domingo, 2 de febrero de 2014

"Cuthbert y las nutrias"




Paul Muldoon con Seamus Heaney (fotografía del TLS)

Tuvo una intervención en el funeral por Seamus Heaney, y hace pocas semanas le ha dedicado una elegía. La he leído en papel nada más comprar el número atrasado del Times Literary Supplement en que aparece, en una mesa del bistro de La Central de Callao. Un lamparón que enlaza las estrofas 16 y 17 no me dejará por mentiroso; si no me equivoco, del aceite del pulpo que degustaba en ese momento.  Pero más que testimoniar que me hallaba comiendo mientras lo leía, evidencia la extensión del poema, al que aún le restan diez estrofas para finalizar a partir de esa que me sirvió de involuntaria servilleta.
     Y está bien que fuera de pulpo la mancha que al principio dejó casi ilegible un verso (luego meridiano al secarse), porque de ese mundo atlántico que asociamos con el pulpo viene la inspiración del largo poema de Paul Muldoon.
     En él, para cumplir con el encargo realizado por un festival literario en Durham de componer un poema (¡qué tarea más bárdica, que recuerda la tradición en la que bebe!) retoma la leyenda de San Cuthbert y las nutrias. Cuthbert está precisamente enterrado en esa catedral de Durham donde Muldoon leyó. También yacen allí los restos de Beda el Venerable. Y aunque parezca algo forzada la elección de estos mimbres para honrar al amigo y maestro muerto, Seamus Heaney, no es tan peregrino como pudiera pensarse, pues este es, recuérdese, el autor de la más célebre, si no la mejor, traducción del poema Beowulf, escrito en el idioma que se hablaba en la Inglaterra de esos santos de los siglos VII y VIII, Cuthbert de Lindisfarne y Beda.
     El poema de Muldoon juguetea con la rima y con los anacronismos, con las etimologías y la toponimia irlandesa. Habrá a quien le resulte indigesto. Para mí, sin embargo, es tan delicioso, bocado de cardenales (o de santos anglosajones), como ese pulpo que dejó el gotear de su pluma con una de sus ocho manos sobre la página desplegada del TLS durante mi almuerzo, qué digo, mi festín, en La Central.

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