martes, 4 de marzo de 2014

Historial de una biografía



Hace más dos meses se presentaba A Luis Cernuda, desde Sevilla. 1963-2013, donde unos cuantos paisanos del poeta escribíamos sobre él a los cincuenta años de su muerte. Para beneficio de algún posible interesado que no haya podido tener acceso al libro publicado por la Fundación Cajasol, este es el texto con el que colaboro en el citado libro:



Historial de una biografía





I

En un volumen colectivo como este, y en el reparto de temas acordado con quien ha ejercido de entusiasta coordinador, mi buen amigo Ismael Yebra, me ha tocado en suerte, aunque no precisamente por azar, abordar mi experiencia como biógrafo de Cernuda. No me ocuparé por tanto en estas páginas de aspectos de la obra o de la vida del poeta, sino de la larga gestación de la recreación de esta en los dos volúmenes que le dediqué, y de algunas lecciones y experiencias que he extraído de su realización y que si comparto es con la convicción de que pueden ayudar a mejor comprender su poesía.
En presentaciones y actos relacionados con el autor de La realidad y el deseo suelo repetir cómo fue mi primer contacto con este. Más allá de que me sonara su nombre en las nóminas de la Generación del 27, una especie de Non plus ultra con la que prácticamente acababa la periodización de nuestra literatura, el primer momento en que tengo conciencia de toparme con él fue cuando hojeaba el manual de literatura española de COU (aquel remoto Curso de Orientación Universitaria). Allí, junto a alguna noticia del poeta, se presentaban dos poemas suyos. No he olvidado cuáles eran: “Si el hombre pudiera decir” de Los placeres prohibidos y “Primavera vieja” de Como quien espera el alba; el primero, una de sus grandes composiciones de temática amorosa; y el segundo, una vívida evocación de la ciudad dejada atrás.
Fue aquel año de nuestro encuentro el mismo en que empecé a interesarme por la poesía en particular, más allá de mi gusto de siempre por la literatura, manifestado en una voracidad lectora que transitaba los clásicos lo mismo que las novelas de El Coyote o las obras maestras de la ciencia ficción. Si Juan Ramón Jiménez fue importante en la formación de los poetas del 27 y objeto de burla por parte de ellos, el primer intento de poema que perpetré fue la emulación de un poemilla de JRJ que me parecía tan bobo que me dije que a bobo le ganaba yo. Efectivamente, fui lo suficientemente tonto como para creer que la sencillez era simpleza. No obstante, prendió en mí el interés, y los primeros libros que empecé a comprar, a escondidas y esquilmando una cartilla de ahorros de la Caja Postal abierta con motivo de mi primera comunión, fueron de poesía, comulgando ahora con ella a través de las tarjetas postales –los poemas– que franqueaban aquellos volúmenes.
Vinieron luego las lecturas de los poemas de Cernuda, tanto en verso como en prosa, con la reconstrucción de Sevilla –una Sevilla de interiores y ajena al  griterío y la zafiedad– en Ocnos. Lo primero amplio que leí suyo fue la antología seleccionada y prologada por quien fue profesor mío en la Facultad de Filología hispalense, José María Capote. Comenzaba aquí la imbricación de obra y vida, pues el antólogo no era otro que el hijo de Higinio Capote, el mejor amigo que Cernuda tuvo en Sevilla y condiscípulo suyo en las clases de Pedro Salinas, cuyas tertulias frecuentaron ambos. Más tarde supe que los dos amigos se distanciarían (lo mismo que Cernuda de Salinas) por culpa del carácter de nuestro poeta, como sería una constante en su trayectoria.
En las revistas de literatura que comencé a comprar aparecía a menudo el sevillano, directamente presente o como influencia (eran los primeros años ochenta y se hablaba ya del cernudianismo). Así, en Fin de Siglo hallé un artículo de título sorprendente: “Cernuda en Hölderlin”, de Enrique Molina Campos, y en el mismo número dos colaboraciones de Vicente Núñez (una de ellas reproducida del homenaje de la revista Cántico, en 1955). Las fotografías que las acompañaban, atezado, elegante, con el pelo engominado, le daban un aire atractivo, exquisito, como del dandi que era.



