domingo, 9 de febrero de 2014

La ciudad del poeta



Fernando Ortiz. Fotografía: ABC

Hay quienes llevan los estereotipos de la ciudad en los labios, pero la inflación –el amor a la ciudad también incurre en alzas y caídas en sus cotizaciones– hace que en ellos sea una moneda devaluada, una pieza que querría ser de oro y todo lo más es cobre, calderilla. No así con Fernando Ortiz, que no necesitaba alardear de “sevillanía” para hacer profesión de amor a la ciudad, “al recinto primero que dio forma a mi fondo”. A ella ha dado páginas bellísimas, lástima que no transiten más lectores por sus versos. Tal vez sea por el genius loci de su collación natal, San Lorenzo, adonde enfilan las alargadas sombras de Bécquer y Montesinos, otros dos sevillanos profundos, ajenos a la pandereta que denunció Antonio Machado. Como también lo fueron, siglos antes, sus admirados Fernández de Andrada y Medrano.
            Su último escrito ha sido para un patricio de Antequera, y él mismo, aunque sin tierras ni casería, lo era: un patricio hispalense, que si tuvo de dionisíaco hasta pasada la madurez luego se replegó, como los patios nuestros, mármoles y quencias, a lo apolíneo. Naturalmente, no es la única tecla que pulsó, pero en ella sobresale como pocos. Es de la línea de Joaquín Sáenz y Carmen Laffón en el pincel (la misma que la de Ramón Gaya o Pedro Serna si hablamos de pintores murcianos). Del amor de Fernando Ortiz a Sevilla se pueden rastrear muchos poemas, y todos son testimonio de su devoción, más en la onda de Cernuda que en la de… Mejor me callo.
            Nació en la calle Miguel Cid, y al poco su familia se trasladó a Jesús del Gran Poder, en la cual estaba también, frente a su casa, su colegio: el de los Maristas. Luego vendrían la ciudad extramuros en Reina Mercedes y Eduardo Dato. En “Primera despedida” evoca el campo del Aljarafe que rodeaba la finca de veraneo de la familia en Valencina de la Concepción. Aljibes, jazmines, olivos, y la flor del naranjo, y la cal, las plazuelas. Después de pasar por los Maristas estuvo en el Claret, y desde allí “escapaba / del húmedo y gris colegio / en busca del sol y el agua.” Son los octosílabos de su poema “El Parque”, que es, claro, el de María Luisa.
Al final de sus años se distanció de amigos como Aquilino Duque, pero antes, en 1981, qué maravillosos alejandrinos ofreció sobre el mundo de este, que es también el del propio Ortiz, atemporal: “¿Dónde aquella Sevilla del pregón callejero / en la que el sol quemaba las tardes de verano? / ¿Recordáis la penumbra, las velas extendidas / y el sonido del agua en la taza de mármol?”

(El pasado viernes se celebró en Sevilla el funeral por Fernando Ortiz. Este artículo sobre él lo escribí la tarde de su fallecimiento y se publicó en ABC al día siguiente, el 30 de enero)

CODA: Un lector me hace ver con ironía propia de Fernando (he sentido casi un pescozón del difunto) que Aldana, a quien yo citaba en el artículo tras Fernández de Andrada, no era sevillano sino extremeño. Tiene toda la razón. Subsanando el tonto lapsus, en su lugar cito ahora a Medrano, que transitaba por uno de los ensayos de La estirpe de Bécquer y era también uno de los tres incluidos por Cernuda (gran devoción indeclinable de Fernando) en "Sonetos clásicos sevillanos", Cruz y Raya, 36, marzo de 1936.

3 comentarios:

anónimo dijo...

No hay duda de la importancia, para la poesía española, de la ciudad de Sevilla, lugar de origen detantos poetas de primerísimo nivel, entre ellos casi todos los que citas. Y digo lo de "casi" porque yo siempre he tenido a Aldana por extremeño. Ni siquiera es seguro el lugar de su nacimiento (se duda entre Nápoles, tenida por más probable, o Alcántara), pero parece claro que su familia procedía de Extremadura. Y él mismo, que yo sepa, jamás vivió en Sevilla.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Pues es cierto: ha sido un lapsus tonto. Gracias. Lo corregiré.

Alfredo J. Ramos dijo...

Una sentida pero también inteligente necrológica, ART. Mueve a lectura, a "transitar" con mayor frecuencia la poesía de una voz que no se desvanece en el rumor común. No lo conocí personalmente (salvo un cruce fugaz en Sevilla, quizás en la Semana Santa de 1985, y en la librería de Abelardo Linares: «Mira, ese es Fernando Ortiz, me dijo Vicente Tortajada, en cuya casa, y de Genoveva, pasábamos unos días mi mujer y yo). Por un extraño azar (y gracias a los artejos de las redes sociales) cruzamos unos breves mensajes hace menos de un mes: me dieron la oportunidad de mostrarle mis respetos de lector, sinceros pese a la brevedad de lo leído. Nada sabía de su enfermedad, de ahí la mayor sorpresa de su muerte. Tu escrito nos lo acerca y, como digo, mueve a buscar su obra. No hay mejor homenaje. Un abrazo.