduras que propicia el sudor, van pintando de escarlata la piel. Nos alojaremos esta noche en un pazo ya cercano a Santiago y, más aún, a su aeropuerto de Lavacolla. Chispea sin ganas cuando llegamos, con un agua insípida como el vino de Mencía que nos sirven en la cena.
            A lo largo del viaje hemos ido sellando en iglesias, albergues, restaurantes, una especie de pasaporte que demuestra que hemos ido haciendo el Camino, se supone que a pie (luego habrá que aseverarlo), hasta llegar a la ciudad donde reposan los restos del apóstol. En este tramo final me hace falta desde luego su socorro para culminar el periplo. No sé muy bien cómo, la piltrafa que soy va dejando atrás hórreos y caballos, cruceros, establos, aperos de labranza y flores de las cunetas. Tras mucho mortificar los pies, y ellos en venganza a mí todo, ahí está el Monte del Gozo, desde el que ya se contempla Compostela. Un grupo de muchachos de Tarragona alcanza el paroxismo y hacen un castellet. Han plantado su bandera separatista, con la tarraconense y un gallardete de su colla, en la falda de la loma, junto a ellos. Parlotean en catalán nervioso, que se acerca mucho al castellano nervioso porque todo son gritos atropellados, exclamaciones. Les faltan brazos para la piña, y dos hermanos de Barcelona que vienen con nosotros los apoyan. Luego resulta que el que va de enxaneta es un cagón que tiene vértigo y el grupo cae más o menos ordenadamente sobre el césped del monte.




Campo de estrellas

Hay un gran flujo de peregrinos en este tramo final que se acerca a la ciudad, la Compostela cuyo nombre proviene, se dice, de campus stellae. En la señal de tráfico que ya indica que hemos llegado, ese rectángulo blanco con borde rojo que señala un núcleo urbano, la gente tira los bastones y los morrales y se funde en un abrazo con los suyos para retratarse ante esa prueba de que sí, por fin han terminado el viaje. También lo hacemos nosotros, y a diferencia de otras fotografías en las que hay que forzar la sonrisa, esta es ahora franca, abierta, de ley. No llegaremos a tiempo para asistir a la salida de la misa de peregrinos, pero no importa. Ya iremos mañana. Ahora, por primera vez en una ciudad desde hace días, extrañamos a esas gentes con las que nos cruzamos y que van con ropas comunes y no de excursionista a sus quehaceres, y a los ociosos sentados en las terrazas de los bares sin los aditamentos del senderista a sus pies. En un bar en el que nos detenemos antes de enfilar ya el casco histórico, un grupo de magrebíes está sentado, bajo una sombrilla, ante tazas de café o infusiones y botellas de agua. También se los ve con extrañeza: no nos hemos topado estos días con ni un solo musulmán.
            En olvidanza de los males e incomodidades con los que cargamos, nos vamos dirigiendo, joviales, hacia la catedral. Inevitablemente hay tiendas de recuerdos, pero que eluden, y se agradece, lo cañí. Algún escaparate exhibe grabaciones de música gallega. Varios otros, ultramarinos de manufacturas añejas y especialidades regionales.  
            Ya está ahí, a nuestra izquierda, la puerta de Azabacherías, por donde negros de pecados entraban los peregrinos antes de salir, una vez ceñido el apóstol, por la de Platerías, ya limpios, esplendentes. Bajamos por la rampa y al final del breve túnel ya estamos en la plaza del Obradoiro. Los que han venido juntos se abrazan, se besan. Pero cuando terminan las manos no están ociosas, corren a fotografiar los rostros de los compañeros ante la fachada catedralicia. Después toca obtener la Compostela. Como luego diré, la mía ansiada es otra, pero también acudo, cómo no, a que me expidan el certificado en latín que asegura que he hecho el Camino. Como ya casi nadie tiene nociones de la lengua de Virgilio, a los que van saliendo con su cartulina les parece que su nombre es aún más exótico de lo que es, pues lo toman en el acusativo en que aparece inserto en la redacción del impreso, no en el nominativo que les corresponde en justa equivalencia.
            La tarde es de paseos por las calles, de echar un vistazo a la antigua universidad de Fonseca, de colarse en el Hostal de los Reyes Católicos, hoy parador de turismo. Pero antes pasamos por la librería Follas Novas, que era también la meta de mi viaje. Cuando meses antes decidimos venir a Santiago me propuse regalarme aquí un libro del que había tenido noticia, adobada con las mejores referencias. Los días de “La noche”, y editado por la propia Follas Novas, recoge las colaboraciones de Cunqueiro, mi señor Cunqueiro, en el desaparecido diario vespertino compostelano. Pero como un trébol verde y trifoliado (irlandés), no me lo llevé solo: también editado por la librería y con la cubierta igualmente verde compré otro que desconocía y que reúne sus prólogos y epílogos, y para que el festín fuera completo un tercer ejemplar, este de un título que acaba de salir de imprenta y, el más grueso de todos, incorpora los artículos que el mindoniense publicara en la revista Sábado Gráfico. Mucho peso para el equipaje de vuelta, pero qué importaba. Lo haríamos en avión, y pese a la cicatería proverbial de la compañía de bandera irlandesa, que tiene en su logotipo el arpa, me dije que ya proveería, si no el mismo Dios, o Jacobo, San Patricio.
            En Santiago, lo andarín, y la curiosidad, y el hambre, con la sed, nos hará recorrer las rúas, la de O Franco y la paralela de A Raíña. También una y otra vez (en un extremo de ella, el museo del en tiempos poumista Eugenio Granell, y en el otro la fundación del exfalangista Gonzalo Torrente Ballester), la Rúa do Vilar, con su viejo casino, en los brazos de cuyos sillones apoyó a medias los suyos el manco Valle-Inclán. Vamos también en varias ocasiones a la farmacia, a surtirnos de bálsamos, tobilleras y otros remedios, como tantos peregrinos que, semimarqueses de Bradomín de las extremidades inferiores, se ve cojear por las calles atestadas. Recuerdo la farmacia de la familia de Cunqueiro en Mondoñedo, donde se afiló su amor a las historias contadas, las narraciones orales, por las que oyó narrar en la botica y en la rebotica, y de donde salió ese libro suyo, Escuela de curanderos (o menciñeiros, pues se publicó originalmente en lengua gallega).
Luego alargaremos, ya en autocar, el viaje hacia Finisterre y la Costa da Morte: pararemos en una aldea preciosa, Ponte Maceira, a orillas del Tambre, y luego pisaremos Muros y las faldas del monte Pindo, bordeando el Atlántico, y las rías, hasta Muxía y su iglesia de Santa María de la Barca. Pero en puridad el Camino ha terminado. No sé si uno ha cambiado, como es preceptivo que el viaje obre una metamorfosis en quien lo hace. Físicamente, aún tengo los pies destrozados, e hinchado el tobillo, y los músculos tensos. Pero más adentro debe también de haberse transformado algo. Lo medito ya en casa, hojeando los libros que me he traído desde aquel norte, y aunque poseído por la morriña de haber hecho un segmento del Camino, recuerdo el verso de Joachim du Bellay que tanto gustaba de citar este escritor sabio que escribió, artículo a artículo, los tres volúmenes que ahora tornan prado la mesa: Hereux qui, come Ulysse, a fait un beau voyage.




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