Mi interés por Cernuda se reactivó cuando el año 1986, al recibir una beca de la Universidad de Edimburgo, asistí a cursos de literatura inglesa y escocesa en la capital de Escocia. En una breve excursión a Glasgow recordé a mi paisano y su desconsolada estancia allí. Y en los jardines de Princes Street edimburgueses asistí, pero en tres dimensiones, a ese poema suyo: “Gaviotas en los parques”. Luego, ya de vuelta, dos años más tarde se celebró en los Reales Alcázares el Primer Congreso Internacional sobre él. Habían transcurrido tres décadas desde su muerte y ahora confluían en su “Tierra nativa” los principales estudiosos de su obra. Creo que estuve entre el público de todas las sesiones, incluida, claro está, la inauguración en la que intervino Octavio Paz, autor del clarividente ensayo “La palabra edificante” y lector para la ocasión del hondo poema que le dedicara. Si se me permite el excurso temporal, aquellas jornadas las he recreado en parte en una novela que aparecerá el año que viene, pero las mismas han sido ya narradas por Andrés Trapiello, participante en una de las mesas redondas, en Locuras sin fundamento, la segunda entrega de su Salón de pasos perdidos (en un tomo posterior de esa “novela en marcha” rememora igualmente la genial boutade que Núñez regaló al auditorio). También a Trapiello se le debe como tipógrafo, y mucho más, la elaboración de un hermosísimo volumen (A una verdad, Luis Cernuda), que aportaba valioso material gráfico y escrito. En cuanto a las ponencias, fueron recogidas por la Universidad de Sevilla.
Ese año fue, pues, el del comienzo de una devoción acrecentada, que corrió paralela a la preparación de un ensayo que entonces concebí y sobre el que fui trabajando intermitentemente hasta su publicación en Con otro acento. Divagaciones sobre el Cernuda “inglés”. Me refiero a un estudio sobre Cernuda y Keats que constituye el principal capítulo del citado libro con el que obtuve el Premio Archivo Hispalense en la especialidad de Literatura. Lo curioso fue que con diferencia de menos de una hora también me comunicaron que había ganado la primera convocatoria del Premio Andaluz de Traducción Literaria, precisamente con Poemas de John Keats. Keats está no solo en el origen del título “Escrito en el agua” con el que Cernuda cerraba Ocnos. También es el poeta innominado que protagoniza “A propósito de flores”, con el que siempre tuve muy claro que Cernuda se identifica.
Hay un tercer galardón, el más importante, que guarda relación con los dos anteriores y que signa mi dedicación de muchos años a Cernuda: el Premio Comillas. Me presenté a él cuando fui obligado a abandonar un trabajo que también ejerció en condiciones muy distintas el propio poeta, empleado a partir de 1930 en el establecimiento de León Sánchez Cuesta en Madrid. Curiosamente, mi superior directo en la cadena de librerías cuya sucursal sevillana dirigí, el mismo que me trajo la carta de despido, se llamaba de segundo apellido Cernuda; el primero, siguiendo con lo literario y agotándolo (porque aquel individuo hacía poco que había sido contratado gracias al indudable mérito de proceder de una multinacional de sofás, como colegas suyos y sus propios jefes venían de hipermercados o tiendas de sanitarios y bricolage), era el de un dramaturgo del Siglo de Oro.
Goodbye to All That, como escribió Robert Graves. Mi profesión de diecisiete años como librero se iba al garete y yo tenía que ganarme la vida de otra manera; en cualquier caso, hubiera tenido que hacerlo, pues los cambios que conmocionaron a la citada cadena y ya afectaban al mundo del libro en general impedían que pudiera seguir desarrollando mi trabajo como lo había estado haciendo hasta poco antes. Fue entonces cuando en esa “reconversión industrial” nada traumática, porque ya hacía años que publicaba, contra reloj y para poder cumplir con el plazo estipulado en las bases me lancé a escribir la biografía de aquel poeta que llevaba más de dos décadas leyendo y sobre quien ya había escrito un puñado de artículos y un libro.
Pero aquí se hace preciso un pequeño salto atrás: el año 2002 había sido el del centenario del nacimiento de ese poeta, y hubo congresos y encuentros conmemorativos en diferentes lugares, y señaladamente en Sevilla. Con ese motivo aumentó notablemente la bibliografía cernudiana, especialmente con dos hitos que merecen comentario: uno fue el impresionante Álbum que editó la Residencia de Estudiantes, que incorporaba el más amplio relato de su vida escrito hasta la fecha; otro fue el Epistolario que, incluyendo otros ya parcialmente publicados con diversas correspondencias, añadía numeroso material inédito. También Trapiello era en esta ocasión responsable de la factura formal del Álbum. La compilación de las cartas, ese trabajo ingente, y la importante biografía con aderezo gráfico del Álbum se debían, por su parte, a James Valender, quizá el mejor conocedor hoy de la poesía del sevillano.
