viernes, 7 de marzo de 2014

El último Panero





Que él haya sido, hasta ayer mismo, el superviviente y el último eslabón de su estirpe, no deja de ser paradójico. Debe de ser, pues, que los sanatorios psiquiátricos lo han mantenido, a pesar de sus regulares salidas, a salvo de todas las asechanzas del mundo (como les pasó a Clare o a Pound, admirados suyos). En los últimos años, su única droga era la Coca-cola.
     Su poesía más reciente era previsible, con el empleo constante de todo el campo semántico de la mierda, pero sus primeros libros, como Así se fundó Carnaby Street (1970), fueron espectacularmente novedosos, y estaban entre los mejores de los que dio su generación. Un poema suyo, "Deseo de ser piel roja", retumba en otro mío que recrea la temática de los westerns: "Las hijas del comandante Oráa" (La lluvia, 2013). De tema parecido es también su perturbador "El canto del llanero solitario". 
     Leopoldo Panero, su progenitor, le dedicó una muy particular y hermosa nana, y un soneto ("El distraído") que ya apuntaba a lo extraviado de su carácter. Él, por su parte, le respondió con "Glosa a un epitafio (Carta al padre)":

Solos tú y yo, e irremediablemente
unidos por la muerte: torturados aún por
fantasmas que dejamos con torpeza
arañarnos el cuerpo y luchar por los despojos
del sudario, pero ambos muertos, y seguros
de nuestra muerte (...)

2 comentarios:

María Estévez dijo...

Buen artículo y homenaje...
Mereció la pena entrar en tu blog.
Saludos cordiales.

Francisco Concepción dijo...

No conozco nada de su obra. Pero me llama la atención. Trataré de leer algo. Tal vez "Así se fundó Carnaby Street".
Estos días los medios en Canarias (donde ha muerto) se hacen mucho eco de su muerte.