miércoles, 12 de febrero de 2014

Dylan en Nueva York (y en otras partes)



Estas semanas, la prensa, la radio, la televisión y hasta, claro está, Internet, han repetido una y otra vez la historia de los supuestos abusos de Woody Allen a su hijastra Dylan, hija adoptiva de Mia Farrow. No trata esta entrada de esa crónica negra, o rosa, o amarilla. Pero sí del estupor que, una vez más, le produce a uno el empleo caprichoso de los nombres y apellidos lo mismo en las repúblicas americanas al sur de los Estados Unidos que en la misma nación de la que llegó la noticia sobre Allen. Hago gracia al posible lector de embarcarme no hacia aquel continente sino en un debate sobre el apellido Allen, que es deformación de la palabra que en varias lenguas celtas sirve para "hermoso" (sí, por inverosímil que parezca en su caso), pero lo de Dylan me resulta particularmente llamativo.
     El nombre es impepinablemente galés, y muy popular allí, por tierras de Caernarvon o Swansea, la localidad natal del más famoso de los Dylan, Dylan Thomas. Bueno, el más famoso hasta que un estadounidense judío, como Allen, hizo de su capa un sayo y se impuso en la pila bautismal -es un decir- el nombre artístico de Bob Dylan. Aquí, como se ve, ya tomando el nombre como apellido. Pero lo de poner Dylan a la niñita que sigue acusando al cineasta es más peregrino si cabe. Y un rigorista (puritano de los modales, no purista de la filología) se haría cruces al ver que una hembra ostenta un nombre masculino en caso de travestismo onomástico. ¡Adónde vamos a ir a parar! Qué promiscuidad hasta en el lenguaje.
     Un Dylan aparece, por ejemplo, en los Mabinogion (alrededor del siglo XII). Lástima que la edición en galés la tenga en la planta de arriba de la casa, pero tomo del estante la traducción ilustrada al gaélico escocés y busco una aparición del nombre. Aquí se explica cómo un personaje pasó a llamarse así: Agus 's e Dylan an t-ainm a bheir mi air. 
     Sirva todo este tedioso preámbulo para recordar que el Dylan Thomas causante de todos estos desvaríos hubiera cumplido cien años este 2014, en octubre. Y que el poeta no solo frecuentaba la famosa White Tavern de Manhattan (a dos o tres millas de donde se podrían haber producido los mencionados abusos sexuales) donde entró en un coma etílico y fatal a base de la bebida de una cantidad inconcebible de whiskies. En el Gales donde nació se ha publicado hace poco un libro ilustrado que recoge su paso por una veintena de pubs, más o menos el número de whiskies que Thomas se echó al coleto su última noche sobre la faz de la tierra.