Me pareció entonces, y coincidiendo con mi circunstancia vital, que una vez decantada la importante aportación del centenario era el momento, un lustro después, de abordar una biografía completa y hasta exhaustiva de Cernuda al modo de otras ya existentes de poetas españoles como Lorca o Machado y, claro está, de muchas figuras de la cultura en países en que el género biográfico ha tenido siempre mejor fortuna que en España. Esa iba a ser una obra que requería dos tomos, me dije. Dada la ambición de la obra y del meridiano que parte en dos la vida del sevillano, decidí entonces hacer el primer volumen, Luis Cernuda. Años españoles (1902-1938), dejando para más adelante la redacción del segundo: Luis Cernuda. Años de exilio (1938-1963). El que cubre la primera mitad de su vida fue el que, como ya adelanté, recibió el XX Premio Comillas de Biografía e Historia, en 2007.
Para mí fue providencial la recepción de ese galardón, que en realidad no se concedía al fruto de unos meses de febril actividad en archivos y hemerotecas y tantas horas ininterrumpidas pasadas ante el ordenador, sino a muchos años de investigación y lecturas del poeta y sobre el poeta. Y la editorial Tusquets permitió, contratando de inmediato el segundo volumen, el cumplimiento de un sueño: recorrer medio mundo en pos de la huella de Cernuda, tarea en la que de muy buena gana gasté –eran otros tiempos– el generoso anticipo del libro aún nonato.
Lejos y en la mano es título de Joaquín Romero Murube, poeta del grupo de Mediodía que trató al joven Cernuda y que a su muerte le dedicó en un periódico local “Responso difícil por un poeta sevillano”. Yo no pude leer entonces ese obituario (aunque ya nacido, no era ni mucho menos tan precoz, y además vegetaba, que es lo que cumple hacer un bebé, en Melilla, meses antes de que mis padres me trajeran, y hasta hoy, junto al río Guadalquivir), pero puedo refrendar lo de remoto y cercano del epígrafe de Romero Murube: para preparar el primer tomo de la biografía tenía a no más de cien metros de mi casa al sobrino nieto de Cernuda, que siempre me atendió muy amablemente. También me quedaban cercanas las bibliotecas de la Universidad y la pública. La hemeroteca, usada con prodigalidad, me quedaba sin embargo algo más lejos, pero tenía la ventaja de que camino de ella pasaba por la calle Acetres, donde nació el autor de Desolación de la Quimera, o ante la fachada de la iglesia del Salvador, donde fue bautizado, o, tras esta, junto las tiendecitas de la plaza del Pan a las que Cernuda dedicó una estampa en Ocnos y que quedaban justo enfrente de la droguería de su abuelo Ulises Bidón.
Pude, manejando periódicos y microfilmes (como un espía o agente secreto) hacerme idea de cómo era la collación natal o el género con el que comerciaba su familia materna, de origen francés: “Drogas, productos químicos y farmacéuticos. Herboristería, frasquería y todas clases de géneros para industria, artes y farmacia. Colores en polvo, pasta y tubos. Barnices, brochería, pincelería y demás efectos para pinturas de edificios, cuadros y coches.” O comprender en su contexto “La riada” de Ocnos, al ver que su padre don Bernardo Cernuda, coronel de Ingenieros, estuvo al mando de las tropas que socorrieron a la población durante graves inundaciones. Y muchos más detalles de sabor local pero que iban dibujando el contexto del poeta.
Entre los libros que conserva la familia, también fue impagable leer las dedicatorias de Jorge Guillén (desmintiendo o poniendo más que en duda la pretensión de Cernuda de que no había leído Cántico) o de Stanley Richardson, el amigo destinatario de “Por unos tulipanes amarillos” por cuya mediación marchó a Inglaterra a dar unas conferencias y ya jamás regresaría.
Para el segundo tomo, sin embargo, tuve que viajar como él mismo lo hizo por dos continentes. Eran lugares que no quedaban a mano, sino lejos (sigo con Romero Murube, y que Cernuda me perdone, pues nunca le tuvo simpatía). Así, me alojé durante unas vacaciones parisinas en el hotel de la Rue Monsieur le Prince donde el difícil verano de 1938 el poeta, dispuesto a no volver a Inglaterra, las pasó canutas, deprimidísimo, y a punto estuvo de regresar a la desesperada a España. O a la desesperada España, también vale. Y en otro viaje alquilamos un apartamento en el Cambridge adonde él había llegado harto de Glasgow, y en el Emmanuel College fui feliz en sus praderas y, colándome donde no me llamaban, me senté a la sombra de “El árbol”, el de savia que se hace tinta en su poema de Vivir sin estar viviendo:

Al lado de las aguas está, como leyenda,
En su jardín murado y silencioso,
El árbol bello dos veces centenario,
Las poderosas armas extendidas,
Cerco de tanta hierba, entrelazando hojas,
Dosel donde una sombra edénica subsiste.


 Aunque muy cambiado, en el Soho londinense he visto igualmente el cambiado escenario de su reencuentro (mejor sería decir desencuentro) con Stephen Spender, y en otra estancia el edificio en que compartió piso con Gregorio Prieto frente a Hyde Park, que está igual que entonces.
Cernuda marchó a Estados Unidos en 1947, donde ya vivía su buena amiga Concha de Albornoz, quien le consiguió un puesto de docente en una universidad femenina, el Mount Holyoke College en que estudiara Emily Dickinson, natural de la vecina Amherst. Y algo más de sesenta años después yo mismo crucé el Atlántico, pero en avión, y tras pasar unos días en la universidad de Cornell, donde mi mujer había realizado estudios de posgrado (lo que más le envidio es que tuviera como profesor a Robert E. Kaske, uno de los mayores especialistas en Beowulf), nos trasladamos a Boston y, ya en la campiña, a South Hadley, donde está el citado college. Es una localidad idílica en la que revisé documentación conservada de la época en la que el poeta enseñó allí, pero en la que han mudado algunas cosas en su fisonomía aparentemente intacta. Ya no existe Peterson Lodge, donde él residió y, fuera ya del recinto universitario, el pueblo tiene edificios nuevos de madera donde un día fueron cenizas las casas tras un incendio. Pero emociona ver junto a uno de los ventanales de la biblioteca su retrato sonriente en una foto en la que aparece junto a una alumna, en su primer año en Norteamérica.
También viajamos en el coche alquilado a Middlebury (Vermont), donde Cernuda impartió clases en los cursos de español del verano de 1948, durante los cuales tuvo ocasión de reencontrarse con Salinas y responder agriamente a Dámaso Alonso. Isabel García Lorca recordó estas semanas en sus memorias, y los caprichos de una personalidad muy peculiar cuando no abiertamente difícil. Está tan cerca de Canadá este college de Middlebury que las patrullas de carretera del Estado llevan el mismo tipo de sombrero que la Policía Montada, y el paisaje abunda en bosques y lagos. En la biblioteca también estuve examinando papeles relativos a aquella estancia de Cernuda. En el mismo viaje, tras pasar por el Cape Cod donde el poeta se solazó en vacaciones académicas, tomamos un avión en el aeropuerto Logan de Boston. La fuga de Logan nos llevó a la costa oeste y a Hollywood, tan peliculero (siempre Cernuda fue amante del séptimo arte, como refrendan no pocos testimonios), y tras aterrizar en Los Ángeles un taxista yugoslavo que inevitablemente me recordó a Charles Simic nos dejó en la puerta del hotel de Santa Mónica que habíamos reservado a solo unas manzanas de donde Cernuda se alojó en el último de los cursos que dio en los Estados Unidos (el 62-63). Luego me enteraría de que casualmente aquellos días estaba también en Santa Mónica, recorriendo California, el escritor y periodista gaditano Alejandro Luque, que fue precisamente uno de los enviados especiales al acto de entrega del Premio Comillas en Madrid.
La casa en que vivió Cernuda es el 757 de Ocean Avenue, frente al Palisade Park y el océano Pacífico. Al pie de las palmeras, junto a la ancha playa, fue relativamente feliz y pudo haberlo sido más de no creerse víctima de una conspiración de otros miembros del departamento de español. Pero los jóvenes atléticos sobre la arena, las olas, la vista de Malibú en lontananza (sobre la que escribió uno de sus poemas más prescindibles), la amistad de Carlos-Peregrín Otero le hicieron olvidar el curso anterior. Efectivamente, más deprimido estuvo en general en San Francisco, nuestra siguiente etapa (nuestros traslados por el espacio no siempre siguieron el orden cronológico). La mañana que estuvimos ante ella, la casa en que él vivió, como todo el barrio, estaba cubierta por la neblina, y hacía fresco en pleno mes de agosto. Era como una imagen que bien ilustra la desazón que se lee en sus cartas de entonces.
Ya sin Teresa, al año siguiente me fui yo solo un par de semanas a México, adonde el poeta había llegado por primera vez en 1949, de vacaciones, y en donde se instalaría tres años después. México fue, como en 2006, cuando fui invitado a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, una epifanía. Durante aquella FIL compartí muchas horas con Francisco Robles y Juan Lamillar, dos acreditados cernudianos y justamente compañeros en este volumen. Creo que la idea que tenía el primero de hacer un documental sobre el poeta fue un acicate para que me animara a componer la biografía. En cuanto al segundo, poco después publicó en Renacimiento una antología de las poesías de Cernuda con el título Los fantasmas del deseo.
Por ser tantas y tan intensas las emociones de aquel viaje a la Ciudad de México, estas se hacen difícilmente trasladables aquí, pero algo importante fue que me hospedé todo el tiempo de mi estancia en el hotel Genève, donde lo hizo él mismo varias veces antes de alquilar un apartamento en la calle Madrid e irse, un tiempo después, a residir a casa de su amiga Concha Méndez, ya separada de Manuel Altolaguirre. Valender y Paloma Altolaguirre, hija del matrimonio de exiliados, me atendieron y respondieron mis preguntas en el Jardín Centenario y en la casa de la calle Tres Cruces en que Cernuda vivió hasta el final de sus días con las interrupciones de sus cursos en California. Una mañana, en compañía de los amigos de Tusquets y de la periodista Yanet Aguilar de El Universal, nos fuimos al Panteón Jardín, en el Desierto de los Leones, y visitamos su tumba. Me hubiera gustado dejarle unas violetas, como él en su poema a Larra, pero no las había. También moradas, y las únicas que me parecieron dignas, aunque solo fuera por su nombre, compré dos ramos de siemprevivas, uno de los cuales dejé sobre su lápida de mármol restaurada y el otro sobre el arrasado tezontle de la cercana sepultura del que primero fue su amigo y a quien luego detestó (como a tantos): Emilio Prados. En ese y en un viaje posterior, hablé con personas que lo conocieron. Uno de ellos fue, y me estremezco solo de recordarlo y de saber que tengo su número de teléfono en el directorio de mi móvil (o celular, como se dice allí), Salvador: el destinatario de los “Poemas para un cuerpo”.
En el mes de febrero y en la capital de México me ponía en la piel del poeta y comprendía, en mangas de camisa, cómo él había sentido la imperiosa necesidad de asentarse en el país: el cálido sol contra los muchos grados bajo cero del invierno de Massachusetts, las buganvillas contra la nieve; las hermosísimas plaza e iglesita de santa Catarina, en Coyoacán, contra la imagen rígida y gélida del norte, ese mundo del que él mismo escribió: “El norte nos devora” (a propósito de un retrato de fray Hortensio Félix Paravicino por El Greco conservado en el Museo de Bellas Artes de Boston).
Luego, en el viaje de promoción del segundo volumen, nutrido con aquellas experiencias y que conoció una edición mexicana de la filial allí de Tusquets, no puedo dejar de lado que la misma mañana de mi llegada, un domingo en que poco podía hacer, me fui al recién inaugurado Museo Soumaya y allí, entre otras obras españolas, vi una Inmaculada de Murillo desconocida y, extraordinariamente bellas la Virgen y la pintura toda, sentí una emoción especial de ver en México a esa paisana rodeada de angelitos y pintada por un sevillano. No se me ocurrió entonces, pero pienso ahora que debió de ser un estremecimiento parecido al que sacudió a Cernuda al toparse con la imagen del fraile.
Casi palabra por palabra podría aplicar a aquel encuentro lo que escribe Cernuda en su poema a Paravicino:

¿También tú aquí, hermano, amigo,
Maestro, en este limbo? ¿Quién te trajo,
Locura de los nuestros, que es la nuestra,
Como a mí? ¿O codicia, vendiendo el patrimonio
No ganado, sino heredado, de aquellos que no saben
Quererlo? Tú no puedes hablarme y yo apenas
Si puedo hablar, mas tus ojos me miran
Como si a ver un pensamiento me llamaran.


II

Me gustaría poder publicar algún día una edición corregida y aumentada de la biografía de Cernuda en la que enmendar alguna errata (afortunadamente hubo muy pocas) o añadir datos que he conocido con posterioridad. En cuanto a los yerros, Ángel Luis Prieto de Paula me señaló muy educadamente algunos en su reseña en Babelia y, a falta de sitio mejor, deshago aquí los pequeños desaguisados: la fecha de publicación de Niebla de Unamuno no es 1902, año de nacimiento de Cernuda, sino 1914 (Amor y pedagogía sí lo databa correctamente en ese año del natalicio); el autor de las Memorias de ultratumba que Cernuda recordara en su “Divagación sobre la Andalucía romántica” es evidentemente Chateaubriand, no el espurio Chautebriand; y el título exacto del primer libro de Dámaso Alonso es Poemas puros. Poemillas de la ciudad, sin el añadido que le incorporé dejándome llevar por una mención del propio Cernuda.
Pero, alguna menudencia aparte, hubo otros lapsus: se imprimió Xauen por Axuen, y el nombre de la cristalería que vino a instalarse en la casa de la calle Acetres es “Hijos de Valeriano Díaz” (no Díez). Por otra parte, en la página 218 afirmaba que “aunque en un principio Aleixandre, Prados y Cernuda decidieron no participar en la antología de Diego, al poco los dos primeros cambiaron de idea, y dejaron solo a Prados.” Naturalmente, hay un baile en el orden de los nombres: quienes cambiaron de idea fueron Aleixandre y Cernuda. En cuanto a José Antonio Primo de Rivera, que encandiló a Morla Lynch, el anfitrión de una tertulia muy importante para Cernuda, no empezaron a llamarlo a secas “Simón el enterrador”, sino “Juan Simón el enterrador”, en alusión a la letra de una milonga popular en su época recogida en la obra teatral musical La hija de Juan Simón, donde el protagonista tiene que dar sepultura a su propia hija. Finalmente, en las notas del segundo tomo se alude varias veces a un libro titulado Cernuda y los exilios. José Teruel, preparando su monografía Los años norteamericanos de Luis Cernuda, me escribió para consultarme la referencia. Con mis disculpas, le envié la aclaración solicitada: “Hay efectivamente una laguna en la información bibliográfica. Podría haberlo dejado más claro, pero me refiero a las ponencias y comunicaciones leídas en el encuentro que menciono al final de la página 120. Se iban a editar y, aunque llegaron a maquetarse, permanecen inéditas. Un amigo mío que trabaja en la Diputación de Sevilla me proporcionó un juego de fotocopias.” El amigo al que aludo es Juan Antonio Maesso, y la información que interesaba a Teruel formaba parte de lo expuesto bajo el epígrafe “Encuentros en un café” por Sergio Fernández, quien conoció a Cernuda siendo él muy joven (luego tuve la suerte de que me acompañara en la presentación de este segundo tomo de la biografía en un acto celebrado en la Universidad Nacional Autónoma de México, la UNAM). También volví loco a Teruel con una referencia trabucada: la nota 32 de la página 368 del segundo volumen (perdón por esta frase casi de los hermanos Marx) remite al trabajo de María José Gómez Toré sobre Cernuda y Bernabé Fernández-Canivell recogido en 100 años de Luis Cernuda (Residencia de Estudiantes, Madrid, 2004).
Por otro lado, desde aquel año 2008 en que vio la luz el primer volumen las hemerotecas de periódicos muy importantes  se pueden ahora consultar en casa; la ventaja de ello no es simplemente cultivar la pereza o esa indolencia tan del autor de Los placeres prohibidos, sino el hipertexto: la posibilidad de buscar por palabras clave entre una selva de números de esas publicaciones. Así pude conocer pequeños detalles, como este del que ya di cuenta en una entrada de mi blog, que ostenta el cernudiano nombre de Fuego con nieve (por su poema “El andaluz”). Fuego con nieve. La vida de Luis Cernuda era precisamente el primer título que adopté para mi trabajo antes de optar por el actual, consistente en solo el nombre del poeta más las sendas acotaciones temporales de los volúmenes.
Qué gran cosa es el archivo virtual de ABC, por ejemplo, donde aparecen en facsímil años y años de noticias, esquelas, artículos, gacetillas... Gracias al invento, publicado ya el segundo volumen, y tras haber intentado en vano dar con este artículo en la Hemeroteca Municipal de Sevilla (no sabía cuándo había sido publicado), di con el "Fernando Villalón" de Carlos García Fernández, el joven componente de Mediodía. Se publicó en ABC de Sevilla el 19 de marzo de 1982, y aporta la información que sólo pude dar de pasada en la página 182 de Luis Cernuda. Años españoles (1902-1938).



Cuenta García Fernández, entre evocaciones de las historias de espiritismo que gustaba de narrar Villalón para incomodidad de Cernuda, cómo en las Navidades de 1929 pasó él por Madrid y Cernuda propició un encuentro con el ya muy enfermo autor de La toriada. Fue el 21 de diciembre, el mismo día del sorteo de la Lotería de aquel año, y los tres amigos se vieron por la noche en La Montaña, un café que quedaba frente al Colonial, al principio de la calle de Alcalá. Hubo incidentes en una mesa cercana, con vivas y mueras, que prosiguieron en la calle. Pero la alta temperatura política –faltaba poco más de un año para la llegada de la República– tenía su correspondencia en la de Villalón, al que asaltaban más de 39 grados de fiebre. Amargado, herido de muerte por la enfermedad, no dejó títere con cabeza al hacer repaso de los poetas sevillanos.
El testimonio de García Fernández ilustra aún más si cabe que Cernuda y Villalón tuvieron frecuente trato no sólo en sus respectivas casas sevillanas (Barrio de San Bartolomé y calle del Aire) durante el año 1927, cosa ya conocida, sino también en el Madrid al que ambos se retiraron, por diferentes motivos, al comienzo de la carrera literaria del primero y al final de la vida del segundo.
            También hay, claro, textos que desconocía o había olvidado y que citaría hoy, como un poema de Álvaro Salvador que debí de leer en la antología La otra sentimentalidad y que recrea un imaginado idilio, triste como todas las cosas que no se pueden realizar (y Cernuda, homosexual con una fija inclinación por los efebos, no podía enamorarse de la mujer de Leopoldo Panero). El poema se titula “Felicidad y Luis pasean de la mano por un parque de Londres”.             Son muchos los poemas que se han dedicado a Cernuda, pero este en particular se caracteriza por ocuparse de un episodio concreto de su biografía. He aquí su cuarta estrofa:

Suena el Big-Ben.

Estás en Londres con un impermeable blanco

bajo la lluvia blanca.

Hoy eres joven y sonríes, 

y alguien

que al menos tuvo para ti una palabra

que al menos te ama porque la belleza

está presente en ti y él ama

la belleza

por encima de todos los tentadores dones

que la vida le ofrece,

está contigo.

           
            Otro día encontré unos fotogramas de la película de Luis Buñuel La ilusión viaja en tranvía, donde aparece en varios planos la fachada del cine Centenario, ante el jardín homónimo, al que Cernuda acudía casi a diario al final de sus días mexicanos. La víspera de su muerte vio allí Divorcio a la italiana, y quedó en volver al día siguiente con Concha y Paloma. Hoy es una sucursal más de Sanborns, la cadena de tiendas con cafetería. Por cierto, que una tarde me tomé a su salud unas cervezas en otro Sanborns que hay junto al Ángel de la Independencia y que, según Paz, Cernuda también frecuentaba antes de mudarse a Coyoacán. Cernuda, Paz planean sobre este otro poema que escribí sobre la Casa Alvarado, en Francisco Sosa, la calle preferida de Cernuda en aquella parte del mundo. Así comienza, enlazando la vieja y la Nueva España, Sevilla y la Ciudad de México, los versos que hablan de ese edificio, hoy Fonoteca Nacional:

Ecos, reverberaciones.
En la casona en que muriera Paz,
aún el imperio de su apellido.
En esta fonoteca,
su voz con la de otros,
como, pasado el patio,
el canto de los pájaros, indemne,
vario como los árboles y flores.

En esta calle de Coyoacán,
puestos los cascos,
estoy en Sevilla oyéndolo aquel año
en que vino a hablarnos de Cernuda.
A diez manzanas
(o aquí cuadras),
el jardín de Tres Cruces.
La temperatura, la luz,
son también intramuros del Alcázar.


En 2009 apareció un documental de título que es espejo del volumen en que Cernuda fue reuniendo su poesía. El deseo y la realidad, de Rafael Zarza, recogía una grabación que con su pequeña máquina Pathé hizo Juan Guerrero Ruiz (familiar lejano de Teresa, mi mujer) de los poetas del 27, tomada el año siguiente al del acto gongorino: 1928. La novedad y lo singular de esa película consiste en que es el único testimonio que poseemos de Cernuda en movimiento (las emisiones en las que participó décadas después en la televisión mexicana se han perdido).
Además, se han publicado recientemente algunos trabajos que aportan algo más a lo ya escrito. En este sentido, señalaría algunas cartas cruzadas entre Cernuda y Rosa Chacel (que fue buena amiga suya) rescatadas por Ana Rodríguez Fischer en la revista Clarín, así como una conferencia de la vallisoletana sobre el sevillano en el volumen Astillas, que permanecía inédita. Entre esas cartas, una frase de Cernuda sobre su querido Manuel Altolaguirre emociona cuando pensamos en el fin del malagueño, muerto en un accidente de coche cerca de Burgos cuando había venido a España a presentar en el festival de cine de San Sebastián la película El cantar de los cantares. Cernuda escribe en papel de cartas de Producciones Cinematográficas Isla, S. A., y en contraste con la carta, mecanografiada como era habitual en él, anota de su puño y letra este extraño vaticinio: “Esto es una chifladura de Manolo Altolaguirre y de consecuencias funestas para él”.
No sé si chifladura, o intromisión, consideraría el documental México. Fin de dos amores que ha realizado recientemente la cineasta Rosa Teixidor y que recoge, entre otro material, entrevistas con un puñado de estudiosos y personas que lo conocieron; entre los primeros, estamos Vicente Quirarte o yo mismo; entre los segundos, José de la Colina o, nada más y nada menos, Salvador Alighieri.
Aunque centrado más en la obra que en la vida, José Teruel ha publicado también un ensayo, al que me referí arriba, que resultó ganador del Premio Gerardo Diego, donde ofrece algún pormenor nuevo sobre la estancia del poeta en el Nuevo Mundo.
Contagiado quizá por cierta cernudianísima desgana, y ajeno a la universidad y no viéndome obligado a recorrer ningún cursus academicus de publicaciones, ponencias, etc., nunca tuve interés en publicar completas las cartas inéditas de Cernuda que hallé a lo largo de mis años de investigación, las cuales solo aparecen parcialmente recogidas en la biografía. Pero reconozco que sería negligencia no hacerlo y, aunque sea solo en parte, me aplico a ello en circunstancia tan apropiada como el cincuentenario de la muerte del poeta y este libro que lo homenajea. De la interesantísima correspondencia con Salvador Madariaga que se conserva en el legado de este en el Instituto José Córnide de La Coruña, y espigada en el segundo volumen de mi trabajo, podría aportar aquí algunos párrafos inéditos. El 12 de octubre de 1941 escribe, refiriéndose a personajes biografiados por Madariaga: “Querido Don Salvador: no sé si felicitarle o felicitarnos al comenzar esta carta, ya que al poner la fecha recuerdo es hoy 12 de octubre. Supongo que su Colón irá esta noche por los aires camino de América, como fantasma pacífico. Y hasta que tal vez se cruce con su Cortés que viene navegando de allá. Gracias a usted nuestra historia, al revivir en la memoria de las gentes, vuelve a adquirir corporeidad, aunque sea legendaria.” Y tres párrafos más adelante, añadía, mencionando a la hija de su corresponsal y buena amiga suya a la sazón: “Nieves me dice que su novela está ya terminada. Enhorabuena. Yo no olvido su encargo de enviarle las referencias sobre unidad ibérica o libros portugueses. Anímese pronto a preparar la nueva edición de su obra sobre España.”
            De otra carta inédita que solo cité parcialmente son estos párrafos referentes al Cortés de su amigo. El 8 de enero de 1942 a Madariaga:

Lo ha tratado usted con tal objetividad y serenidad a través de todos sus actos y andanzas, que además de obtener así un libro perfecto, donde historia y fantasía son una misma cosa al fin, puede acabar con bastantes injusticias y calumnias lanzadas contra el mismo Cortés y contra su tierra. No hay un solo momento en que usted abandone esa objetividad, si no es al final, en una o dos ocasiones quizá como recompensa de su disciplina severa durante el resto del libro. Cuando en la página 650 habla usted del “Estado español, único en el mundo que entonces como hoy y como siempre se permitía y permite el lujo de tener ociosos a sus mejores hombres”, no sé si me equivoco al leer allí una queja de amargura propia insertada en la experiencia dolorosa de Cortés.
Por cierto, aunque no sé si estoy en terreno falso (cita de Calderón en la página 64), ¿no le parece que el pensamiento expresado en esos dos versos, más que del propio Calderón sea del P. Mariana? Calderón sin duda conocía el tratado sobre el rey y la institución real, donde me parece recordar que hasta las palabras esas se hallan allí, o muy parecidas. Como ambos son españoles, el honor de haber pensado tal cosa, corresponde todavía a nuestra tierra.

Al descubrir estas cartas, y comprobar sus lecturas de la época, no pude sino pensar que el interés por Cortés y México fueron un oscuro germen, aún subterráneo, del impulso que le llevó a instalarse en aquella nación una década después. Sobre la que ha dejado atrás, el 14 de febrero de 1943, cinco años exactos después de haber abandonado España, escribe:

Querido Don Salvador: como hacía tiempo que deseaba leer su libro y aún no había tenido a mi alcance un ejemplar, puede figurarse la avidez con que me he lanzado a leerlo ahora.
Spain es sin duda el primer libro que aparece sobre la república y la guerra civil; quiero decir el primer libro que no es un testimonio, o en todo caso el primer libro que es algo más que un testimonio sobre esa etapa de nuestra historia contemporánea. Pocas personas estaban en tan buenas condiciones para escribirlo como usted, por ser un español con conciencia de España y por haberla considerado desde lejos, fuera de ella, largo tiempo.
(…)
Pero veo que, sin querer, estoy imitando a ciertas gentes que me han dicho algunas palabras sobre Ocnos, quienes parecen creer que un libro no debe ser tal como su autor lo concibe, sino conforme a los prejuicios y limitaciones de cada cual, aunque nada entiendan en tal cuestión. Sírvame de disculpa el que yo, al menos, he leído España con tan viva atención e interés como consideración y simpatía hacia usted, y que de su lectura he sacado no poca enseñanza.
Es posible, además, que mucho de lo que aquí le digo se deba a prejuicios míos que yo tomo por objetividad. Bien difícil es ésta en cuestión como la que suscita el examen de la república segunda y la guerra civil, que tan al vivo y en hondura nos alcanzan a todos los españoles, actores o espectadores de ellas.


III

Por la literatura y el buen cine sabemos que quien finaliza un viaje es alguien que ya no es el mismo que lo empezó. Algo ha tenido que cambiar en el ínterin. Al escribir la biografía de Cernuda he llegado a comprender mucho mejor al autor de aquellos poemas que me deslumbraron siendo joven, y desde el respeto pero sin caer en el “síndrome de Estocolmo” he tratado de mostrarlo tal cual era, con todas las luces y sus sombras.
            Sí conocí el apasionamiento, aunque por mi trabajo de investigación y lo mejor de la obra cernudiana, pero no me dejé cegar por él (quiero decir el hombre: Luis Cernuda Bidón, o Bidou, como él prefería).
            “Historial de un libro” es la rigurosa y lúcida mirada retrospectiva, entretejida con su vida, que Cernuda hizo sobre La realidad y el deseo. Pero ese libro y el resto de su obra pedían un mayor desarrollo, no en vano fueron escritos por –digo bien– uno de los mayores poetas españoles vivos. Y quizá, pese a la aparente perogrullada, sea esta la pauta a tener en cuenta: más allá del ámbito histórico del especialista, casi arqueólogo, son los creadores que siguen estando vivos (con independencia del Panteón Jardín o de las pompas fúnebres Gayosso) los que, por razón de su vigencia o si se quiere inmortalidad, más piden precisamente eso, esto que yo intenté, la biografía.

2 comentarios:

Enrique López dijo...

Excelente, Antonio. Gracias por el texto, no pude asistir en aquella ocasión y esto ha sido un regalo inesperado.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Gracias a ti, Enrique. Un abrazo.